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Editorial


Uso Turísitco y Recreativo de Espacios Naturales. Turismo Sostenible en Mallorca
Maciá Blázquez Salom
Universitat de les Illes Balears

 

Colaboración con la comunidad para el Ecoturismo: Una Estrategia de Gestión Sustentable de Recursos Regionales
David Barkin / Carlos Paillés

 

Agua y Subordinación en la Cuenca del Río Lerma
Rafael Silva Aguilar

 

Fundamentos para la planeación del turismo sustentable, hacia el desarrollo local
M. en Pl. Rocío del Carmen Serrano Barquín


"Turismo y Sustentabilidad" Giselle Juan/Seva Garcíal


Protocolos o Avances de Investigación Comunitaria y Turismo sustentable en San Miguel Almaya, México
Graciela Cruz Jiménez

 

Buzón del Periplo

 

 

Agua y Subordinación en la Cuenca del Río Lerma
Rafael Silva Aguilar


Presentación

El trabajo de investigación "Agua y subordinación en la cuenca del río Lerma", de Rafael Aguilar es una tesis meritoria por varias razones: por un lado se aprecia que el desarrollo del problema es extenso, suficiente y se tocan los puntos centrales que a cualquier estudioso del tema le pueden interesar para seguir ahondando en la materia. Junto con esto pondero la calidad de la bibliografía, cuidada, extensa y sobre todo que muestra una gran vigencia en torno a los diversos temas que se plantean, es decir, es un trabajo que parte del estado de la cuestión, hecho que hace de cualquier tesis una posible respuesta a la exigencia de dar salida a los conflictos prácticos, reales, que aquejan a las diversas comunidades de la región. Por otro lado, y pensando en la posibilidad de la aplicación de los conocimientos, la tesis muestra otras cualidades que facilitan su comprensión y por consiguiente su manejo: por un lado está, como soporte técnico-comunicativo una redacción clara y fluida que hace énfasis en los puntos centrales de la indagación. Pero también se observa un planteamiento ordenado y una definición precisa de los conceptos que dan pie a un rigor argumental suficiente.

En cuanto a los contenidos del trabajo es evidente la filiación histórica y humanística: todo problema tiene un origen en el tiempo, en la historia concreta de una comunidad y ahí es donde hay que observarlo.

Por último, considero que la publicación del trabajo es necesaria para complementar el ciclo del saber que se plantea cualquier universidad y por supuesto con mucha mayor razón una maestría cuya finalidad es la formación de investigadores. También una revista como El periplo sustentable, cumple así la función de difundir el saber y contribuir a la solución de los problemas de la región.

Rocío Serrano B.

Introducción

Tertuliano (ca. 155-230) fue hijo de un centurión romano, estudió filosofía, historia y literatura griega y romana. Escribió: "Si contempláis el mundo en general no podéis negar que poco a poco ha ido haciéndose más culto y poblado... Ahora todos los territorios son accesibles y explotados, y todos han sido abiertos al comercio. Tierras que antes eran baldías están ahora cubiertas por bellos cultivos..., los arenales son ahora fértiles, las rocas son reducidas a tierra, los pantanos han sido desecados..." (cit. Nisbet, 1996:84). Es interesante saber que las obras de desecación tienen al menos mil ochocientos años de creación humana, no se trata, pues, de una idea de reciente cuño. Como refiere Tertuliano, las obras son parte de un ascenso en el conocimiento, de una búsqueda para cambiar un entorno presumiblemente hostil. Es la fe en un futuro feliz: el progreso.

Esta es una investigación que aborda varios temas vinculados con las obras de desecación y con el suministro de agua, predominantemente, para espacios urbanos, el objetivo principal consiste en proponer respuestas (y nuevas preguntas) en torno al proceso de uso del agua en la cuenca alta del río Lerma, tanto de su corriente superficial del mismo nombre como de su acuífero subterráneo, percepciones y proyectos. Proceso en el sentido de que los diversos factores involucrados cambian en el curso del tiempo.

Parte I

Desecación en los Siglos XVII, XIX y XX en el México Central o La hidrofobia como método de cambio.

Capítulo I

Una Vez, el Agua... o El desagüe del Valle de México, ideas para justificar las obras y a algunos actores.

