Lorena Paz Valderrábano Bernal

 

Río de ausencia, trampas de
la muerte, juegos de
arquetipos

 

Alguien que clama en vano contra el cielo:
La sorda inmensidad, la azul indiferencia,
El vacío imposible para el eco. […]
Yo dormiré en la Mano que quiebra los relojes.
ROSARIO CASTELLANOS

La poesía es punto convergente de emociones, sentimientos, pensamientos y sinrazones; plataforma de espacios múltiples, zona de anhelos y fantasmas, fluir de voces y demonios, es descrita, por Octavio Paz, como conocimiento, salvación, poder, y abandono (Cfr. Paz, 1972: 13), pan de los elegidos y alimento maldito, se trastoca en “careta que oculta el vacío, ¡prueba hermosa de la superflua grandeza de toda obra humana!” (Ídem), careta que enmascara lo más recóndito del ser humano pero, paradójicamente, lo despoja de sus vestiduras y de falsos pudores y, al cubrir, disimula, a la par que, inevitablemente, se funde con el rostro interno.

Si el texto poético es alimento, invocación y conjuro, si contiene la dimensión de todos los tiempos, en Río de ausencia (Juan Hinojosa Sánchez, 2001) el lector encuentra cita puntual con tópicos primordiales de un trayecto tortuoso, el de las certezas que pueblan el imaginario de la cultura occidental contemporánea, particularmente la signada por la tradición cristiana; son las certezas de la vida, del amor, de la pérdida, del irremediable dolor y de la muerte, esta última como la más inherente al ser humano.

Cada una es invocada desde el tiempo inmemorial de la inconsciencia; desde ese espacio etéreo que compartimos sin compartir y que nos marca indefectiblemente; donde radican, a una vez, la esperanza y la angustia, desde el sitio donde habitan los arquetipos:

Entre la psique y el cuerpo biológico del ser humano hay un lugar, un espacio denominado por Jung como “inconsciente colectivo”, psique colectiva y el inconsciente psicoide, refiriéndose a un estrato más inefable del primero. […] Allí habita un arquetipo irresoluble para la humanidad: el de la muerte. (Pinkola, 2001: 52)

En una colección de 40 poemas, el sujeto lírico de Río de ausencia, construido en la más honda tradición judeocristiana, ofrece ecos, por una parte, tanto de la vida y la experiencia del amor como de la angustia y el dolor universales y, por otra, de la marcada y peculiar forma en la que el mexicano enfrenta a la dualidad primigenia: la vida y la muerte.

En principio, el sujeto lírico, asienta la certeza de la vida:

Saeta que cruza el viento
de ser tan fuerte
ya tiene voz
Mi pensamiento

y “corre el Nilo en mis ríos de sangre” implica estar en el mundo, tener voz, hacerla oír y expresar lo que esa vida significa en tanto vivencia, recuerdo y memoria, en tanto transcurso, todo fundido en un tiempo, espectador y verdugo, que corre sin parar.

Corre el Nilo en mis ríos de sangre
Nace de una roca bulle.

Corta su canto la arena
al precipitarse
de mi sueño.

Todo es fresco,
no arde la úlcera
el dedo del pie descansa
y el pie y el cuerpo todo
van ligeros a tu encuentro.

Hermano, padre, sólo en mi sueño
te conozco.

Llevas en tu costillaje
un dolor punzante
un viaje que inicia.

Si, retomando a Paz, se acepta la idea de la poesía como alimento, sagrado o maldito, pero al fin alimento, los primeros poemas evocan la fortuna de la vida y del amor; tanto “En el sueño me nace una lengua” como “La vida sencilla” así lo dejan ver:

La vida sencilla
se basta con decir
soy tuyo
eres mía
y nos asoma
a mí en tus ojos
a ti en mi alma
en el universo
de la hoja
que extiende mis ansias
como espinas
como lanzas.

