Raúl Cáceres Carenzo

 

Laura Méndez:
la pasión y la voz

 

A toda voz poética que preserva la gracia de su verdad lírica, la luz del destino de su canto, le llega el día del Juicio, que en el caso de Laura Méndez es también el día de la (re) Creación. El sesquicentenario del nacimiento de Laura Méndez que celebramos este 2003, da ocasión de reunir algunas notas para iniciar una biografía de su voz: la laboriosa "pasión a solas" con que la llama de sus días terrenales encendió y levantó, hacia el último tercio del siglo XIX, una escritura que otorga significados plenos, continuidad y registro literario al desarrollo de la voz de la mujer en la poesía mexicana e hispanoamericana que hoy vivimos.

La voz lírica de Laura Méndez de Cuenca aportó imágenes y palabras verdaderas en su momento: en esa fuente de nuestras ideas estéticas: el segundo romanticismo mexicano. En la obra poética de Méndez de Cuenca encontramos, no siempre acallados por el ritmo verbal o las diversas imágenes, las quejas, la desolación, el grito, la angustia y el deseo de su vida. La poesía de esta escritora mexiquense se ha venido valorando en años recientes como experiencia necesaria para el destino de la voz femenina en el panorama literario nacional. José Emilio Pacheco afirma: "fue persona de insaciable curiosidad intelectual" y también "una de las primeras y más activas feministas mexicanas".

En la hacienda de Tamariz, de la jurisdicción de Amecameca, Estado de México, nació Laura Méndez el l8 de agosto de l853. Un reciente biógrafo suyo, el historiador Roberto Sánchez Sánchez, también mexiquense, en un ensayo aún inédito dice: "fue bautizada en la parroquia de Santiago Ayapango, con el nombre de Laura María Luisa Elena". Añade que sus padres fueron don Ramón Méndez y doña Clara Lefort y nos da valiosa información: "Transcurrió su infancia en el pueblo de Tlalmanalco, en una casa a orillas del río por donde descendían las aguas de los deshielos del Iztacíhuatl […] En la ciudad de México realizó sus estudios como profesora".

La inclinación de Laura Méndez por las letras la llevó, antes de los veinte años, a frecuentar los círculos literarios e intelectuales capitalinos donde brillaba, arrasadora, la figura de Manuel Acuña. Afrontando las adversidades de su tiempo y su destino, estas dos almas románticas se enamoraron y procrearon un hijo, Manuel Acuña Méndez, que moriría a los tres meses de nacer, un mes y días después del suicidio de Acuña. Laura se casó más tarde con el también poeta Agustín F. Cuenca ("el último romántico y el primer modernista") del que enviudó luego de diez años de tibia paz conyugal. Con su marido, Laura Méndez de Cuenca tuvo varios hijos. Al cabo de una vida intensa (primero la pasión amorosa y literaria, luego la pasión pedagógica), ameritada por una vasta labor en obras sociales y progresistas, muere a los 75 años en la ciudad de México, el 1° de noviembre de l928. Sus restos descansan, desde diciembre de l974, en la ciudad de Toluca, en la Rotonda de los Hombres Ilustres del Estado de México.

Al casarse con Laura y darle su apellido, Agustín F. Cuenca, íntimo amigo de Acuña, logra que a ella se le recuerde siempre como "Laura Méndez de Cuenca" "… y no como "Laura la de Acuña"; como se recuerda a la otra, a Rosario. Esa es otra historia que aún no está muy clara. Bien sabemos que los críticos suelen pasarse de listos o de oscuros.