La Invención de América

Europa perdió el centro, pero se propuso construir uno nuevo a partir de una imagen de sí. En el siglo XV Europa debió construir las bases para lo que se conoce como "la modernidad"; construcción en el sentido de que el Hombre Europeo decidió qué deseaba hacer de sí y de lo demás. Para lograr este objetivo debieron converger al menos tres cosas: el conocimiento empírico, los descubrimientos científicos y geográficos, y la posibilidad de discrepar (Maestre, 1991: 71). Si bien la forma de construir el conocimiento mediante el "método científico" -como se conoce actualmente- está apenas en ciernes, ya se presentan cambios significativos; pero también existe una convivencia entre este nuevo conocimiento, la astrología y la magia natural; mezcla peculiar que no está en conflicto pues se trata de explicar las leyes de la naturaleza con las herramientas de la razón disponibles (Villoro, 1992: 76); el eclecticismo no se percibe como un problema, sino más bien como un intento de la razón para darle una coherencia al "mundo" hasta entonces conocido.

Un segundo elemento a considerar son los descubrimientos científicos y geográficos. Los instrumentos de navegación, en lo particular, fungieron como piedra angular en la marcha del hombre europeo en busca de conocer al mundo y a la vez descubrirlo a su imagen y semejanza. La expansión del "mundo europeo" hacia Oriente y África se confabularon para una nueva dirección: América.

Pero quizás lo más importante fue la posibilidad de discrepancia. Dios, hasta antes de ese momento crucial, era el centro sobre el cual se movía el hombre -se trata del reflejo de la visión de la Tierra como el centro del sistema solar-; sin embargo, en ese momento se discrepa de Dios como centro de la existencia de la naturaleza, naturaleza que incluye al hombre.

Entonces el hombre traslada el centro del universo al sol y a sí mismo. El destino no está escrito, el hombre se autodesigna como creador, organizador, modificador de la naturaleza. El nuevo papel designar el papel que le corresponde desempeñar a la naturaleza (Villoro, 1992). Se inicia un proceso de cosificación de la naturaleza, proceso vinculado estrechamente con la técnica, que se construye como instrumento de dominio.

Es bajo estos elementos esbozados que el hombre europeo necesita expandir su mundo: América entonces se transforma en la materialidad de esa necesidad expansionista.

Pero se trata no sólo de la expresión material y económica, sino incluso racional. Dice Américo Vespucio en referencia a lo último, que en América "he visto cosas no conformes a la razón de los filósofos" (Maestre, 1991: 72). La forma de la racionalidad es otra, cambia y seguirá cambiando. Dios, como parte de esa racionalidad - que no de fe-, ha de quedar en entredicho. Se da, pues, un proceso de retroalimentación, donde el resultado fue una modificación recíproca: el hombre y dios son otros.

América se presenta en un primer acercamiento como un descubrimiento ignorado, el mismo Colón nunca supo lo que encontró. Pero más allá de este hallazgo inicial, América es presentada como el elemento que aglutina parte de las necesidades del hombre europeo; más que descubrimiento, América es un invento, como dice Maestre al seguir un argumento inicial de O'Gorman (Maestre, 1994). El descubrimiento puede percibirse como la cosa nueva en e conocimiento, pero la invención va más allá puesto que implica aplicar el conocimiento con un fin determinado, del uso de una racionalidad para conseguir un objetivo. América incluye la materialidad territorial que permite -como un componente más de una multitud menos objetiva pero quizás con una importancia igual o mayor- la construcción por el hombre europeo de su nuevo mundo, de aplicar eso que suele llamarse pensamiento moderno sobre un territorio. Pero de esta gran descripción existe una característica que es particularmente significativa para la exposición, y se refiere a la percepción de la naturaleza. La invención de América supone la aplicación de los conocimientos de la época, y no sólo la aplicación a América como territorio, sino a la naturaleza toda. Si al principio América es un laboratorio, enseguida éste se expande al mundo entero. Se trata de que el hombre construya un mundo nuevo a su imagen y semejanza, que cumpla los objetivos que la razón le ha asignado, que sea un ente subordinado a él, que sea la cosa que se le asigna un lugar en el mundo que el hombre confecciona; se trata de cosificar a la naturaleza, aunque esto implique su degradación al punto de extinguirla (Villoro, 1992). El mundo está al servicio del hombre, él lo organiza, lo construye, lo usa, y a veces lo imagina.

