Juan Domingo Argüelles

 

Los usos de la lectura en México

 

La mayor parte de los estudios e investigaciones sobre conducta lectora en México coincide en una desalentadora conclusión que, por su carácter previsible, puede perfectamente intuirse y resumirse en tres afirmaciones que prácticamente no admiten controversia:

1. Estadísticamente, los verdaderos lectores son escasos y constituyen una ínfima minoría en una enorme población que aun siendo alfabetizada y teniendo algún contacto con los libros no puede denominarse lectora.

2. Existe un analfabetismo cultural (que es algo mucho más que funcional) representado por las personas que aun sabiendo decodificar una palabra, una frase, una oración, un párrafo, una página, al mismo tiempo no sólo carecen del hábito de leer sino que, además, no creen que la lectura cotidiana de libros constituya una experiencia digna de disfrutarse.

3. Estas personas pueden ser –y de hecho lo son– universitarias; muchas de ellas, con carreras humanísticas (y aun con doctorados), y sin embargo no les interesa leer por iniciativa propia ni tienen un comercio estrecho con los libros. (Los libros o fragmentos de libros que leyeron en la universidad no tuvieron otro propósito que el de sacar la carrera).

En su libro Los demasiados libros, el fino poeta y brillante ensayista Gabriel Zaid nos amplía la visión respecto a este problema cuando señala: “Hay millones de personas con estudios universitarios. Por mal que estén económicamente, pertenecen a la capa superior de la población. Pues bien, estos millones de personas superiores en educación y en ingresos, no dan mercado para más de dos o tres mil ejemplares por título, o mucho menos. Y si las masas universitarias compran pocos libros, ¿para qué hablar de masas pobres, analfabetismo, poco poder adquisitivo, precios excesivos? El problema del libro no está en los millones de pobres que no saben leer y escribir, sino en los millones de universitarios que no quieren leer, sino escribir”.

Estas desencantadas conclusiones más los números rojos de las estadísticas acaban por sumirnos en un profundo desaliento, pues (vuelvo a citar a Zaid) “si todos los que quieren ser leídos leyeran, habría un auge nunca visto”, pero ello no es así porque “los graduados universitarios tienen más interés en publicar libros que en leerlos”.

¿Cómo se explica esta aparente incongruencia? Se explica con una lógica y una realidad apabullantes. “Publicar –concluye el autor de Los demasiados libros– es parte de los trámites normales en una carrera académica o burocrática. Es como redactar expedientes y formularios debidamente llenados para concursar. Nada tiene que ver con leer y escribir. Leer es difícil, quita tiempo a la carrera y no permite ganar puntos más que en la bibliografía citable. Publicar sirve para hacer méritos. Leer no sirve para nada: es un vicio, una felicidad”.

En el extremo opuesto de la sinceridad realista e inteligente de Zaid, no faltan los bienintencionados de nobles ideales que, a través de un ejercicio apasionado y devastador de autocrítica cultural, se avergüenzan de vivir en un país (el nuestro) con tan paupérrimo índice de lectura, ignorando o soslayando que no únicamente en México (aunque aquí el fenómeno sea severo), sino en todo el mundo los lectores son escasos, y los buenos lectores, más escasos aún.

Siendo así, no debería sorprendernos (sin que por ello deje de preocuparnos) que, en el caso de las bibliotecas públicas de nuestro país, un usuario no corresponda siempre, ni remotamente, a un lector y menos todavía a un lector asiduo.

Leer no es un ejercicio muy popular en el mundo, y leer buenos libros es todavía más impopular lo mismo en México que en otros países, con la única diferencia de que en los países ricos la población culta es más amplia, el tiempo del ocio más prolongado y mejor invertido y la tradición editorial y literaria más respetada y estimada.

Para los países ricos, y cultos, las estadísticas hablan de veinte o más libros por ciudadano en el índice de lectura, a diferencia de países como el nuestro, con apenas un libro y acaso menos en su promedio. Lo que no se aclara, casi nunca, es el mágico y equívoco mecanismo con el que funcionan las estadísticas y que puede sintetizarse del siguiente modo: si un hombre se ha comido un pollo y otro no ha comido nada, para la magia estadística cada individuo se ha comido medio pollo. En México, la estadística le atribuye un medio libro a personas que nunca han leído no ya digamos medio libro, sino ni siquiera media página.

