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Agua
y Subordinación en la Cuenca del Río Lerma
Rafael Silva Aguilar
Presentación
El trabajo de
investigación "Agua y subordinación en la cuenca
del río Lerma", de Rafael Aguilar es una tesis meritoria
por varias razones: por un lado se aprecia que el desarrollo del
problema es extenso, suficiente y se tocan los puntos centrales
que a cualquier estudioso del tema le pueden interesar para seguir
ahondando en la materia. Junto con esto pondero la calidad de la
bibliografía, cuidada, extensa y sobre todo que muestra una
gran vigencia en torno a los diversos temas que se plantean, es
decir, es un trabajo que parte del estado de la cuestión,
hecho que hace de cualquier tesis una posible respuesta a la exigencia
de dar salida a los conflictos prácticos, reales, que aquejan
a las diversas comunidades de la región. Por otro lado, y
pensando en la posibilidad de la aplicación de los conocimientos,
la tesis muestra otras cualidades que facilitan su comprensión
y por consiguiente su manejo: por un lado está, como soporte
técnico-comunicativo una redacción clara y fluida
que hace énfasis en los puntos centrales de la indagación.
Pero también se observa un planteamiento ordenado y una definición
precisa de los conceptos que dan pie a un rigor argumental suficiente.
En cuanto a
los contenidos del trabajo es evidente la filiación histórica
y humanística: todo problema tiene un origen en el tiempo,
en la historia concreta de una comunidad y ahí es donde hay
que observarlo.
Por último,
considero que la publicación del trabajo es necesaria para
complementar el ciclo del saber que se plantea cualquier universidad
y por supuesto con mucha mayor razón una maestría
cuya finalidad es la formación de investigadores. También
una revista como El periplo sustentable, cumple así la función
de difundir el saber y contribuir a la solución de los problemas
de la región.
Rocío
Serrano B.
Introducción
Tertuliano (ca.
155-230) fue hijo de un centurión romano, estudió
filosofía, historia y literatura griega y romana. Escribió:
"Si contempláis el mundo en general no podéis
negar que poco a poco ha ido haciéndose más culto
y poblado... Ahora todos los territorios son accesibles y explotados,
y todos han sido abiertos al comercio. Tierras que antes eran baldías
están ahora cubiertas por bellos cultivos..., los arenales
son ahora fértiles, las rocas son reducidas a tierra, los
pantanos han sido desecados..." (cit. Nisbet, 1996:84). Es
interesante saber que las obras de desecación tienen al menos
mil ochocientos años de creación humana, no se trata,
pues, de una idea de reciente cuño. Como refiere Tertuliano,
las obras son parte de un ascenso en el conocimiento, de una búsqueda
para cambiar un entorno presumiblemente hostil. Es la fe en un futuro
feliz: el progreso.
Esta es una
investigación que aborda varios temas vinculados con las
obras de desecación y con el suministro de agua, predominantemente,
para espacios urbanos, el objetivo principal consiste en proponer
respuestas (y nuevas preguntas) en torno al proceso de uso del agua
en la cuenca alta del río Lerma, tanto de su corriente superficial
del mismo nombre como de su acuífero subterráneo,
percepciones y proyectos. Proceso en el sentido de que los diversos
factores involucrados cambian en el curso del tiempo.
Parte I
Desecación
en los Siglos XVII, XIX y XX en el México Central o La hidrofobia
como método de cambio.
Capítulo
I
Una Vez, el
Agua... o El desagüe del Valle de México, ideas para
justificar las obras y a algunos actores.
La
Invención de América
Europa perdió
el centro, pero se propuso construir uno nuevo a partir de una imagen
de sí. En el siglo XV Europa debió construir las bases
para lo que se conoce como "la modernidad"; construcción
en el sentido de que el Hombre Europeo decidió qué
deseaba hacer de sí y de lo demás. Para lograr este
objetivo debieron converger al menos tres cosas: el conocimiento
empírico, los descubrimientos científicos y geográficos,
y la posibilidad de discrepar (Maestre, 1991: 71). Si bien la forma
de construir el conocimiento mediante el "método científico"
-como se conoce actualmente- está apenas en ciernes, ya se
presentan cambios significativos; pero también existe una
convivencia entre este nuevo conocimiento, la astrología
y la magia natural; mezcla peculiar que no está en conflicto
pues se trata de explicar las leyes de la naturaleza con las herramientas
de la razón disponibles (Villoro, 1992: 76); el eclecticismo
no se percibe como un problema, sino más bien como un intento
de la razón para darle una coherencia al "mundo"
hasta entonces conocido.