Bajo este amplio contexto, el imperio mexica es conquistado y Tenochtitlan es inventada como la capital de la Nueva España, la España que se trasporta por un mar y es depositada en un nuevo territorio; la Nueva España que se pretende igual a la vieja España: habrá entonces que transformar el territorio hasta que el reflejo sea el deseado.

Inundaciones en el Valle de México

Tenochtitlan era una ciudad donde sus habitantes convivían con el agua. El sistema hidrológico del valle se mantenía en un delicado equilibrio para la existencia de los pobladores, equilibrio a veces trastornado. Si bien existió, posiblemente, una armonía de convivencia entre los pobladores de Tenochtitlan y el sistema de lagos, también habría que argumentar que quizás no existía el conocimiento y tampoco las condiciones sociales necesarias como para transformar al territorio rico en agua en uno menos acuoso.

Las inundaciones en la ciudad prehispánica fueron parte de los problemas que debieron enfrentar sus habitantes. Por ejemplo, las crónicas refieren una inundación de graves consecuencias hacia mediados del siglo XV, bajo el reinado de Moctezuma I (De Vigneaux, 1982: 75); es decir, medio siglo antes de la llegada de los españoles.

Pero la abundancia del agua no indicaba que tal agua fuera precisamente para consumo doméstico; eran aguas saladas. Entonces, por una parte se tenía abundancia de agua, pero por otra había escasez para consumo humano. Ahuízotl y Netzahualcóyotl intentaron resolver este problema doble (Everett, 1975: 15). Los españoles también debieron enfrentarlo, pero sus acciones y las consecuencias de éstas, fueron diferentes.

La llegada de Cortés marca un punto esencial en la trama territorial de la ciudad, puesto que la conquista plantea un problema de decisión: dónde ubicar la ciudad del nuevo imperio. Había dos opciones: la primera planteaba fundar la ciudad española en un lugar diferente al que ocupaba Tenochtitlan, y la segunda opción era precisamente en el mismo lugar. Ambas opciones tenían ventajas y desventajas, y Cortés decidió quizás más en concordancia con el naciente pensamiento moderno que con el medieval: "... creyó que la ventaja política y religiosa de fundar un nuevo imperio sobre las cenizas del viejo era mucho mayor que la desventaja... [Y] Lo primero que hizo fue cegar los canales..." (Everett, 1975: 16). No importó la belleza y el funcionamiento de la ciudad, porque se trataba de una ciudad ajena, y en el fondo y en lo superficial, desconocida. Los españoles no tenían la experiencia de convivir con el agua, como es el caso de los holandeses, y sin embargo la decisión cortesiana fue superponer la nueva ciudad a la antigua. Es posible que a partir de entonces se halla iniciado el proceso de degradación ambiental del valle de México, donde se percibe una intención de modificar el entorno con la técnica disponible y con intereses de reciente cuño.

La amenaza de inundaciones existía desde antes de la llegada de los españoles y durante la colonia el problema pareció agudizarse. En 1555 la inundación fue muy grave; en 1580 la amenaza de inundación estuvo a punto de cumplirse; en 1604 el lago de Texcoco se derramó sobre la ciudad; la inundación de 1607 fue tan grave como la de 1555... "Fue en esa ocasión que se decidió poner en marcha un proyecto que ya se había debatido: la desecación de los lagos y el cambio de curso del río de Cuautitlán hacia el norte" (Musset, 1996: 165). Sin embargo, los trabajos de drenaje bajo la dirección de Enrico Martínez no impidieron la gran inundación de 1629, la inundación más grave pues mantuvo a la ciudad bajo aguas durante cinco años: el único lugar a salvo fue la Plaza y en 1634 aún quedaban lugares donde había que transitar en canoas (Mayer, 1953). Se expuso la idea de abandonar la ciudad y construir la capital en un lugar más seguro, pero la Corte Española no fue lo suficientemente fuerte para llevar a buen término ese proyecto; en su lugar se continuaron los trabajos de drenaje de los lagos.