En cualquier nación del mundo un lector asiduo es aquel que posee un hábito perfectamente formado y que aunque puede hacer uso frecuente y experto de la biblioteca pública, por lo general obtiene la mayor parte de sus materiales de lectura a través de la compra directa de libros, revistas y diarios en librerías y puestos de periódicos.

De ahí que los lectores asiduos, para el caso de México, no constituyan el grueso de los usuarios de las bibliotecas públicas que en más de un 70 por ciento está conformado por escolares de todos los niveles que acuden a ellas a solucionar problemas prácticos relacionados con las tareas. De este modo, la biblioteca es para ellos un lugar necesario y útil, pero no siempre un espacio ameno, interesante o divertido.

En cuanto a las categorías por edad de los usuarios de bibliotecas públicas, la mayor parte de éstos está constituida por niños, adolescentes y jóvenes, todos ellos escolares de los niveles básico, secundario y medio superior.

Una proporción importante de los usuarios de bibliotecas públicas en México oscila entre los cinco y los veintidós años de edad, y acude a estos centros para resolver los deberes estrechamente vinculados con la escuela. En este sentido, es mínima la proporción de quienes, yendo más allá de la categoría de usuarios, se entregan, por placer, por interés personal y soberano a un ejercicio de lectura sin vínculo ninguno con las exigencias específicas de la institución escolar.

Por lo demás, no es un secreto que, desde sus orígenes, las bibliotecas públicas en México hayan sido básicamente el sustituto de las muy escasas bibliotecas escolares y que, en el caso de los niños, los adolescentes y los jóvenes, se hayan convertido en espacios para la resolución de asuntos prácticos relacionados con la escuela, es decir con el deber, y, que por tanto, estén lejos de ser los ámbitos relajados para el ejercicio lúdico de la lectura.

La escuela, por su parte, no ha fomentado hasta ahora el ejercicio libre, regalado y extracurricular de la lectura, con lo cual tampoco se ha desarrollado un mecanismo natural para que los niños, los adolescentes y los jóvenes sean, además de usuarios, lectores asiduos (y con ello mejores usuarios) de las bibliotecas.

En un exceso de meritocracia, la escolarización ha desdeñado el conocimiento extracurricular a través de un esquema de calificaciones que no sabe cómo premiar la inclinación autodidacta. De este modo, en una sutil práctica de descalificación, a la lectura se le opone el estudio como si ambos esfuerzos no fueran esencialmente complementarios.

En su libro La sociedad desescolarizada, Ivan Illich ha hecho notar que el aprendizaje es la actividad humana que menos manipulación de terceros necesita, aunque el pensamiento escolarizado a ultranza crea lo contrario y vea con profunda desconfianza, e incluso con desaprobación, el conocimiento autodidacta: “una vez que se ha desacreditado al hombre o a la mujer autodidactos, toda actividad no profesional se hace sospechosa”.

“La mayor parte del aprendizaje –dice– no es la consecuencia de una instrucción. Es más bien el resultado de una participación no estorbada en un entorno significativo. La mayoría de la gente aprende mejor ‘metiendo la cuchara’.”

La prueba más fehaciente de lo que dice Illich la ha venido dando, a lo largo de los siglos, la herencia de los oficios familiares, en donde el hijo se vuelve aprendiz y luego maestro del oficio con sólo ver a su padre, e incluso puede llegar a superarlo en ese dominio al agregarle su propia imaginación. Otra prueba de ello tendría que remitirnos a la emulación natural de los hijos que provienen de hogares donde la lectura es un hecho natural y cotidiano. El oficio de leer es un aprendizaje que puede ser tan natural como sumarse a una conversación, precisamente “metiendo la cuchara”.