Un segundo elemento
a considerar son los descubrimientos científicos y geográficos.
Los instrumentos de navegación, en lo particular, fungieron
como piedra angular en la marcha del hombre europeo en busca de
conocer al mundo y a la vez descubrirlo a su imagen y semejanza.
La expansión del "mundo europeo" hacia Oriente
y África se confabularon para una nueva dirección:
América.
Pero quizás
lo más importante fue la posibilidad de discrepancia. Dios,
hasta antes de ese momento crucial, era el centro sobre el cual
se movía el hombre -se trata del reflejo de la visión
de la Tierra como el centro del sistema solar-; sin embargo, en
ese momento se discrepa de Dios como centro de la existencia de
la naturaleza, naturaleza que incluye al hombre.
Entonces el
hombre traslada el centro del universo al sol y a sí mismo.
El destino no está escrito, el hombre se autodesigna como
creador, organizador, modificador de la naturaleza. El nuevo papel
designar el papel que le corresponde desempeñar a la naturaleza
(Villoro, 1992). Se inicia un proceso de cosificación de
la naturaleza, proceso vinculado estrechamente con la técnica,
que se construye como instrumento de dominio.
Es bajo estos
elementos esbozados que el hombre europeo necesita expandir su mundo:
América entonces se transforma en la materialidad de esa
necesidad expansionista.
Pero se trata
no sólo de la expresión material y económica,
sino incluso racional. Dice Américo Vespucio en referencia
a lo último, que en América "he visto cosas no
conformes a la razón de los filósofos" (Maestre,
1991: 72). La forma de la racionalidad es otra, cambia y seguirá
cambiando. Dios, como parte de esa racionalidad - que no de fe-,
ha de quedar en entredicho. Se da, pues, un proceso de retroalimentación,
donde el resultado fue una modificación recíproca:
el hombre y dios son otros.
América
se presenta en un primer acercamiento como un descubrimiento ignorado,
el mismo Colón nunca supo lo que encontró. Pero más
allá de este hallazgo inicial, América es presentada
como el elemento que aglutina parte de las necesidades del hombre
europeo; más que descubrimiento, América es un invento,
como dice Maestre al seguir un argumento inicial de O'Gorman (Maestre,
1994). El descubrimiento puede percibirse como la cosa nueva en
e conocimiento, pero la invención va más allá
puesto que implica aplicar el conocimiento con un fin determinado,
del uso de una racionalidad para conseguir un objetivo. América
incluye la materialidad territorial que permite -como un componente
más de una multitud menos objetiva pero quizás con
una importancia igual o mayor- la construcción por el hombre
europeo de su nuevo mundo, de aplicar eso que suele llamarse pensamiento
moderno sobre un territorio. Pero de esta gran descripción
existe una característica que es particularmente significativa
para la exposición, y se refiere a la percepción de
la naturaleza. La invención de América supone la aplicación
de los conocimientos de la época, y no sólo la aplicación
a América como territorio, sino a la naturaleza toda. Si
al principio América es un laboratorio, enseguida éste
se expande al mundo entero. Se trata de que el hombre construya
un mundo nuevo a su imagen y semejanza, que cumpla los objetivos
que la razón le ha asignado, que sea un ente subordinado
a él, que sea la cosa que se le asigna un lugar en el mundo
que el hombre confecciona; se trata de cosificar a la naturaleza,
aunque esto implique su degradación al punto de extinguirla
(Villoro, 1992). El mundo está al servicio del hombre, él
lo organiza, lo construye, lo usa, y a veces lo imagina.
Bajo este amplio
contexto, el imperio mexica es conquistado y Tenochtitlan es inventada
como la capital de la Nueva España, la España que
se trasporta por un mar y es depositada en un nuevo territorio;
la Nueva España que se pretende igual a la vieja España:
habrá entonces que transformar el territorio hasta que el
reflejo sea el deseado.
Inundaciones
en el Valle de México
Tenochtitlan
era una ciudad donde sus habitantes convivían con el agua.