Se ha presentado una breve cronología de las inundaciones ocurridas en la ciudad de Tenochtitlan - México entre los siglos XV y XVII. Los españoles, al modificar las obras idráulicas de los mexicas, aumentaron la amenaza de inundaciones; para evitarlas, los españoles decidieron modificar radicalmente el entorno con tal de conservar sus intereses intactos, y en particular los económicos. Hay que decirlo muy claramente: las condiciones socioeconómicas habían cambiado de manera extraordinaria; si antes de la llegada de los españoles la convivencia entre los mexicas y el sistema lacustre era necesaria, en las nuevas condiciones la convivencia era una opción irracional.

Las Obras de Desagüe y sus Avatares

"La historia del drenaje de los lagos... [del valle de México] se inicia en 1607 y se termina oficialmente en 1900, con la apertura del túnel de Tequixquiac" (Musset, 1996: 128), y está plagada de contratiempos, intereses y sueños.

Los trabajos de desagüe se inician en 1607, después de la tercera inundación desde la llegada de los españoles, por el virrey don Luis de Velasco II y se concluyeron hasta 1789; la obra se conoce como el canal de Huehuetoca (De Vigneaux, 1982: 75). La idea básica consistía en desviar las aguas del río Cuautitlán, en una primera etapa consistente en un canal de 12 kilómetros de longitud; se creía que al reducir las aguas de alimentación para el sistema de lagos del valle, indirectamente se reduciría el nivel excesivo de agua en la ciudad de México (Everett, 1975: 22). La obra estuvo a cargo de Enrico Martínez y el proyecto fue del jesuita Juan Sánchez. Pero la obra sólo era un paliativo.

La obra quedó inconclusa, se armó una disputa entre Enrico Martínez y Adrián Boot por la forma técnica de enfrentar el problema de las inundaciones; Martínez logró convencer a Felipe II de proseguir con el proyecto; hacia 1623 Gelves ordenó la suspensión de obras, pero esto sólo fortaleció la idea de desecar completamente la cuenca (Ibid: 120). En 1627, Enrico Martínez denunció que desde 1623 el desagüe no funcionaba, al siguiente año el virrey de Cerralvo ordenó algunas reparaciones, aunque éstas no evitaron la catástrofe de 1629: Enrico Martínez fue encarcelado a raíz de que cegó la entrada del canal de Huehuetoca, el agua siguió el sistema lacustre e inundó la ciudad (Ibid: 26).

Como consecuencia de la inundación del 29, se decidió el 28 de septiembre de 1630 emprender el proyecto del tajo de Nochistongo, para el cual se aprovecharían 7 kilómetros del canal de Huehuetoca (Ibid: 116-117). En 1804, el virrey Iturrigaray ordenó la construcción de un canal para conducir agua sobrante de los lagos de Texcoco, San Cristóbal y Tlatocan: el canal se comenzó, pero no se concluyó (Ibid: 76).

El texto de Everett incluye un mapa (1975: 123) donde se superponen el nivel del lago en torno a la ciudad de México para tres años: 1520 (Gibson), 1605 (Enrico Martínez) y 1742 (Gerhard). En 1520, antes de la caída de Tenochtitlan, el lago era un solo cuerpo que se extendía desde Zumpango al norte hasta Xochimilco al sur. Para 1742 el lago había disminuido notablemente su superficie y además estaba ya fragmentado; los tres cuerpos más significativos se localizaban a la altura de Zumpango, Texcoco y Xochimilco: la ciudad de México ya no está enmedio del lago. Esto apenas sugiere la magnitud de la superficie desecada y de su rapidez, pues en apenas siglo y medio la configuración
hidrológica del valle de México se ha transformado.

En esta sección y en la anterior, se ha presentado una cronología breve de las inundaciones que sufrió la ciudad de Tenochtitlan - México y de las obras emprendidas para mitigar y "solucionar" definitivamente este problema; solución encaminada a encauzar el agua hacia la cuenca vecina. Pero este marco es para presentar con mayor eficiencia las "razones" tras las obras.

Ideas Novohispanas en Torno a la Desecación

Presentar las obras de desagüe no explica por qué se hicieron; evidentemente existía un sentido de protección civil (de las personas y sus pertenencias), pero sólo es en la parte más superficial. En todo caso deberíamos preguntar acerca de cuáles eran las ideas que animaban estas decisiones, ideas no tan evidentes y en ocasiones sin un sustento empírico, pero con consecuencias físicas de gran magnitud. ¿Por qué esa "terquedad" por eliminar el agua en el valle de México? En el desarrollo de la presente sección trataré de indagar un poco en las posibles respuestas a esta pregunta.

