Christian Hernández

 

El viaje del eros al logos

 

Eros

Yo no creo que el amor exista en la forma que dice Valeria: como un destello de imágenes vigentes, fotogramas de ternura maternal y pasión adolescente, cuentas de vidrio que se esparcen por los parques donde las parejas se toman la mano… Yo corro desde el logos hacia el eros y descubro tardíamente el color de las luces en mi pelo, los listones de neón que cabalgan en mi pecho, los hilos azucarados que me nacen en las piernas y la espalda. Yo nunca creí enamorarme y hoy parece que estoy ciego. Soy como Vicente Huidobro en el parasubidas, colgando los tirantes de mi cuello: las imágenes que transmiten las palabras se aglomeran en mi mente, sobre el escritorio intelectual que bautizó Julio Cortázar. Las palabras se me atoran en la estrechez del agujero y digo sin tener qué decir hasta que la mano de Valeria me despierta, a veces con un plato de sopa, o también con el brassiere de nuestras indiscreciones. A veces, repito las palabras que he escuchado, trabajo la manera de mezclarlas y cuando he juntado las llaves del nivel, suelto al pájaro tra-la-lí, le dejo libre, y si el viento, el sol y el agua se ponen de acuerdo y no trabajan, el pájaro tra-la-lí canta siguiendo la palidez de la luna. Yo soy un loco y he visto más vaginas que planetas, más mujeres que vaginas, y dos lunas con su escolta de cometas. Cuando fumo me duele el estómago, y si no ingiero alcohol, me duele el alma. Prefiero a las niñas con senos, y platicar a los amigos del amor que me inspira mi novia. En casa, le pido a mi mamá que me sirva un plato de caldo con pollo, pero en la calle, no me importa merendar las hamburguesas de McDonald's. ¿Quieren que les hable de algo en especial? Propongo temas: puedo hablarles de filosofía o el arte o la literatura, y si pagan bien, puedo quedarme tiempo extra a meditar mi propio canon, incluyendo algunas muestras de animación japonesa (Tonari no Totoro, Grave of fireflies, La princesa Mononoke).

Mucho tiempo de mi vida he sido un niño, en el tiempo restante, he jugado a imitar el mundo adulto. No me arrepiento de haber salvaguardado mi alma. Después de eyacular en el vientre de una chica que contaba trece años, me di cuenta cómo era ser un niño chiquito de verdad. Hasta ahora, el FBI no ha encontrado evidencia suficiente para levantarme cargos: abuso sexual infantil, violación por equiparación, estupro… Cada vez que miro las imágenes prohibidas que los japoneses suben al ciberespacio, no disfruto, no me excito, no me espanto, no anido en mi interior ningún sentimiento de culpa, sólo añoro aquella noche en que nuestros cuerpos pubescentes se encontraron. Viene el choque: en la intersección de la vida se topan una niña queriendo ser mujer más un hombre queriendo ser niño. Querida amante: no acabes de prostituta. (Esta es la función que Roman Jakobson olvidó incorporar en su esquema de la comunicación humana.)

Amor: estoy muriendo por ti, de sed por ti, de amor por ti, de hambre y de calor, por la falta del frío circular de tus caderas por mis huesos. Necesito tus manos y un pie para ponerte a salvo las espaldas. Necesito de tu cuerpo pubescente para quemar tus quince años. Atrás, la culpa encerrada en la habitación del inconsciente: tocarnos la cara como agua, acariciar la superficie plateada de la muerte, y lamernos la piel como si fuera relleno de una tarta de cerezas. Cúbreme los ojos con las manos, lléname las manos con tus pechos, descúbreme la piel, limpia mi lodo, ayúdame a secar mis alas rotas para volver a volar mientras te beso.

El poema anterior está basado en una cumbia de Arturo Jaime ("y aquí estamos tú y yo/ amando como nadie más/ la cobija se nos cayó/ qué importan las sábanas/ se acabaron los temores/ me encanta verte así/ es diciembre y sus olores/ se confunden con los que hay aquí"), y una paráfrasis del poema "Muerte sin fin", de José Gorostiza, realizada por los compañeros del octavo semestre de la Licenciatura en Letras Latinoamericanas de la UAEM.