El sistema hidrológico del valle se mantenía en un
delicado equilibrio para la existencia de los pobladores, equilibrio
a veces trastornado. Si bien existió, posiblemente, una armonía
de convivencia entre los pobladores de Tenochtitlan y el sistema
de lagos, también habría que argumentar que quizás
no existía el conocimiento y tampoco las condiciones sociales
necesarias como para transformar al territorio rico en agua en uno
menos acuoso.
Las inundaciones
en la ciudad prehispánica fueron parte de los problemas que
debieron enfrentar sus habitantes. Por ejemplo, las crónicas
refieren una inundación de graves consecuencias hacia mediados
del siglo XV, bajo el reinado de Moctezuma I (De Vigneaux, 1982:
75); es decir, medio siglo antes de la llegada de los españoles.
Pero la abundancia
del agua no indicaba que tal agua fuera precisamente para consumo
doméstico; eran aguas saladas. Entonces, por una parte se
tenía abundancia de agua, pero por otra había escasez
para consumo humano. Ahuízotl y Netzahualcóyotl intentaron
resolver este problema doble (Everett, 1975: 15). Los españoles
también debieron enfrentarlo, pero sus acciones y las consecuencias
de éstas, fueron diferentes.
La llegada de
Cortés marca un punto esencial en la trama territorial de
la ciudad, puesto que la conquista plantea un problema de decisión:
dónde ubicar la ciudad del nuevo imperio. Había dos
opciones: la primera planteaba fundar la ciudad española
en un lugar diferente al que ocupaba Tenochtitlan, y la segunda
opción era precisamente en el mismo lugar. Ambas opciones
tenían ventajas y desventajas, y Cortés decidió
quizás más en concordancia con el naciente pensamiento
moderno que con el medieval: "... creyó que la ventaja
política y religiosa de fundar un nuevo imperio sobre las
cenizas del viejo era mucho mayor que la desventaja... [Y] Lo primero
que hizo fue cegar los canales..." (Everett, 1975: 16). No
importó la belleza y el funcionamiento de la ciudad, porque
se trataba de una ciudad ajena, y en el fondo y en lo superficial,
desconocida. Los españoles no tenían la experiencia
de convivir con el agua, como es el caso de los holandeses, y sin
embargo la decisión cortesiana fue superponer la nueva ciudad
a la antigua. Es posible que a partir de entonces se halla iniciado
el proceso de degradación ambiental del valle de México,
donde se percibe una intención de modificar el entorno con
la técnica disponible y con intereses de reciente cuño.
La amenaza de
inundaciones existía desde antes de la llegada de los españoles
y durante la colonia el problema pareció agudizarse. En 1555
la inundación fue muy grave; en 1580 la amenaza de inundación
estuvo a punto de cumplirse; en 1604 el lago de Texcoco se derramó
sobre la ciudad; la inundación de 1607 fue tan grave como
la de 1555... "Fue en esa ocasión que se decidió
poner en marcha un proyecto que ya se había debatido: la
desecación de los lagos y el cambio de curso del río
de Cuautitlán hacia el norte" (Musset, 1996: 165). Sin
embargo, los trabajos de drenaje bajo la dirección de Enrico
Martínez no impidieron la gran inundación de 1629,
la inundación más grave pues mantuvo a la ciudad bajo
aguas durante cinco años: el único lugar a salvo fue
la Plaza y en 1634 aún quedaban lugares donde había
que transitar en canoas (Mayer, 1953). Se expuso la idea de abandonar
la ciudad y construir la capital en un lugar más seguro,
pero la Corte Española no fue lo suficientemente fuerte para
llevar a buen término ese proyecto; en su lugar se continuaron
los trabajos de drenaje de los lagos.
Se ha presentado
una breve cronología de las inundaciones ocurridas en la
ciudad de Tenochtitlan - México entre los siglos XV y XVII.
Los españoles, al modificar las obras idráulicas de
los mexicas, aumentaron la amenaza de inundaciones; para evitarlas,
los españoles decidieron modificar radicalmente el entorno
con tal de conservar sus intereses intactos, y en particular los
económicos. Hay que decirlo muy claramente: las condiciones
socioeconómicas habían cambiado de manera extraordinaria;
si antes de la llegada de los españoles la convivencia entre
los mexicas y el sistema lacustre era necesaria, en las nuevas condiciones
la convivencia era una opción irracional.