A la muerte de su esposo, en l884, con una leyenda a cuestas, la escritora Laura Méndez se entrega al estudio, a la literatura y consagra su vida al magisterio y al periodismo. Pero esa época de juventud apasionada, en la que sufrió –y alentó– los asedios galantes de dos patriarcas liberales: El Nigromante: Ignacio Ramírez y Fidel: Guillermo Prieto, es la que dicta sus mejores páginas románticas, entre las que destacamos, como documento literario y humano de extraordinario valor, el poema "Adiós", que asume la respuesta femenina (y premonitoria) al desolado "Nocturno" de aquel "niño sentimental". Texto que propone nuevos misterios a nuestra historia literaria, pertenece, como la despedida de Acuña, a aquellas transfiguraciones líricas que incendian sus palabras para iluminar una experiencia radical; experiencia que reune la profecía y el desgarramiento y nos acerca a esa dimensión existencial en la cual la materia amorosa –inaccesible a la inteligencia y penetrada oscuramente por la pasión– se manifiesta como "una especie de catástrofe; la ruptura de todos nuestros límites y la caída de nuestras defensas", en el sabio decir de Rosario Castellanos.

Voz de la pasión

Al poema "Adiós" de Laura Méndez, y a los poemas "Resignación" y "Adiós" de Acuña, escritos por ambos a modo de elegía por "un gran amor ya terminado", deberían los estudiosos de nuestras letras prestarles atención y los biógrafos y críticos, renovados análisis (sociológicos y hasta sicológicos pero no semiótico-estructuralistas; esos quebrantos semánticos oscurecen el camino hacia los valles líricos de la poeta).

Asevera José Rojas Garcidueñas, en su emotiva biografía de Manuel Acuña, que las relaciones amorosas de estos dos poetas de nuestro romanticismo "parecen haber durado menos de dos años (l872 y parte de l873)". En los inicios de la pasión romántica que floreció entre ellos, Manuel tendría veintidós años y Laura diecinueve.

"Resignación", el poema de Acuña que expresa su primer rompimiento con Laura Méndez, a más de una clara insinuación al suicidio de ambos, es de los más logrados del trágico poeta, uno de los de mejor tono y acentos más justos, con límpida dicción poética y gobernado vuelo lírico. Copiamos un fragmento:

Le dimos a la tierra
Los tintes del amor y de la rosa;
a nuestro huerto nidos y cantares,
a nuestro cielo pájaros y estrellas;
agotamos las flores del camino
para formar con ellas
una corona al árbol del destino…
y hoy en medio del triste desacuerdo
de tanta flor agonizante o muerta,
ya sólo se alza pálida y desierta
la flor envenenada del recuerdo.

"Resignación" lleva la fecha de junio de l872, en la acuciosa edición elaborada por José Luis Martínez: Manuel Acuña Obras (Editorial Porrúa, 2ª ed., l965). "Adiós", fechado ya en marzo de l873, marca una segunda y definitiva ruptura. Aunque con menos logros de estructura y de lenguaje, podemos entrever una dolorosa despedida no únicamente de la relación amorosa sino de la existencia misma del poeta:

Adiós, paloma blanca, que huyendo de la nieve
te vas a otras regiones y dejas tu árbol fiel;
mañana que termine mi vida oscura y breve
ya sólo tus recuerdos palpitarán sobre él.
Es fuerza que te alejes… del cántico y del nido
tú sabes bien la historia, paloma que te vas…
el nido es el recuerdo y el cántico el olvido
¡el árbol es el "siempre" y el ave es el "jamás".
Y ¡adiós! mientras que puedes oír bajo este cielo
el último ¡ay! del himno cantado por los dos…
te vas y ya levantas el ímpetu y el vuelo,
te vas y ya me dejas, paloma, ¡adiós, adiós!

Es a este "Adiós" del poeta saltillense al que da respuesta el desolado e intenso poema de Laura Méndez, del mismo título, que parece ser el modelo imitado en el famoso "Nocturno" (A Rosario). La plenitud expresiva del "Adiós" de Laura Méndez no la logra alcanzar Acuña en su "Nocturno". En estos textos observamos el mismo metro, parecida lamentación por el infortunio amoroso, pero la riqueza idiomática del testimonio de ella hace que, al ser confrontados, la última despedida de Acuña se muestre plagada de excesos retóricos, ripios, carencia de ideas, dispendios verbales y desorden formal. Veamos algunas estrofas del "Nocturno".