Mediocre. El mundo en que vivo es de apariencias: la señora que no sale a trabajar por recoger a sus hijos de la escuela, las adolescentes preocupadas por el desenlace de la telenovela, muchachas morenas con el pelo pintado de rubio, abogados amantes del futbol que parlotean y echan apuestas, mujeres maduras uniformadas con mandiles o cestas, y el joven escritor que anota algunas palabras en su libreta. Vivo en un mundo de sombras, donde los sentidos se anestesian con imágenes prefabricadas, caricias falsas y drogas: luces estroboscópicas, chillidos eléctricos, las manos del fantasma del amor que me toma del prepucio cuando aún no estoy excitado… Viene entonces la locura: las ganas de escaparme hacia Japón, hundirme en una alberca de historietas, desfallecer sobre la plataforma de la máquina de baile, sentir la suave piel de una aprendiz de geisha… Japón se me abre como un melocotón al gusto: Momoiro Bookmark, ADULAS Tgp, Rorita-picts: se entrometen en mi amor social, intervienen en mi vida de pareja… Quedan atrás la educación, la religión, la ciencia: un grupo de adolescentes da muerte a un niño de siete años en la ciudad de Tokyo.

Valeshira, mi amor: el mundo es de los locos. La demencia es la condición que identifica a las masas, que las agrupa y reúne bajo un mismo techo, realizando una actividad específica: liberar los demonios interiores que envilecen el corazón. Ahora escucho "Óleo de una mujer con sombrero", de Silvio Rodríguez, y me asomo al barranco de la desesperación. Son las cinco de la tarde con quince minutos, negocié el préstamo del auto con mi madre y necesito de ti y tu saliva sobre mí. Llegarás tarde, mi amor; tan sólo llega. No sé si para cuando vengas, aún estaré mentalmente contigo, espiritualmente esperando por ti. Ayer tuvimos sexo oral y no puedo sacar de mi cabeza la imagen de tu cabello castaño en mi regazo, provocando la salida de mi líquido, la miel turbia, la dulce miel. Sobre las escaleras que llevan a tu casa, doce peldaños que llevan a tu habitación, nos besamos, magreamos, chupeteamos, como sólo los hijos de Caín pueden hacerlo. Ahora, las canciones de los Ángeles azules: las letras de los sonideros, declaraciones de amor de los obreros, piezas musicales que los chicos de secundaria se complacen en pedir por la radio, en bailar en las fiestas, en gritar desde las cantinas, el día de su graduación.

Me gusta la máquina de baile. Me gusta tanto que podría escribir una novela sobre ella, si no hubiera ya otro escritor que desvela sus noches pensando en el ir y venir de aquellas flechas. Miro a Valeria jugando Dance Dance Revolution en mi computadora. No existe acto más erótico que el de la contemplación (Narciso lo recomienda). Sus ojos mirando la pantalla como mirándome a mí, como mirándose a sí misma desde lejos. Sus dedos pasando con un leve brinco de una tecla a otra. Sus labios –su voz– su cintura coordinándose al cantar y bailar sobre la silla giratoria. Sus senos magníficos como un par de campanas que repican buenas nuevas sobre mí. Benditos.

En junio, vienen las lluvias como partidos de fútbol, se unen mis pasiones con el soccer, y desde oriente, miro la televisión como un desamparado, me olvido de Valeria -Valeshira, y me dedico a llenar tinas de baño con cervezas para la fiesta después del partido. (Respecto a la intensidad, prefiero los comerciales de Nike.)

Para estar en la tormenta hay que entender que la lluvia que cae es un poema. Gozar las líneas de humedad sobre los techos, dibujando sombras chinas en las paredes de barro, a contra luz, como lenguas marinas salpicando las casas del campo.

Bajo las gotas livianas del monzón de julio, una figura adolescente se estremece, close up a los ojos cubiertos de amor: looking for the light, making the rainbow.

–Sólo a través de ti, puedo decidir mi vida –dijo el muchacho enamorado, y tras desenvainar la espada corta, abrió de un tajo su vientre, imitando a Yukio Mishima.

Después de aquella tarde frente al televisor, me abracé a la cintura de Valeria y le dije:

–Alguna vez me dieron ganas de hacer lo mismo. LC

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