Nostalgia por España

Para el siglo XIX, refiere Humboldt, el valle de México presenta un aspecto estéril, la vegetación ha perdido vigor desde la llegada de los españoles; antes el "valle estaba adornado de un hermoso verdor cuando los lagos ocupaban más terreno, y cuando inundaciones más frecuentes lavaban aquel suelo arcilloso" (Humboldt, 1966: 29). La descripción presenta más un paisaje yermo que la abundancia vista por Cortés tres siglos atrás. Sí, el paisaje ha cambiado, han cambiado las relaciones entre los elementos naturales (bióticos y abióticos), han cambiado también las relaciones de los habitantes del valle con el medio natural y han cambiado, finalmente, las relaciones de los hombres consigo mismos.

Sin embargo, lo importante está en Europa y sólo un contemporáneo puede explicarlo: "Lo interior de la Nueva España, y señaladamente una gran parte del alto llano de Anáhuac, está desnudo de vegetación, y su árido aspecto recuerda en muchos parajes las llanuras de las dos Castillas..." (Humboldt, 1966: 28). Y Musset apunta que "... Alejandro Humboldt no dudaba en escribir... que los conquistadores habían querido transformar los paisajes del Valle de México para hacerlos semejantes a los de su natal Castilla..." (Musset, 1996: 160). ¿Los conquistadores tenían la intención de transformar el paisaje americano en un paisaje español?, ¿era una intención plenamente declarada? Everett rescata la referencia de que "reunido el cabildo el 28 de febrero de 1527, acordó derrivar los árboles de la fuente de Chapultepec que tapaban el sol y dejaban caer sus hojas en el agua" (Everett, 1975: 19).

Si partimos de estas referencias y las enmarcamos en el contexto del modernismo, donde el hombre pretende manipular, transformar y usar a la naturaleza, el párrafo anterior adquiere otra dimensión. Pareciera que el evento de 1527 pretende, entre uno de varios objetivos, emular el paisaje español en suelo americano. Quizás esta intención de transformar el paisaje sea un elemento mostrativo de cómo el hombre europeo trasplantado a América se propone recrear su entorno en busca de algo que podría hoy llamarse, con un toque de atrevimiento, como "hogar". Resulta entonces que la pretensión de cosificar que se ha gestado entre los siglos XVI y XVII irrumpe con gran fuerza en el paisaje del valle de México.

Esto que se describe como la idea de reproducir lo que se extraña, lo que se ha perdido y se desea poseer de nuevo, es nostalgia en un primer momento. Pero enseguida esa nostalgia parece degradarse en melancolía, la enfermedad tan temida por los griegos; donde la melancolía implica el acto consciente -y devastador para el caso- por allegarse aquello que se ha perdido. Es importante, sin embargo, recalcar que la melancolía es una enfermedad.

Además del paisaje, los españoles introducen en la Nueva España alrededor de 1530 un sistema de gobierno modelado según el municipio español (Carrasco, 1991: 4). Estamos ante un aspecto que en principio no es físico, pero que tiene consecuencias extraordinarias en la organización de los hombres que habitan el suelo novohispano. Se trata, en síntesis, de la copia de las costumbres de la península ejercidas en América.

Existe otro elemento relevante de mencionar, y se refiere al nombre empleado por los españoles para designar la tierra recién descubierta: Nueva España. El término "Nueva" plantea una coherencia a partir de los argumentos apuntados en párrafos anteriores: se trata de construir otra España en suelo ajeno; puede percibirse también como la construcción de otra oportunidad, de enmendar; sin embargo, los hechos no parecen contribuir en este sentido, al menos hasta principios del siglo XIX.

Sentido de Sanidad

"En las obras hidráulicas del valle de México no se ha mirado al agua sino como a un enemigo..." (Humboldt, 1966: 152). Y como tal, es menester defenderse de él y procurar su extinción. La técnica empleada en esta guerra es europea; en cuanto a la técnica "india" se ha dejado de lado. Las aguas de los lagos, aguas estancadas, dentro de la concepción española, son consideradas como una fuente de infección (Musset, 1996), al grado de que los españoles desean eliminar estas aguas mediante el desagüe; no consumen el pescado que se extrae de estas aguas, prefieren el que proviene de la costa. También, retomando la referencia de Everett (1975: 19) respecto a derrivar los árboles de la fuente de Chapultepec, hay en ello un sentido de profilaxis puesto que las hojas "pudren el agua".