En la más desdichada –hasta incómoda– de las analogías o metáforas que el más rústico de los poetas pudiera pergeñar, Acuña proclama:

¡Qué hermoso hubiera sido vivir bajo aquel techo,
los dos unidos siempre y amándonos los dos;
tú siempre enamorada, yo siempre satisfecho,
los dos una sola alma, los dos un solo pecho,
y en medio de nosotros, mi madre como un dios!

Y a pesar de que "el desdeñado pretendiente de Rosario no era del todo libre para aspirar a tan apetecible mano", como escribe Alfonso Sánchez Arteche en un artículo, el poeta hace gallardas declaraciones y promesas fingidas que le restan sinceridad y verdadero lirismo al poema:

¡Figúrate qué hermosas las horas de esa vida!
¡Qué dulce y bello el viaje por una tierra así!
Y yo soñaba en eso, mi santa prometida,
y al delirar en eso con la alma estremecida,
pensaba yo en ser bueno, por ti, no más por ti.

Seguramente un malicioso lector encontrará otras "perlas". Se dice que de lo sublime a lo ridículo sólo hay un frágil (mal) paso. Y obras son amores, y por ellas nos conocerán. También nos dicen que en gustos se rompen géneros… literarios. El caso es que Manuel Acuña, con un gran talento, dotado por la llama de la poesía, interrumpida su vehemente obra lírica por una muerte temprana, nos deja algunos de los mejores poemas románticos escritos en México.

Pasión por la voz

Leamos con atención e intención, con los sentidos del ser, unos fragmentos del apasionado, incisivo, penetrante y lúcido "Adiós" de Laura Méndez. Las ideas, las vivencias y las palabras justas se incorporan o integran en los ritmos de una música verbal que por instantes imita el sollozo y para todos emite presagios, anhelos, vaticinios e imágenes radiantes:

Adiós: es necesario que deje yo tu nido;
las aves de tu huerto, tus rosas en botón.
Adiós: es necesario que el viento del olvido
arrastre entre sus alas el lúgubre gemido
que lanza, al separarse, mi pobre corazón.

De la confesión íntima, doliente, contenida, sofocada o atenuada por el impulso de equilibrio y armonía del verso:

Después de tantas dichas y plácido embeleso
es fuerza que me aleje de tu bendito hogar.
Tú sabes cuánto sufro y que al pensar en eso
mi corazón se rompe de amor en el exceso
y en mi dolor supremo no puedo ni llorar…

pasa a una evocación tierna y nostálgica del paraíso terrenal que alguna vez conociera en la sagrada unidad de los amantes:

¡Qué hermoso era el delirio de mi alma soñadora!
¡Qué bello el panorama alzado en mi ilusión!
Un mundo de delicias gozar hora tras hora
y entre crespones blancos y ráfagas de aurora
la cuna de nuestro hijo como una bendición.

Luego de una honda pausa, esta voz poética recobra el aliento, los hilos acerados de la intención y la expresión de la pasión contrariada; Laura Méndez contempla entonces alzarse ante sus ojos "la sombra del ayer" y le anuncia al amado con serena firmeza la sentencia de su voluntad que es también la del destino:

La noche de la duda se extiende en lontananza;
la losa de un sepulcro se ha abierto entre los dos.
Ya es hora de que entierres bajo ella tu esperanza;
que adores en la muerte la dicha que se alcanza,
en nombre de este poema de la desgracia. Adiós.

Y lo dicho queda como un símbolo ardiendo, como la Señal de Caín, como "fogata de zarzas en la aurora". La voz del poeta nos advierte: Nadie nos quitará lo que hemos hablado. Y somos lo que hablamos.

Manuel Acuña es una de las primeras conciencias mexicanas en advertir (y anunciar) la naturaleza y destino literarios de su amada Laura Méndez. En abril de l872, lee en el Liceo Hidalgo el poema en tercetos "A Laura", donde expresa su admiración y su amor por ella. Es reconocimiento especialmente valioso ya que lo firma un poeta esencial para la historia, la leyenda y el arraigo popular de nuestra poesía. Dos de estos tercetos lucen como una profecía o buen augurio:

"Que tu nombre doquiera repetido,/resplandeciente en sus laureles, sea/ quien salve tu memoria del olvido,/y que la tierra en tus pupilas lea/la leyenda de un alma consagrada/al sacerdocio augusto de la idea".