Las
Obras de Desagüe y sus Avatares
"La historia
del drenaje de los lagos... [del valle de México] se inicia
en 1607 y se termina oficialmente en 1900, con la apertura del túnel
de Tequixquiac" (Musset, 1996: 128), y está plagada
de contratiempos, intereses y sueños.
Los trabajos
de desagüe se inician en 1607, después de la tercera
inundación desde la llegada de los españoles, por
el virrey don Luis de Velasco II y se concluyeron hasta 1789; la
obra se conoce como el canal de Huehuetoca (De Vigneaux, 1982: 75).
La idea básica consistía en desviar las aguas del
río Cuautitlán, en una primera etapa consistente en
un canal de 12 kilómetros de longitud; se creía que
al reducir las aguas de alimentación para el sistema de lagos
del valle, indirectamente se reduciría el nivel excesivo
de agua en la ciudad de México (Everett, 1975: 22). La obra
estuvo a cargo de Enrico Martínez y el proyecto fue del jesuita
Juan Sánchez. Pero la obra sólo era un paliativo.
La obra quedó
inconclusa, se armó una disputa entre Enrico Martínez
y Adrián Boot por la forma técnica de enfrentar el
problema de las inundaciones; Martínez logró convencer
a Felipe II de proseguir con el proyecto; hacia 1623 Gelves ordenó
la suspensión de obras, pero esto sólo fortaleció
la idea de desecar completamente la cuenca (Ibid: 120). En 1627,
Enrico Martínez denunció que desde 1623 el desagüe
no funcionaba, al siguiente año el virrey de Cerralvo ordenó
algunas reparaciones, aunque éstas no evitaron la catástrofe
de 1629: Enrico Martínez fue encarcelado a raíz de
que cegó la entrada del canal de Huehuetoca, el agua siguió
el sistema lacustre e inundó la ciudad (Ibid: 26).
Como consecuencia
de la inundación del 29, se decidió el 28 de septiembre
de 1630 emprender el proyecto del tajo de Nochistongo, para el cual
se aprovecharían 7 kilómetros del canal de Huehuetoca
(Ibid: 116-117). En 1804, el virrey Iturrigaray ordenó la
construcción de un canal para conducir agua sobrante de los
lagos de Texcoco, San Cristóbal y Tlatocan: el canal se comenzó,
pero no se concluyó (Ibid: 76).
El texto de
Everett incluye un mapa (1975: 123) donde se superponen el nivel
del lago en torno a la ciudad de México para tres años:
1520 (Gibson), 1605 (Enrico Martínez) y 1742 (Gerhard). En
1520, antes de la caída de Tenochtitlan, el lago era un solo
cuerpo que se extendía desde Zumpango al norte hasta Xochimilco
al sur. Para 1742 el lago había disminuido notablemente su
superficie y además estaba ya fragmentado; los tres cuerpos
más significativos se localizaban a la altura de Zumpango,
Texcoco y Xochimilco: la ciudad de México ya no está
enmedio del lago. Esto apenas sugiere la magnitud de la superficie
desecada y de su rapidez, pues en apenas siglo y medio la configuración
hidrológica del valle de México se ha transformado.
En esta sección
y en la anterior, se ha presentado una cronología breve de
las inundaciones que sufrió la ciudad de Tenochtitlan - México
y de las obras emprendidas para mitigar y "solucionar"
definitivamente este problema; solución encaminada a encauzar
el agua hacia la cuenca vecina. Pero este marco es para presentar
con mayor eficiencia las "razones" tras las obras.
Ideas
Novohispanas en Torno a la Desecación
Presentar las
obras de desagüe no explica por qué se hicieron; evidentemente
existía un sentido de protección civil (de las personas
y sus pertenencias), pero sólo es en la parte más
superficial. En todo caso deberíamos preguntar acerca de
cuáles eran las ideas que animaban estas decisiones, ideas
no tan evidentes y en ocasiones sin un sustento empírico,
pero con consecuencias físicas de gran magnitud. ¿Por
qué esa "terquedad" por eliminar el agua en el
valle de México? En el desarrollo de la presente sección
trataré de indagar un poco en las posibles respuestas a esta
pregunta.