En sus Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura, Michèle Petit refiere que “en Francia, los niños cuya madre les ha contado una historia cada noche tienen dos veces más posibilidades de convertirse en lectores asiduos que los que prácticamente nunca escucharon una”. Añade que “lo que atrae la atención del niño es el interés profundo que sienten los adultos por los libros, su deseo real, su placer real”. Y esta observación que hace Petit para Francia, es válida sin duda para cualquier país. No es un ejemplo exclusivo; es una consecuencia universal.

La estimulación temprana de la lectura, que tendría que generarse en los ambientes de la familia y de la escuela básica, resulta muy reducida cuando no inexistente, por el hecho simple de que tanto padres de familia como profesores provienen de la misma problemática de una sociedad que no ha privilegiado y ni siquiera incentivado la lectura porque, con un concepto utilitarista, la ha venido considerando una pérdida de tiempo y una desviación de los deberes y los asuntos relevantes.

El usuario utilitarista de la biblioteca pública es el que más abunda, en contraste con el lector placentero. Pero este usuario es la consecuencia lógica de un sistema que, independientemente de blandos discursos, a lo largo de la historia, ha considerado la adicción, el vicio de la lectura sin otro propósito que el disfrute, como un elemento perturbador, e incluso disociador, que no fortalece el desarrollo disciplinado y sí por el contrario propicia el individualismo.

Más allá del discurso positivista que sostiene que leer obra en bien de la superación, la mayor parte de los profesores y los padres de familia, que provienen de una educación que no respeta y que aun desdeña la lectura, no está realmente convencida de que leer sea importante si, por principio de cuentas, dicha práctica está fuera del sistema de valores cuantificados e institucionalizados y no sirve para el reconocimiento de calificaciones, certificaciones y diplomas en el esquema curricular.

Bajo esta visión precaria y con este convencimiento utilitarista, leer por placer y por asimilar conocimientos no dirigidos, puede ser incluso considerado un signo de desorden y anarquía, de indocilidad y de falta de responsabilidad ante las tareas urgentes e importantes, de ausencia de aspiraciones y ambiciones trascendentes y hasta de franca negligencia para comprender que hay cosas más relevantes en la vida que el trivial acto de leer cuando este ejercicio no ha sido disparado por un mecanismo de utilidad práctica y de aplicación inmediata.

Por lo demás, cuando el discurso utilitarista elogia los beneficios de la lectura (o sería mejor decir, de la consulta de los libros) y afirma que la adquisición de conocimientos es fundamental para el éxito profesional y social, puede muy fácilmente conducir a la frustración, pues la realidad acaba aportándole a este tipo de visión su falso prestigio: es perfectamente sabido que para tener éxito en la vida e incluso dinero no es necesario leer libros e, incluso, hay quienes presumen y aun exageran el hecho de no haber necesitado de los libros para ser prósperos comerciantes, prósperos banqueros o, lo que es más sintomático y más probatorio, prósperos políticos.

Una de las urgencias del sistema educativo es trabajar en un esquema más dúctil, menos rígido, más noble, para que los estudiantes se vuelvan también lectores, legitimando el enorme potencial del conocimiento extracurricular. Sólo así podrá facilitarse la tarea de lograr que los usuarios de bibliotecas públicas sean asimismo lectores o, todavía mejor, que los verdaderos lectores sean también usuarios de las bibliotecas públicas.

En nuestro país, las investigaciones en torno de la conducta lectora en niños, adolescentes y jóvenes en bibliotecas públicas, han servido sobre todo para probar una realidad que ya suponíamos: la lectura por sí misma carece del prestigio social que otras prácticas cuya confirmación en el éxito profesional y económico las hace mayormente aceptadas. La lectura por la lectura suele relacionarse, muy frecuentemente, con la indolencia, con la pereza, con la proclividad a la holgazanería, y en esta visión han coincidido, por lo general, lo mismo nuestros padres que nuestros maestros, siempre bienintencionados, a quienes, se supone, deberíamos agradecer el habernos salvado de caer en la tentación de tan irremediable vicio.