La inteligencia como uno de los elementos integradores del arte literario, del acto poético, nos hace recordar las enseñanzas de Salvador Díaz Mirón en su declaración de fe poética "Qué es poesía". Esta composición de aliento romántico por el molde, la ideología y el vocabulario, aclara o deslinda: "Tres heroísmos en conjunción:/el heroísmo del pensamiento,/el heroísmo del sentimiento/y el heroísmo de la expresión". Las ideas y las emociones cristalizadas en un lenguaje depurado por el artificio y el arte de la poesía, o bien, como lo pide la preceptiva literaria clásica: pensar alto, sentir hondo y hablar claro.

Las citadas son algunas de las exigencias estéticas de Laura Méndez en sus más altos momentos de creación lírica: el poema "Adiós", el testimonio de su madurez literaria Nieblas, algunas estampas clasicistas del paisaje (exterior e interior) como son Invierno, Sequía, Salve y Tempestad. También la elegía Siemprevivas, dedicada a la memoria de Josefa Murillo. El último texto conocido de Laura Méndez de Cuenca, fechado el mismo año de su muerte (l928), Pasa un poeta, describe los funerales de su venerado maestro Díaz Mirón.

La rebeldía y la ironía de la escritura poética de la escritora bien pueden ser enmarcadas con estas dos señales (o noticias) del destino: en l853 nacen a la existencia ella y el enérgico bardo veracruzano, y en l928 ambos, sus nombres aparecen al morir "en libros pulidos/con notas, postillas y elogios nutridos". Una bella versión rítmica libre de un poema de Edgar Allan Poe y su limpia traducción de un soneto de Carducci, muestran el amor y la correspondencia del espíritu de Laura Méndez con la tradición universal de la poesía, que es voz del hombre en el tiempo.1

Durante largas décadas, la de Laura Méndez de Cuenca ha sido una voz injustamente olvida por las memorias, diccionarios y recuentos poéticos nacionales. Esa voz pudo expresar poemas que, entre otros méritos de forma e intención, inauguraban un matiz fuerte y cierto tono directo que no era común encontrar en la poesía de aquellos años escrita por mujeres.

Como la ya consagrada de María Enriqueta Camarillo de Pereyra (l872-l968), las voces de Laura Méndez de Cuenca (l853-l928) y de Josefa Murillo (l860-l898) comienzan a ser apreciadas por la nueva crítica que las ubica en un sitial importante para la verdadera historia de la poesía mexicana. La vida y la obra de Laura Méndez prefiguran, como arquetipo y ejemplo intelectuales, la obra y la acción de Antonieta Rivas Mercado, Concha Urquiza, Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Guadalupe Amor, Rosario Castellanos, Enriqueta Ochoa, Dolores Castro, entre otras voces intrépidas.

Complementan estas simples "notas de lectura" el espléndido poema "Adiós", y "Siemprevivas", que transcribimos íntegros. Hoy podemos leerlos como un homenaje a la nostalgia, como un saludo a ese ideal romántico de siempre: Morir por amor… para renacer en la poesía.

El alma romántica –que encendió la escritura de Heine, Novalis, Byron, Víctor Hugo, Bécquer, José María Heredia, Asunción Silva, Díaz Mirón– aún nos orienta, nos nombra y le da sentido: voz y destino a la poesía de nuestros días: a la propia existencia. LC

Nota

1 Los materiales poéticos citados, y otros textos en verso y prosa, forman parte de la antología conmemorativa La pasión a solas/Laura Méndez de Cuenca, Selección, prólogo y notas: Raúl Cáceres Carenzo, Instituto Mexiquense de Cultura, 3ª ed., revisada y ampliada, 2003.