Nostalgia
por España
Para el siglo
XIX, refiere Humboldt, el valle de México presenta un aspecto
estéril, la vegetación ha perdido vigor desde la llegada
de los españoles; antes el "valle estaba adornado de
un hermoso verdor cuando los lagos ocupaban más terreno,
y cuando inundaciones más frecuentes lavaban aquel suelo
arcilloso" (Humboldt, 1966: 29). La descripción presenta
más un paisaje yermo que la abundancia vista por Cortés
tres siglos atrás. Sí, el paisaje ha cambiado, han
cambiado las relaciones entre los elementos naturales (bióticos
y abióticos), han cambiado también las relaciones
de los habitantes del valle con el medio natural y han cambiado,
finalmente, las relaciones de los hombres consigo mismos.
Sin embargo,
lo importante está en Europa y sólo un contemporáneo
puede explicarlo: "Lo interior de la Nueva España, y
señaladamente una gran parte del alto llano de Anáhuac,
está desnudo de vegetación, y su árido aspecto
recuerda en muchos parajes las llanuras de las dos Castillas..."
(Humboldt, 1966: 28). Y Musset apunta que "... Alejandro Humboldt
no dudaba en escribir... que los conquistadores habían querido
transformar los paisajes del Valle de México para hacerlos
semejantes a los de su natal Castilla..." (Musset, 1996: 160).
¿Los conquistadores tenían la intención de
transformar el paisaje americano en un paisaje español?,
¿era una intención plenamente declarada? Everett rescata
la referencia de que "reunido el cabildo el 28 de febrero de
1527, acordó derrivar los árboles de la fuente de
Chapultepec que tapaban el sol y dejaban caer sus hojas en el agua"
(Everett, 1975: 19).
Si partimos
de estas referencias y las enmarcamos en el contexto del modernismo,
donde el hombre pretende manipular, transformar y usar a la naturaleza,
el párrafo anterior adquiere otra dimensión. Pareciera
que el evento de 1527 pretende, entre uno de varios objetivos, emular
el paisaje español en suelo americano. Quizás esta
intención de transformar el paisaje sea un elemento mostrativo
de cómo el hombre europeo trasplantado a América se
propone recrear su entorno en busca de algo que podría hoy
llamarse, con un toque de atrevimiento, como "hogar".
Resulta entonces que la pretensión de cosificar que se ha
gestado entre los siglos XVI y XVII irrumpe con gran fuerza en el
paisaje del valle de México.
Esto que se
describe como la idea de reproducir lo que se extraña, lo
que se ha perdido y se desea poseer de nuevo, es nostalgia en un
primer momento. Pero enseguida esa nostalgia parece degradarse en
melancolía, la enfermedad tan temida por los griegos; donde
la melancolía implica el acto consciente -y devastador para
el caso- por allegarse aquello que se ha perdido. Es importante,
sin embargo, recalcar que la melancolía es una enfermedad.
Además
del paisaje, los españoles introducen en la Nueva España
alrededor de 1530 un sistema de gobierno modelado según el
municipio español (Carrasco, 1991: 4). Estamos ante un aspecto
que en principio no es físico, pero que tiene consecuencias
extraordinarias en la organización de los hombres que habitan
el suelo novohispano. Se trata, en síntesis, de la copia
de las costumbres de la península ejercidas en América.
Existe otro
elemento relevante de mencionar, y se refiere al nombre empleado
por los españoles para designar la tierra recién descubierta:
Nueva España. El término "Nueva" plantea
una coherencia a partir de los argumentos apuntados en párrafos
anteriores: se trata de construir otra España en suelo ajeno;
puede percibirse también como la construcción de otra
oportunidad, de enmendar; sin embargo, los hechos no parecen contribuir
en este sentido, al menos hasta principios del siglo XIX.
Sentido
de Sanidad
"En las
obras hidráulicas del valle de México no se ha mirado
al agua sino como a un enemigo..." (Humboldt, 1966: 152). Y
como tal, es menester defenderse de él y procurar su extinción.
La técnica empleada en esta guerra es europea; en cuanto
a la técnica "india" se ha dejado de lado. Las
aguas de los lagos, aguas estancadas, dentro de la concepción
española, son consideradas como una fuente de infección
(Musset, 1996), al grado de que los españoles desean eliminar
estas aguas mediante el desagüe; no consumen el pescado que
se extrae de estas aguas, prefieren el que proviene de la costa.
