Beatriz Barba de Piña Chán
Pasado, presente y futuro
de la arqueología en el Estado de México.
Homenaje a Román Piña Chán
El libro
Pasado, presente y futuro de la arqueología en el Estado de México.
Homenaje a Román Piña Chán, coordinado por Argelia Montes y Beatriz
Zúñiga, es el resultado de un homenaje muy largo a Román Piña Chán que
se hizo en la Universidad Autónoma del Estado de México, en la ciudad
de Toluca, durante el año de 1994, y que organizaron el Centro INAH Estado
de México y la Universidad Autónoma del Estado de México, así como el
Instituto Mexiquense de Cultura. Entre todos formularon un ciclo de 34
conferencias que se dictaron de abril a diciembre de aquel año y que abordaron
diversos aspectos de la antropología mexiquense.
El texto consta de una presentación, a cargo
de Sergio Raúl Arroyo, una introducción hecha de mi autoría; diecisiete
artículos de investigación científica, el currículum vitae de Román Piña
Chán y un álbum fotográfico. La presentación es muy corta y se refiere
a las razones por las cuales el INAH dedica el trabajo a este investigador.
En cuanto a mi introducción, en ella explico parte de su obra.
El primer trabajo es de Román Piña Chán,
se titula “Notas sobre la arqueología del Estado de México”, y relata
la evolución y cronología de la arqueología en el Estado de México. Refiere
de algunos sitios, según fueron apareciendo, y las lecciones que les dejaron
a los investigadores.
El segundo “Tlapacoya, probable centro de
peregrinación a las deidades del agua” es de la que esto escribe. La intención
fue analizar el propósito del sitio de Tlapacoya, muy pequeño para ser
un centro religioso y muy rico para no dejar claro quién lo mantenía.
Se concluye que fue un centro de peregrinación y fue mantenido por los
que acudían a pedirle agua a Tláloc y los Tlaloques, estos últimos representados
en vasijas de barro.
El tercer artículo es de Arturo Romano Pacheco
y lleva el título de “Antecedentes en Tlatilco de los centros ceremoniales”.
El autor habla de sus excavaciones en ese sitio, tan importante y rico,
de las que concluye que es el antecedente de los centros ceremoniales
posteriores.
Después podemos leer el trabajo de Roberto
García Moll, “Tlatilco, una gran aldea de la Cuenca de México”, donde
precisa la importancia del periodo preclásico, y enumera a los investigadores
que han enriquecido el conocimiento de esta época en ese sitio.
El texto de Maricarmen Serra Puche, “Temamatla,
un sitio formativo al sur de la Cuenca de México” informa de los resultados
de las investigaciones que realizó en esa localidad. Describe las fases
evolutivas y los patrones de varios entierros encontrados. Detalla los
tipos cerámicos, la tecnología, y concluye exaltando la importancia cultural
de Temamatla en la Cuenca de México.
El trabajo de Rubén Cabrera, sobre “Un barrio
teotihuacano detectado en las exploraciones de La Ventilla, Teotihuacan”,
describe los hallazgos arqueológicos del Proyecto Especial Teotihuacan
1992-1994, coordinado por Eduardo Matos, pero en el que participó activamente
el autor. Se ocupa, sobre todo, de la arquitectura, edificios y cuevas
y relata el momento en que la construcción de una unidad comercial se
tuvo que suspender, por la gran cantidad de restos arqueológicos hallados.
Por eso, es un artículo históricamente importante para Teotihuacan. Afirma
que Román Piña Chán ya había señalado, 30 años antes, que ese lugar era
un barrio rico de la antigüedad.
También menciona las excavaciones de Aveleyra
y Piña Chán, donde salió la estela de La Ventilla, un marcador portátil
de juego de pelota de especial belleza y significación cultural por su
relación con la costa del Golfo. El autor declara que el material recopilado
fue cuantioso y permitiría conocer con mayor precisión el sistema urbano
de la antigua metrópoli.
Después describe con cuidado siete conjuntos
arquitectónicos y finalmente se dedica a pormenorizar los entierros encontrados.
Esta es una aportación larga y enriquecedora.