La memoria preserva el testimonio de los actos, de las vivencias, pero también preserva, con ellos, el dolor y la angustia de la pérdida; la impotencia ante la muerte, la seguridad de lo perecedero, la incapacidad para trastocar el tiempo y volver atrás, la imposibilidad de detenerlo, la desesperación de verlo transcurrir tan lentamente, en recalcitrante agonía:

Agua de lluvia que moja mi vida,
flor entre la greda y luz
para la tierra.

Si ese río lejano supiera de nosotros,
andaríamos como un glóbulo
de su sangre,
escapando a su fuerza
en cualquier rincón de su memoria.

Pero no hay puño ni represa
que lo contenga, no hay sangría
que lo extenúe
y debemos seguir su curso
hasta desaparecer con él.

El dolor del sujeto lírico es, específicamente, el de la pérdida del ser amado, la presencia de la muerte como la rival vencedora, la que lenta, pero seguramente, será, en la justa del amor, la ganadora. Tres poemas, engarzados, componen la imagen de esa muerte y sus estragos.

1
Un día, ebrio de felicidad reté
a la muerte.

Puedes llevarte todo, le dije,
mi soledad envuelta en trajes nuevos,
la fama que se quedó esperándome
en su mecedora negra;
puedes, muerte, si quieres,
echar en tus costales de jarcia
mis sombreros que hasta el final
evitaron el cáncer y la burla.

2
Puedes vender mis costillas
en los tianguis,
tirar al basurero mis papeles
y así borrar todo lo que dije,
puedes, en fin,
hacer lo que te plazca.

Pero a ella no te acerques,
loca,
no te atrevas a llamarla
con tu lengua ausente
ni acaricies su mejilla
con tu hielo,
a ella no la toques
abuela desdentada.

3
Pero todos mis ruegos y amenazas
no sirvieron
y la hechicera vengativ
a rompió el conjuro signado
entre los dos.

Y hoy, amor, enloquecido y vil
camino y caigo sin remedio,
arrollado por la salada lluvia
que destila mi tristeza.

Valga lo extenso de las transcripciones para comprender la magnitud del juego de los arquetipos de la cultura mexicana y la dosis del inconsciente colectivo de la cultura universal, donde radica el exceso de las paradojas.

Por una parte, aparece el tono de una actitud muy propia en la ontología del mexicano: la bravuconada: retar a la muerte, ser más que ella, jugar con la posibilidad de burlarla ofreciéndole todo, tentándola con todo aquello que constituye el gran bagaje de la vida cotidiana: presencia, fama, fortuna, prestigio.

Pero, por otra parte, roto el conjuro signado por el amor, cuando la muerte se ha cumplido, aflora el arquetipo de la muerte desde un punto de vista fundamentalmente judeocristiano, es decir, como traducción del despojo, de algo propio que, en derecho, la muerte ha arrebatado, trayendo consigo la pena, la tristeza y un dolor que no cesa, pues, a partir de entonces, la vida de quien sobrevive sólo tiene lugar para la lamentación, en tanto llega el momento de la propia muerte, ésta, más tabla de salvación, liberación, que zona oscura; espera cuyo tiempo apenas es ocupado por la memoria y por la lluvia.

Cae la lluvia, llanto del cielo
y la ciudad parece seguir conmigo
hacia el precipicio de sus despojos.

¡Cuántas veces, amor, soñé
apresar en mis brazos
la estela de tu cuerpo
y sólo mi lengua diluida
pudo rozar la cauda de tu fiebre?

Y eran el cólico y sudor,
eran la pesantez de las sábanas
y los huesos de la egoísta vieja
desorbitándote los ojos.

Mal haya la hora que viví
para atestiguar tu viaje
sin retorno.

El énfasis en el tono doloroso es exacerbado por los contrastes que rodean a la pareja signada por la muerte.

Es tiempo de que escuches mi canto.

El sol, oculto por el celaje
de tu ausencia,
también aguarda.