 

Poemas de Laura Méndez

Siemprevivas

A la memoria de la malograda poetisa
Josefa Murillo.

Ya no más en los bosques de palmeras

de tu tierra natal,

las notas de tu canto peregrino

los pájaros oirán.

Cuando la luna misteriosa y triste

hasta el fondo del mar,

a bañarse descienda entre delfines

y bancos de coral,

cual otras veces sus glaciales rayos

a tu alcoba entrarán

a acariciar tu frente pensadora

y allí no te hallarás:

muda la alcoba, abandonado y solo

el lecho virginal;

los seres que te amaron, sollozando

en duelo y orfandad;

todo callado, fúnebre y sombrío

para nunca tornar,

que alzaste el vuelo de la tierra impura

diciéndonos está.

Las flores que tus manos cariñosas

en la tierra feraz

cultivaron, son gala todavía

del huerto tropical,

pero ya ni perfuman tus cabellos

ni engalanan tu hogar:

Otras manos piadosas las recogen,

las atan con afán,

y a tu sepulcro, en lágrimas bañadas

las van a colocar.

¡Oh, musa del amor y la poesía,

¿en dónde, en dónde estás?!

¿Llegan a ti las quejas que prorrumpe

la pobre humanidad?

¿Por un afecto inalcanzable y puro

tu espíritu quizá

ligado se halla a la terrena vida

para siempre jamás?

Laureles de la fama y de la gloria,

si no valeís, pasad:

La amada ausente que en nosotros vive,

¡no os necesita ya!

 

Adiós

Adiós: es necesario que deje yo tu nido;
las aves de tu huerto, tus rosas en botón.
Adiós: es necesario que el viento del olvido
arrastre entre sus alas el lúgubre gemido
que lanza, al separarse mi pobre corazón.

Ya ves tú que es preciso; ya ves tú que la suerte
separa nuestras almas con fúnebre capuz;
ya ves que es infinita la pena de no verte;
vivir siempre llorando la angustia de perderte,
con la alma enamorada delante de una cruz.

Después de tantas dichas y plácido embeleso,
es fuerza que me aleje de tu bendito hogar.
Tú sabes cuánto sufro y que al pensar en eso
mi corazón se rompe de amor en el exceso,
y en mi dolor supremo no puedo ni llorar.

Y yo que vi en mis sueños el ángel del destino
mostrándome una estrella de amor en el zafir;
volviendo todas blancas las sombras de mi sino;
de nardos y violetas regando mi camino,
y abriendo a mi existencia la luz del porvenir.

Soñaba que en tus brazos de dicha estremecida,
mis labios recogían tus lágrimas de amor;
de nardos y violetas regando mi camino
y abriendo a mi existencia la luz del porvenir.

Soñaba que en tus brazos, de dicha estremecida,
mis labios recogían tus lágrimas de amor;
que tuya era mi alma, que tuya era mi vida,
dulcísimo imposible tu eterna despedida,
quimérico fantasma la sombra del dolor.

Soñé que en el santuario donde te adora el alma,
era tu boca un nido de amores para mí,
y en el altar augusto de nuestra santa calma
cambiaba sonriendo mi ensangrentada palma
por pájaros y flores y besos para ti.

¡Qué hermoso era el delirio de mi alma soñadora!
¡Qué bello el panorama alzado en mi ilusión!
Un mundo de delicias gozar hora tras hora
y entre crespones blancos y ráfagas de aurora
la cuna de nuestro hijo como una bendición.

Las flores de la dicha ya ruedan deshojadas.
Está ya hecha pedazos la copa del placer.
En pos de la ventura buscaron tus miradas
del libro de mi vida las hojas ignoradas
y alzóse ante tus ojos la sombra del ayer.

La noche de la duda se extiende en lontananza;
La losa de un sepulcro se ha abierto entre los dos.
Ya es hora de que entierres bajo ella tu esperanza;
que adores en la muerte la dicha que se alcanza,
en nombre de este poema de la desgracia. Adiós.


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