El mundo anhelado está libre de impurezas, y el agua estancada es impura. Fray Andrés de San Miguel participó en los trabajos de desagüe de 1607, en su faceta de arquitecto, "para él, drenar el Valle, era sanearlo" (Musset, 1996: 143). El sentido de la curación del valle de México, enfermo por el agua estancada de los lagos contenidos en su interior, implicaba, necesariamente, la destrucción del sistema hidrológico. Y no se olvide que los españoles no sólo eran extranjeros, sino que durante mucho tiempo se asumieron como tales; no había, entonces, ningún sentido de culpa en modificar o incluso destruir al medio natural, porque dentro de sus razones era lo prudente .

El ejemplo más interesante del sentido de sanidad lo constituye el padre Cobos, quien en 1633 (con la inundación ahí) defendía a Enrico Martínez con metáforas médicas: "El tumor maligno, decía se curaba «con dieta y con quitar aquello que causa el desequilibrio».. Como no era posible evacuar el lago [de Texcoco] inmediatamente, el mejor remedio era «quitar el flujo que sostiene la enfermedad».. ." (Everett, 1975: 121) Se refiere a eliminar los ríos que alimentan al sistema de lagos de la cuenca, y en particular al río de Cuautitlán, que indirectamente alimentaba al lago de Texcoco.

Las metáforas empleadas por el padre Cobos no son, de manera alguna, una mera ocurrencia; responden en todo sentido a la forma de pensar y actuar de la época. Se refleja, por una parte, el sentido de enfermedad en las aguas contenidas en los lagos; y por otra en la búsqueda de su erradicación mediante actos humanos y no a la espera de actos divinos.

Ya en la época independiente, la Secretaría de Fomento convocó al Segundo Congreso Mexicano con motivo de la fetidez que se padecía en la ciudad de México, donde se habla de los lagos como verdaderas ciénagas, cuyas aguas estancadas eran cada día más insalubres (Tortolero, 1996: 230). Y en un sentido similar, al realizar el Consejo Superior de Salubridad un estudio de los lagos de la cuenca en el año de 1895, se expone que los ubicados en la parte meridional del valle despiden miasmas de hidrógeno sulfurado que se percibe en las calles de la ciudad (Ibid: 230). La idea de enfermedad asociada al agua estancada, de procedencia española, para fines del siglo XIX es parte de las características de la nación mexicana; y esta forma de percepción se prolongará por muchas décadas más.

Enrico Martínez y sus Creencias

Este personaje posee características extraordinarias, y es punto de confluencia de intereses y encarnación de sueños.

Enrico Martínez era cristiano, hombre de ciencia y aceptaba la cosmología medieval geocéntrica -a pesar de que la obra de Copérnico, De revolutionis..., se publicó en 1543- (Everett, 1975: 144). Parece que en él se amalgaman características medievales y modernistas de una manera bastante peculiar.

Martínez fue el primer encargado del desagüe de la ciudad de México. Su hipótesis básica consistía en una especie de círculo vicioso: azolve - inundación - relleno - azolve... Decía que el fondo del lago se elevaba por materia arrastrada y depositada por el agua, lo que ocasionaba que una simple lluvia normal inundara las calles de la ciudad; entonces la única solución consistía en elevar el nivel del suelo de la ciudad, puesto que dragar el lago era imposible (Ibid: 20-21). Y es que el proceso de deforestación en el valle estaba muy acelerado debido, en gran medida, por el uso de la madera como leña y como pilotes para las construcciones; el agua entonces podía arrastrar con suma facilidad la capa de suelo y depositarla en el lago. Se estima que la ciudad española consumía hasta 25 mil árboles por año entre los siglos XVI y XVII sólo para elaboración de pilotes (Musset, 1996: 155) El otro factor asociado con la deforestación era el uso para la agricultura que se le daba al suelo desmontado. Martínez pronosticaba que la proliferación de ranchos y haciendas traería graves consecuencias para los alrededores de la ciudad; y no era para menos, pues se estimaba una población de mil cabezas de ganado mayor y seis millones de ganado menor hacia finales del siglo XVII (Everett, 1975:18).