También, retomando la referencia de Everett (1975: 19) respecto
a derrivar los árboles de la fuente de Chapultepec, hay en
ello un sentido de profilaxis puesto que las hojas "pudren
el agua".
El mundo anhelado
está libre de impurezas, y el agua estancada es impura. Fray
Andrés de San Miguel participó en los trabajos de
desagüe de 1607, en su faceta de arquitecto, "para él,
drenar el Valle, era sanearlo" (Musset, 1996: 143). El sentido
de la curación del valle de México, enfermo por el
agua estancada de los lagos contenidos en su interior, implicaba,
necesariamente, la destrucción del sistema hidrológico.
Y no se olvide que los españoles no sólo eran extranjeros,
sino que durante mucho tiempo se asumieron como tales; no había,
entonces, ningún sentido de culpa en modificar o incluso
destruir al medio natural, porque dentro de sus razones era lo prudente
.
El ejemplo más
interesante del sentido de sanidad lo constituye el padre Cobos,
quien en 1633 (con la inundación ahí) defendía
a Enrico Martínez con metáforas médicas: "El
tumor maligno, decía se curaba «con dieta y con quitar
aquello que causa el desequilibrio».. Como no era posible
evacuar el lago [de Texcoco] inmediatamente, el mejor remedio era
«quitar el flujo que sostiene la enfermedad».. ."
(Everett, 1975: 121) Se refiere a eliminar los ríos que alimentan
al sistema de lagos de la cuenca, y en particular al río
de Cuautitlán, que indirectamente alimentaba al lago de Texcoco.
Las metáforas
empleadas por el padre Cobos no son, de manera alguna, una mera
ocurrencia; responden en todo sentido a la forma de pensar y actuar
de la época. Se refleja, por una parte, el sentido de enfermedad
en las aguas contenidas en los lagos; y por otra en la búsqueda
de su erradicación mediante actos humanos y no a la espera
de actos divinos.
Ya en la época
independiente, la Secretaría de Fomento convocó al
Segundo Congreso Mexicano con motivo de la fetidez que se padecía
en la ciudad de México, donde se habla de los lagos como
verdaderas ciénagas, cuyas aguas estancadas eran cada día
más insalubres (Tortolero, 1996: 230). Y en un sentido similar,
al realizar el Consejo Superior de Salubridad un estudio de los
lagos de la cuenca en el año de 1895, se expone que los ubicados
en la parte meridional del valle despiden miasmas de hidrógeno
sulfurado que se percibe en las calles de la ciudad (Ibid: 230).
La idea de enfermedad asociada al agua estancada, de procedencia
española, para fines del siglo XIX es parte de las características
de la nación mexicana; y esta forma de percepción
se prolongará por muchas décadas más.
Enrico
Martínez y sus Creencias
Este personaje
posee características extraordinarias, y es punto de confluencia
de intereses y encarnación de sueños.
Enrico Martínez
era cristiano, hombre de ciencia y aceptaba la cosmología
medieval geocéntrica -a pesar de que la obra de Copérnico,
De revolutionis..., se publicó en 1543- (Everett, 1975: 144).
Parece que en él se amalgaman características medievales
y modernistas de una manera bastante peculiar.
Martínez
fue el primer encargado del desagüe de la ciudad de México.
Su hipótesis básica consistía en una especie
de círculo vicioso: azolve - inundación - relleno
- azolve... Decía que el fondo del lago se elevaba por materia
arrastrada y depositada por el agua, lo que ocasionaba que una simple
lluvia normal inundara las calles de la ciudad; entonces la única
solución consistía en elevar el nivel del suelo de
la ciudad, puesto que dragar el lago era imposible (Ibid: 20-21).
Y es que el proceso de deforestación en el valle estaba muy
acelerado debido, en gran medida, por el uso de la madera como leña
y como pilotes para las construcciones; el agua entonces podía
arrastrar con suma facilidad la capa de suelo y depositarla en el
lago. Se estima que la ciudad española consumía hasta
25 mil árboles por año entre los siglos XVI y XVII
sólo para elaboración de pilotes (Musset, 1996: 155)
El otro factor asociado con la deforestación era el uso para
la agricultura que se le daba al suelo desmontado. Martínez
pronosticaba que la proliferación de ranchos y haciendas
traería graves consecuencias para los alrededores de la ciudad;
y no era para menos, pues se estimaba una población de mil
cabezas de ganado mayor y seis millones de ganado menor hacia finales
del siglo XVII (Everett, 1975:18).