Llega tu recuerdo como una caricia
en medio de la noche
y una voz que no conozco
crece entre las ramas
y envuelve con su calor
mi pensamiento.

Busco entre la gente algo
que se parezca a ti,
el durazno encendido
en tus mejillas al medio día,
tu miedo tomado de la mano
como si estuvieras extraviada.

No pierdo nada con sentirte así,
nada muere en esta cita
de un hombre solo
con el misterio
revelado por la lluvia.

No basta con señalar lo que el sujeto lírico está dispuesto a perder: fama, prestigio y fortuna, sino que se regodea en el advenimiento final, bajo la certeza de que el dolor no puede ser compartido, que debe ser encubierto, casi como un pecado o una posesión ilegítima, solitaria, hasta el estallido final.

Nadie estará con nosotros
como tampoco estuvieron antes,
nadie sabrá lo que lloraste
en medio de los jolgorios
mientras los demás brindaban
por el oro
que brillaba en sus alhajas;
nadie, amor, sabrá
de las razones que inventaste
por tu palidez,
de tus retiros de las mesas
que celebraban
el gusto por la vida.

Nadie nos vio llorar en las esquinas
ni adivinó que pronto me dejarías.

Esta experiencia de la muerte constituye el alimento maldito para el alma de quien ha sufrido la pérdida; sin embargo, a la visión cristiana que subyace, tan arraigada en el imaginario social de nuestra cultura, se opone la perspectiva de Carlos Fuentes, quien, si bien acepta la imagen de la muerte como dueña y señora de una zona muy limitada que contiene como producto final, paradójicamente, a la vida misma, la expone también como la gran perdedora pues, aunque es el personaje que, haciendo tabla rasa de sexo, raza o condición social está, indefectiblemente, al final del camino de todos los seres humanos, es, sin embargo, la que mejor, más precisa y definitivamente, garantiza el sentido de la vida porque “nos dice: te engañas, lo que fue ya no es. Le respondemos: te engañamos, lo que fue no sólo sigue siendo, sino que es más que nunca” (Fuentes, 2002: 164).

¿Amiga o enemiga? Enemiga y, más que enemiga, rival, cuando nos arrebata a un ser amado. Qué injusta, qué maldita, qué cabrona es la muerte que no nos mata a nosotros, sino a los que amamos, sin embargo, esa muerte enemiga es la que podemos vencer. […] En rebelión contra semejante crueldad, aprendemos por lo menos tres cosas. La primera es que al morir un joven [o un ser amado], ya nada nos separa de la muerte. La segunda es saber que hay jóvenes [o seres amados] que mueren para ser amados más. Y la tercera, que el muerto al que amamos está vivo porque el amor que nos unió sigue vivo en mi vida.
(Ibid.: 163-164)

Y es verdad, a pesar de ella y por sobre la fugacidad de la vida, la intensidad de lo vivido jamás puede desaparecer; en la memoria, propia o ajena, desaparecidos los actores, la experiencia se cumplió y se quedó, con su momento, con el instante en que se cumplió, que lo encapsuló, en la partícula de tiempo vivido, en la palabra que lo nombró, y “esta es la muerte que nos pertenece a todos. La muerte compartida de la palabra que vence a la muerte” (Ibid.: 165), y ahí está, en el poemario de Juan Hinojosa Sánchez.

Sobre todo si la vida que antecede a la muerte está signada por el amor, como es el caso del sujeto lírico, esa experiencia que subyace como “ríos ocultos y surtidores sorpresivos”, “abrazo de agua que nos impide desaparecer para siempre en la vastedad de la nada”. Aunque se trate del amor, a decir de Denis de Rougemont, marcado por la tragedia: la de la imposibilidad de ser eterno, pero cultivado con la esperanza del renacimiento.

El agua limpia mis heridas
y en sus remolinos gorgotean
los recuerdos.

Mientras, yo, el errante,
veo pasar las estaciones
sin remedio, las calles solas
que antes se llenaron
con nuestra locura.