El siguiente trabajo, “Arqueología doméstica
y estudios del inframundo de Teotihuacan” es de Linda Manzanilla; como
arqueología doméstica entiende a los conjuntos habitacionales que se encuentran
alrededor del área central de la ciudad y precisa que han sido excavados
los de Tlamimilolpa, Xolalpan, Atetelco, Tepantitla, La Ventilla, Tetitla
y Zacuala, cronológicamente correspondientes a Tlamimilolpa y Xolalpan;
describe la economía de subsistencia, las prácticas funerarias y el ritual
doméstico; continúa con sus postulados personales sobre el inframundo
de Teotihuacan que localiza en las cuevas. Hace una relación de autores
y grupos étnicos que hablan del Mictlán, dónde se sitúa y cómo se llega
a él.
La idea de que el Mictlán sean las cuevas
de Teotihuacan la fundamenta en las sugerencias de Doris Heyden, autora
que describe un sistema de túneles y cuevas en ese sitio arqueológico,
y también en los trabajos de Linné, Armillas, Carmen Cook y Alfonso Soto
Soria, pero aporta nuevos datos sobre los planos de las cuevas.
Señala como propósito de su trabajo averiguar
la verdadera constitución de esas cuevas bajo la hipótesis de que el túnel
de la pirámide del Sol originalmente continuaba hacia el sureste y tenía
una boca por la gran depresión semilunar que yace detrás de la gran estructura.
Dado que recopila un mito náhuatl en la sierra
de Puebla, en el cual se habla de una geografía del inframundo con topónimos
que existen realmente en el valle de Teotihuacan y sus inmediaciones,
piensa que ese sistema fue famoso y quizá el arquetipo del Tlalocan en
épocas prehispánicas.
Daniel Granados Vázquez incluye “El sitio
arqueológico de Tlalpizáhuac”, descubierto en 1987 y, como es común, por
obras de urbanización. Sus opiniones se apoyan en investigaciones sobre
Los Reyes, Ayotla, el Cerro de la Estrella, Xico, Tlapacoya y el Cerro
Portezuelo. Granados Vázquez lo sitúa, cronológicamente, a la caída de
Teotihuacan (siglo VIII al siglo XIII d.C.) y lo clasifica como un barrio
residencial con unidades habitacionales construidas sobre plataformas
y terrazas distribuidas alrededor de un patio. Deduce que su agricultura
fue próspera por la humedad que le proporcionaba el lago de Chalco, el
que también daba animales lacustres como peces, batracios, aves y plantas
de tule, en tanto, el cerro cercano, le obsequiaba con madera, caza y
recolección. Cuando escribió su texto, había 50 entierros descubiertos,
de los cuales relata los patrones de enterramiento.
También nos habla de la cerámica prehispánica
que comienza con el tipo Coyotlatelco, sigue el Mazapa y termina con una
de estilo característico de la región. Pormenoriza sobre la tecnología,
la escultura y la arquitectura. Concluye con la propuesta de hacer un
mayor número de excavaciones, el deseo eterno del arqueólogo enamorado
de su sitio.
El siguiente trabajo es de María Olivia Torres
Cabello: “Tenayuca: su conservación y restauración”. En sus antecedentes
se ocupa de la importancia del sitio, la perla del imperio temprano chichimeca.
Cuenta que durante la Colonia, los nobles mexicas la gobernaron y, posteriormente,
fue llamada San Bartolo Tenayuca. La primera exploración del sitio data
de 1925, aunque se le ha mantenido en forma precaria. Entre los arqueólogos
que enumera falta Eduardo Pareyón, quien se preocupó mucho por reconstruir
las serpientes que constantemente se desgastan y deterioran porque el
sitio está en medio de una zona fabril cuya atmósfera contaminada y vibrante
causa severos daños.
Describe también, los trabajos de restauración
pero deja de mencionar a Yoshiko Shirata, quien durante 6 años tuvo a
su cargo el sitio.
Raúl Ernesto García Chávez escribe “Etnografía
de un taller de metates y molcajetes en el barrio de Xochiaca, Chimalhuacán,
Estado de México”. Ubica al barrio y describe el trabajo de piedra labrada,
sus procesos de fabricación y las fechas oportunas para su venta. Es el
único trabajo de etnografía incluido en el libro. Sigue el texto de Silvia
Murillo Rodríguez que denomina “Hallazgo de fauna pleistocénica en Metepec”.
Después de una introducción en la que cita puntos donde se han encontrado
restos de animales pleistocénicos, se concreta al valle de Toluca, enumerando
las especies más comunes que se han hallado y los investigadores que las
han trabajado. Apunta que Piña Chán señaló algunos de esos lugares. Finaliza
describiendo su trabajo y concluye que se requieren muchas investigaciones
más.