Enrico Martínez
veía campos agrícolas entre Chapultepec y Tlalnepantla,
zonas donde no hacía mucho tiempo los indios iban a pescar
(Musset, 1996:155). Pero él mismo estaba contribuyendo a
este proceso de desagüe de los lagos. Su obra no estuvo exenta
de dificultades: el canal iniciado en 1607 fue suspendido, aunque
consiguió convencer a Felipe II de las bondades del proyecto,
a pesar del juicio adverso de Adrián Boot (Everett, 1975:
120- 121). La diferencia con Boot es, posiblemente, de lo más
interesante en términos de investigación histórica.
Adrián
Boot, de origen flamenco, fue contratado por Felipe II en junio
de 1613. Cuando conoció las obras dirigidas por Enrico Martínez
"declaró que todo lo que se había hecho no servía
para nada. Según él, el desagüe general, era
un error. Era mejor conservar los lagos..." (Musset, 1996:
170). El proyecto de Boot consistía en construir un sistema
de diques al estilo de los ya existentes en Holanda. Idea contraria
a la de los españoles, por lo que, finalmente, hacia 1616
se decidió en favor del proyecto de Martínez; quien
con 110 mil pesos adicionales aseguraba la terminación del
canal de Huehuetoca (Everett, 1975: 22-23).
Parece que la
idea de Boot de "restaurar" la técnica "india"
para evitar inundaciones en la ciudad de México no fue bien
recibida por los españoles; quizás hirió su
sensibilidad, como sugiere Musset (1996). Pero no deja de ser muy
interesante la confrontación de dos proyectos con premisas
diferentes: el de Martínez que implica un cambio radical
de la cuenca y el de Boot que se enfoca a la conservación
de las condiciones hidrológicas. Quizás en el fondo
la disputa era intrascendente, puesto que la decisión ya
había sido tomada por Cortés un siglo antes al decidir
la localización de la nueva ciudad española. El evento
es interesante en la medida que confronta dos ideas de cómo
manejar un recurso natural; y es quizás también el
último estertor de una llamada de auxilio en pos de una convivencia,
pero que el oído español ha dejado de escuchar desde
mucho tiempo atrás.
En 1629, Enrico
Martínez temió que las aguas enfurecidas del río
Cuautitlán destruyeran el canal de desagüe, por lo que
decidió cegar la entrada; entonces las aguas siguieron el
curso del sistema lacustre e inundaron a la ciudad por cinco años.
El virrey de Cerralvo lo envió a prisión, acusado
de negligencia; sin embargo salió libre y es que Martínez
era el que más sabía de las cuestiones hidráulicas
(Everett, 1975). Estos eventos muestran la ascendencia que guardaba
Enrico Martínez entre sus contemporáneos, y que su
"ciencia" era respetada, aun sobre la autoridad del virrey.
Otra característica es humana, quizás demasiado humana:
ante el diluvio, Enrico Martínez decidió cegar la
entrada al canal de Huehuetoca, el que había estado construyendo,
ante la sola posibilidad de que la obra sufriese un deterioro importante
por virtud de la crecida de las aguas. Si bien puede argumentarse
que se trató de una maniobra de preservación del túnel,
lo cual podría ser medianamente defendible al considerar
la posibilidad de que Martínez previó que de cualquier
manera la ciudad se inundaría, y bajo esta circunstancia
era preferible conservar el canal que perderlo. Sin embargo, también
existe otra posible versión de los hechos: que Enrico Martínez
quisiera conservar la obra porque él era precisamente el
constructor y el túnel representaba el esfuerzo español
de dominio sobre la naturaleza. Había que preservar el símbolo
del canal.
Existía
otro elemento importante. Desde la inundación de 1555, la
Corona intentó cambiar la capital de lugar, ubicarla hacia
Tacuba; sin embargo el intento no prosperó. Algo similar
ocurrió en 1629 cuando los regidores y religiosos se rehusaron
a abandonar sus casas e iglesias; adujeron que era más barato
invertir cuatro millones de pesos en terminar el drenaje de la ciudad
que perder las propiedades valuadas en 50 millones (Musset, 1996).
Adrián Boot, que seguía en la Nueva España,
prefirió no emitir juicio alguno en torno a la cuestión
(Everett, 1975).