No llores más, mi amor, ya no,
¿qué no ves que esta lluvia
nos deja ateridos y sin fuerza?

O será acaso que tu risa
animará los retoños del geranio,
traerá los nutrientes
a los renuevos del maíz.

Ese matiz de esperanza es el que le permite al sujeto lírico hacer énfasis en los grandes arquetipos de la tradición judeocristiana; la voz poética confronta la alegría del amor y de la vida con la desesperanza, la inconmensurable soledad de la servidumbre humana, tan propensa a buscar dependencias: de la esperanza, de la ilusión, del vínculo con los otros, de todo aquello que, a despecho del anhelo de inmortalidad, resulta efímero pero que, sin embargo, permanece.

Aunque varios poemas insisten en la posibilidad imperecedera de los amantes, subyace también una clara noción de los límites, de la finitud, de la inexorable certeza de ser sólo un instante, sólo tránsito, sólo humanos, pues, a final de cuentas ni el amor nos salva, nada detiene el curso de cada momento:

Una puerta que no conduce a lugar alguno.
Un camino oscuro sin vuelta ni recuerdo.

Mi alma tiene sed de ti,
mi cuerpo espera el día del gozo
debajo de este rosal sembrado
por una mano que desde ahora extraño.

Mi sed no acabará con esta lluvia
y mis plantas dejarán su polvo
cuando las apuren las sombras.

Un camino que a ningún lugar me lleva
y pese a todo,
me vence, doblega mis andanzas
y me levanta en vilo
para dejarme caer después
en el pozo de la noche.

En el trayecto del poemario y en el marco del conflicto vida-muerte, también subyace un recuento de símbolos: ella, tierra fértil, oasis, promesa, satisfacción del deseo, complemento, mujer, vida. Él: hombre, deseo, premura, ansia, encuentro, reposo, depositario y cancerbero del amor y la pasión, del fuego, también de la vida, de la simiente.

Así, instalado en la voz, en el viento, en el sueño y en la sangre, en el hermano y en el padre, el sujeto lírico da cuenta de la iniciación en la vida, del viaje que acabará apenas la certeza de lo efímero acidule la experiencia de la realidad.

De este modo, la vida terminará con la muerte y, si ésta es río de ausencia pero contiene lo que le hurta a cada experiencia, en cada amante muerto, en cada historia trunca, entonces la muerte también es río de vida y, en todo caso, la ausencia no escatima del todo la presencia de los muertos.

Si la necesidad de trascendencia del hombre propicia un extraño sentimiento de desasosiego, de miedo ante lo desconocido; de temor no tanto al hecho biológico de la desaparición, sino al profundo terror de la pérdida que entraña la muerte, su presencia súbita confirma el valor de la vida, en la que

el importante trabajo que tenemos por delante es el de aprender a distinguir entre todo lo que nos rodea y lo que llevamos dentro, qué tiene que vivir y qué tiene que morir. Nuestra misión es captar el momento más oportuno para ambas cosas; para dejar que muera lo que tiene que morir y que viva lo que tiene que vivir. (Pinkola, 2001: 56)

De este modo, a la idea del abandono, se impone la tarea de la reconstrucción

Odres nuevos buscaremos
para el vino joven,
aljibes con mirra,
cántaros sellados
y un surtidor de sangre nueva
de agua milagrosa
buscaremos.
LC

Bibliografía

Castellanos, Rosario (1981), Poesía no eres tú, 2ª ed., México, FCE.
Fuentes, Carlos (2002), En esto creo, México, Seix Barral.
Paz, Octavio (1972), El arco y la lira, 3ª ed., México, FCE.
Pinkola Estés, Clarissa (2001), Mujeres que corren con los lobos, España, Suma de Letras.
Rougemont, Denis de (1978), El amor en occidente, 4ª ed., Barcelona, Kairós.

Río de ausencia, Juan Hinojosa Sánchez, Toluca, La Tinta del Alcatraz/UAEM, 2001, 56 pp.


 

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