“El arte epilítico de Teotenango”, de Carlos
Álvarez informa que, en 1974, y de acuerdo con Román Piña Chán, hizo un
recorrido de superficie para localizar y catalogar los petroglifos del
cerro como parte de su tesis de maestría en la ENAH. Nos habla de la importancia
de la escultura, y después de las inscripciones rupestres, a las cuales
divide en dos grupos: petroglifos y pinturas rupestres, ambas nominadas
como arte rupestre, petrográfico o epilítico. Describe los petroglifos
de Teotenango, el tipo de roca donde se encuentran, los elementos que
los caracterizan, su cronología, su contenido cultural, hace comparaciones
con pueblos que tienen escultura semejante en éste y otros continentes,
incluye cinco láminas con diseños y localización de petroglifos y concluye
con la idea de que tal vez su significado nunca se pueda descifrar, lo
cual me parece injusto para la antropología, que cada día acumula más
experiencias que le permiten entender el pasado. Resulta un artículo interesante,
que presenta ángulos listos para largas discusiones.
Víctor Angel Osorio Ogarrio se ocupa de un
tema siempre llamativo, el tributo, en el trabajo “Teotenango, una población
tributaria de la Triple Alianza”. Se refiere al impuesto que las poblaciones
matlatzincas asentadas en Teotenango pagaban a la Triple Alianza (Texcoco-Tlacopan-Tenochtitlan)
durante el siglo XVI. Es un estudio etnohistórico muy resumido que, sin
embargo, es rico en detalles que aclaran las relaciones entre los mexicas,
sus aliados y algunos sitios del actual Estado de México. Finaliza con
algunas ideas sobre la forma en que debiera estudiarse el fenómeno de
la tributación.
La lectura continúa con el texto de Rubén
Nieto Hernández, quien lo tituló “Estudio preliminar de las esculturas
de San Miguel Ixtapan, Tejupilco, México”; en él expone el análisis preliminar
de un grupo de escultura de piedra procedente de las exploraciones del
sitio arqueológico de San Miguel Ixtapan. Su investigación forma parte
del proyecto arqueológico San Miguel Ixtapan que dirigía Morrison Limón.
El sitio queda fechado a finales del clásico y en el epiclásico según
la cerámica asociada. Compara su análisis con otros estudios, principalmente
de Covarrubias, González y Olmedo, Gay, y Drucker, de lo que resulta un
trabajo de gran interés.
“Rescate arqueológico en Ixtapan de la Sal.
Avances de investigación”, de Beatriz Zúñiga Bárcenas, empieza con una
pequeña historia del sitio, citando a Román Piña Chán como uno de los
que investigó la zona; también ofrece antecedentes etnohistóricos y arqueológicos,
relata los trabajos de rescate arqueológico y, en forma muy breve, describe
la estratigrafía, los entierros y ofrendas asociadas, el sistema de enterramiento
de los matlatzincas y de los mexicas y concluye que el sitio fue ocupado
en el siglo VII de n.e., que el tratamiento mortuorio no fue homogéneo
y que la ofrenda refleja la etnia a la que perteneció el individuo y su
rango social. Resulta notable la mención que hace de que el grupo azteca
de esa zona mantenía nexos con los aztecas del centro más que con los
grupos de su área geográfica.
Noel Morelos García publica “La teoría de
los espacios socialmente construidos en la historia de las sociedades
precapitalistas mesoamericanas”. Este es un texto polémico donde la teoría
del espacio y su significado social, económico, histórico y étnico se
discute, en forma comparativa, con muchos otros autores.
El último trabajo “Arqueohistoria en México”,
de Eduardo Corona Sánchez hace una breve reseña de cómo ha evolucionado
esa ciencia en México. Expone redondeadas ideas sobre lo que diferencia
a la arqueología y a la arqueohistoria, considerando los postulados fundamentalmente
de Childe y termina proponiendo que se tome a los métodos arqueológicos
como modelo para la investigación de la historia de México.
Esta edición, que se publicó con la intención
de ser un homenaje a Román Piña Chán, quien trabajó intensamente y con
mucho amor a esta región, en diferentes épocas de su vida, resultó muy
completa respecto a la arqueología del Estado de México, porque ofrece
textos que describen excavaciones, comparan materiales, concluyen horizontes,
y discuten aspectos teóricos. LC
Pasado, presente y futuro de la
arqueología en el Estado de México. Homenaje a Román Piña Chán,
Argelia Montes y Beatriz Zúñiga [Coords.], México, CONACULTA/INAH,
2002, 280 pp.
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