Pero también
en la inundación de 1629 apareció una característica
hasta entonces nueva. Circularon rumores de que existía un
desagüe natural de la cuenca y que los indios sabían
de ella; el rumor también refería que la entrada se
ubicaba en los rumbos de Pantitlán. En este ambiente de optimismo
y pesimismo simultáneos, el capitular Méndez declaraba
su confianza en que las aguas del río Cuautitlán podrían
desviarse. "Los cobardes y los pesimistas debían aprender
de los holandeses o, mejor aún, de los ejemplos de «nuestra
historia», cuando Moctezuma I y su pueblo padecieron inundaciones.
«Amaban su patria», jamás la habrían abandonado
y procedieron con energía a construir diques nuevos. Los
españoles, que tenían muchos más conocimientos,
podían hacerlo mejor..." (Everett, 1975: 127). Y bajo
este contexto, la presencia y actuación de Enrico Martínez
adquieren una mejor definición. De una manera peculiar, Martínez
era símbolo de la terquedad española por dominar la
furia del agua. Se entraba en la lógica del desagüe,
de un modelo importado por los españoles e implementado en
el valle de México (Musset, 1996: 159). En cuanto al sentido
de "patria" ya aparecen los primeros atisbos de lo que
tendrá su clímax a principios del siglo XIX con la
guerra de independencia.
Torquemada
y Dios
Fray Juan de
Torquemada, franciscano, comparaba la inundación de 1629
"con el diluvio universal; era un castigo de Dios y en manos
de Dios estaba el remedio..." (Everett, 1975: 135). Esta es
una visión teológica típica del siglo XVI,
que en muchos sentidos aún convive con otras posiciones en
el siglo XVII. Posiblemente la postura de Juan de Torquemada no
le era privada, pero tampoco unánime. Muestra, en todo caso,
la convivencia de ideas diferentes, de cambios que dejaban el medioevo
y accedían a la modernidad.
Torquemada y
Enrico Martínez fueron contemporáneos; pero Martínez
se acercaba más a la modernidad. También Martínez
percibía que los españoles estaban destruyendo a los
indígenas, pero pensaba, como buen cristiano, que el bien
era mayor que el mal, y que entonces valía la pena; sin embargo,
aun con sus ideas de cambio, con su quehacer de agente de cambio,
con sus obras de cambio, coincidía con Torquemada en que
"las penalidades de la ciudad de México estaban en manos
de Dios" (Everett, 1975: 145). Al final, como al principio,
Enrico Martínez era un cristiano. Quizás, mientras
cegaba el canal en 1629, rezaba y pedía a Dios la iluminación
necesaria para no construir un infierno en la tierra.
En
Redondo
[ O con el interés
de resaltar algunas cuestiones del capítulo]
En este primer
capítulo se examina la cuenca de México en cuanto
a las acciones para desagüarla. Quedan algunas sugerencias
de cómo la idea de "eliminar" el agua de un lugar
toman materialidad y se ejecutan en aras de conservar la integridad
física y racional de una sociedad como la novohispana. El
agua de la cuenca del valle de México se percibió
como a un enemigo, y como tal fue tratada: la aniquilación
fue sólo cuestión de tiempo. La idea de desecar cuerpos
de agua era nueva en el valle de México, traída e
implementada por españoles; al curso de los siglos se hará
parte de las ideas aceptadas ampliamente en el México Independiente.
El cambio fue
radical, el nuevo paisaje se tornó casi irreconocible, como
refiere Humboldt a mediados del siglo XIX; los cambios se acentúan
en el siguiente siglo. Pero aquí, si bien interesan los cambios
ocurridos en el valle de México, no son el eje principal
de este discurso. Lo expuesto nos va a permitir comprender mejor
lo ocurrido en una cuenca vecina: la cuenca alta del río
Lerma. Las razones, las ideas y las acciones ejecutadas en el valle
de México para transformar el paisaje, serán transportadas
a la cuenca vecina bajo una premisa fundamental: la semejanza. Aquéllo
que se hace en una cuenca, puede hacerse en la otra; el parecido
de los paisajes, aunque en tiempos diferentes, permiten suponer
un funcionamiento similar en ambas cuencas; si las cuencas son semejantes,
entonces pueden ser tratadas de manera similar.
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