Enrico Martínez veía campos agrícolas entre Chapultepec y Tlalnepantla, zonas donde no hacía mucho tiempo los indios iban a pescar (Musset, 1996:155). Pero él mismo estaba contribuyendo a este proceso de desagüe de los lagos. Su obra no estuvo exenta de dificultades: el canal iniciado en 1607 fue suspendido, aunque consiguió convencer a Felipe II de las bondades del proyecto, a pesar del juicio adverso de Adrián Boot (Everett, 1975: 120- 121). La diferencia con Boot es, posiblemente, de lo más interesante en términos de investigación histórica.

Adrián Boot, de origen flamenco, fue contratado por Felipe II en junio de 1613. Cuando conoció las obras dirigidas por Enrico Martínez "declaró que todo lo que se había hecho no servía para nada. Según él, el desagüe general, era un error. Era mejor conservar los lagos..." (Musset, 1996: 170). El proyecto de Boot consistía en construir un sistema de diques al estilo de los ya existentes en Holanda. Idea contraria a la de los españoles, por lo que, finalmente, hacia 1616 se decidió en favor del proyecto de Martínez; quien con 110 mil pesos adicionales aseguraba la terminación del canal de Huehuetoca (Everett, 1975: 22-23).

Parece que la idea de Boot de "restaurar" la técnica "india" para evitar inundaciones en la ciudad de México no fue bien recibida por los españoles; quizás hirió su sensibilidad, como sugiere Musset (1996). Pero no deja de ser muy interesante la confrontación de dos proyectos con premisas diferentes: el de Martínez que implica un cambio radical de la cuenca y el de Boot que se enfoca a la conservación de las condiciones hidrológicas. Quizás en el fondo la disputa era intrascendente, puesto que la decisión ya había sido tomada por Cortés un siglo antes al decidir la localización de la nueva ciudad española. El evento es interesante en la medida que confronta dos ideas de cómo manejar un recurso natural; y es quizás también el último estertor de una llamada de auxilio en pos de una convivencia, pero que el oído español ha dejado de escuchar desde mucho tiempo atrás.

En 1629, Enrico Martínez temió que las aguas enfurecidas del río Cuautitlán destruyeran el canal de desagüe, por lo que decidió cegar la entrada; entonces las aguas siguieron el curso del sistema lacustre e inundaron a la ciudad por cinco años. El virrey de Cerralvo lo envió a prisión, acusado de negligencia; sin embargo salió libre y es que Martínez era el que más sabía de las cuestiones hidráulicas (Everett, 1975). Estos eventos muestran la ascendencia que guardaba Enrico Martínez entre sus contemporáneos, y que su "ciencia" era respetada, aun sobre la autoridad del virrey. Otra característica es humana, quizás demasiado humana: ante el diluvio, Enrico Martínez decidió cegar la entrada al canal de Huehuetoca, el que había estado construyendo, ante la sola posibilidad de que la obra sufriese un deterioro importante por virtud de la crecida de las aguas. Si bien puede argumentarse que se trató de una maniobra de preservación del túnel, lo cual podría ser medianamente defendible al considerar la posibilidad de que Martínez previó que de cualquier manera la ciudad se inundaría, y bajo esta circunstancia era preferible conservar el canal que perderlo. Sin embargo, también existe otra posible versión de los hechos: que Enrico Martínez quisiera conservar la obra porque él era precisamente el constructor y el túnel representaba el esfuerzo español de dominio sobre la naturaleza. Había que preservar el símbolo del canal.

Existía otro elemento importante. Desde la inundación de 1555, la Corona intentó cambiar la capital de lugar, ubicarla hacia Tacuba; sin embargo el intento no prosperó. Algo similar ocurrió en 1629 cuando los regidores y religiosos se rehusaron a abandonar sus casas e iglesias; adujeron que era más barato invertir cuatro millones de pesos en terminar el drenaje de la ciudad que perder las propiedades valuadas en 50 millones (Musset, 1996). Adrián Boot, que seguía en la Nueva España, prefirió no emitir juicio alguno en torno a la cuestión (Everett, 1975).

Pero también en la inundación de 1629 apareció una característica hasta entonces nueva. Circularon rumores de que existía un desagüe natural de la cuenca y que los indios sabían de ella; el rumor también refería que la entrada se ubicaba en los rumbos de Pantitlán. En este ambiente de optimismo y pesimismo simultáneos, el capitular Méndez declaraba su confianza en que las aguas del río Cuautitlán podrían desviarse. "Los cobardes y los pesimistas debían aprender de los holandeses o, mejor aún, de los ejemplos de «nuestra historia», cuando Moctezuma I y su pueblo padecieron inundaciones. «Amaban su patria», jamás la habrían abandonado y procedieron con energía a construir diques nuevos. Los españoles, que tenían muchos más conocimientos, podían hacerlo mejor..." (Everett, 1975: 127). Y bajo este contexto, la presencia y actuación de Enrico Martínez adquieren una mejor definición. De una manera peculiar, Martínez era símbolo de la terquedad española por dominar la furia del agua. Se entraba en la lógica del desagüe, de un modelo importado por los españoles e implementado en el valle de México (Musset, 1996: 159). En cuanto al sentido de "patria" ya aparecen los primeros atisbos de lo que tendrá su clímax a principios del siglo XIX con la guerra de independencia.

Torquemada y Dios

Fray Juan de Torquemada, franciscano, comparaba la inundación de 1629 "con el diluvio universal; era un castigo de Dios y en manos de Dios estaba el remedio..." (Everett, 1975: 135). Esta es una visión teológica típica del siglo XVI, que en muchos sentidos aún convive con otras posiciones en el siglo XVII. Posiblemente la postura de Juan de Torquemada no le era privada, pero tampoco unánime. Muestra, en todo caso, la convivencia de ideas diferentes, de cambios que dejaban el medioevo y accedían a la modernidad.

Torquemada y Enrico Martínez fueron contemporáneos; pero Martínez se acercaba más a la modernidad. También Martínez percibía que los españoles estaban destruyendo a los indígenas, pero pensaba, como buen cristiano, que el bien era mayor que el mal, y que entonces valía la pena; sin embargo, aun con sus ideas de cambio, con su quehacer de agente de cambio, con sus obras de cambio, coincidía con Torquemada en que "las penalidades de la ciudad de México estaban en manos de Dios" (Everett, 1975: 145). Al final, como al principio, Enrico Martínez era un cristiano. Quizás, mientras cegaba el canal en 1629, rezaba y pedía a Dios la iluminación necesaria para no construir un infierno en la tierra.

En Redondo

[ O con el interés de resaltar algunas cuestiones del capítulo]

En este primer capítulo se examina la cuenca de México en cuanto a las acciones para desagüarla. Quedan algunas sugerencias de cómo la idea de "eliminar" el agua de un lugar toman materialidad y se ejecutan en aras de conservar la integridad física y racional de una sociedad como la novohispana. El agua de la cuenca del valle de México se percibió como a un enemigo, y como tal fue tratada: la aniquilación fue sólo cuestión de tiempo. La idea de desecar cuerpos de agua era nueva en el valle de México, traída e implementada por españoles; al curso de los siglos se hará parte de las ideas aceptadas ampliamente en el México Independiente.

El cambio fue radical, el nuevo paisaje se tornó casi irreconocible, como refiere Humboldt a mediados del siglo XIX; los cambios se acentúan en el siguiente siglo. Pero aquí, si bien interesan los cambios ocurridos en el valle de México, no son el eje principal de este discurso. Lo expuesto nos va a permitir comprender mejor lo ocurrido en una cuenca vecina: la cuenca alta del río Lerma. Las razones, las ideas y las acciones ejecutadas en el valle de México para transformar el paisaje, serán transportadas a la cuenca vecina bajo una premisa fundamental: la semejanza. Aquéllo que se hace en una cuenca, puede hacerse en la otra; el parecido de los paisajes, aunque en tiempos diferentes, permiten suponer un funcionamiento similar en ambas cuencas; si las cuencas son semejantes, entonces pueden ser tratadas de manera similar.

Bibliografía

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2. De Vigneaux, Ernest (1982). Viaje a México. SEP / 80 - FCE. México.131 pp.

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