En este punto hay que darle la palabra y la razón a Fernando Savater cuando se refiere al medio más eficaz para adquirir el hábito, el vicio, la enfermedad o la locura de la lectura. Dice el filósofo y escritor español: “Algunos entramos un día en los libros como quien entra en una orden religiosa; en una secta, en un grupo terrorista. Peor, porque no hay apostasía imaginable: el efecto de los libros sólo se sustituye o se alivia mediante otros libros. Es la única adicción verdadera que conozco, la que no tiene cura posible. Con razón los adultos que se encargaron de nuestra educación se inquietaban ante esa afición sin resquicios ni tregua, con temibles precedentes morbosos… también literarios: ¡el síndrome de don Quijote! De vez en cuando se asomaban a nuestra orgía para reconvenirnos: ‘¡No leas más! ¡Estudia!’.”

Las buenas intenciones de la pedagogía al uso y las no menos buenas intenciones de la mayor parte de los adultos entre quienes destacan nuestros padres, han querido salvarnos de la perdición, de la indolencia y del fracaso social y profesional llamándonos la atención cada vez que nos han sorprendido embebidos, enajenados, perdidos, insomnes, leyendo, cuando consideraban que había tantas ocupaciones serias, graves e incluso trascendentes que dejábamos pasar por culpa de perder el tiempo en irrelevantes lecturas.

Si alguien les dice que el principal propósito que tiene el ejercicio de la lectura es el de la adquisición de información, no lo crean. La información es importante, para estar informados; verdad de Perogrullo que no admite discusión. Pero la lectura confiere a nuestras vidas algo más que información: nos entrega educación y cultura; agudiza nuestra sensibilidad; alerta nuestra inteligencia, y es capaz de transformarnos en seres a un mismo tiempo racionalistas y apasionados. En la materia que sea, un buen lector, si realmente tiene interés por lo que lee, desarrolla su emoción y obtiene algo más que la simple información por muy necesaria que sea.

Michèle Petit advierte que “leer permite al lector, en ocasiones, descifrar su propia experiencia. Es el texto el que ‘lee’ al lector, en cierto modo el que lo revela; es el texto el que sabe mucho de él, de las regiones de él que no sabía nombrar. Las palabras del texto constituyen al lector, lo suscitan”. Y respecto de lo que se aprende en los libros, Petit señala que “la lectura es ya en sí un medio para tener acceso al saber, a los conocimientos formalizados, y por eso mismo puede modificar las líneas de nuestro destino escolar, profesional, social”.

En La palabra educación, un libro que recoge la prosa oral de Juan José Arreola que ojalá volviera a reeditarse (porque nada de lo que ahí leemos ha caducado), el autor de Confabulario nos llama la atención a propósito de algo que deberíamos saber pero que, con mucha frecuencia, ignoramos o, lo que es peor, pasamos por alto: “La cultura consiste en ponerse uno en el espíritu lo que le pertenece, aunque no lo haya pensado. Hay poemas enteros que los siento totalmente míos porque me dicen a mí mismo, me ayudan a saber quién soy; cuando los recito parece que yo los estuviera componiendo porque los vivo. La cultura es auténtica cuando revive en nosotros”.

Por otra parte, en su imprescindible libro Verdad y mentiras en la literatura, el gran narrador y ensayista húngaro Stephen Vizinczey nos dice algo todavía más concluyente al respecto: “Leer es un acto creativo, un continuo ejercicio de la imaginación que presta carne, sentimiento y color a las palabras muertas de la página; tenemos que recurrir a la experiencia de todos nuestros sentidos para crear un mundo en nuestra mente, y no podemos hacerlo sin involucrar a nuestro subconsciente y desnudar nuestro ego”.

En otras palabras, leer no es un acto inocuo. La lectura es algo más que buscar respuestas inmediatas para solucionar dudas pasajeras. La lectura verdadera va más allá de la consulta ocasional y nos conduce, a la larga, a tener más respuestas que las que presuponíamos cuando fuimos al estante únicamente para obtener y transcribir información. La lectura, nos forma, nos transforma, mientras que la simple información (estoy pensando, desde luego, en la que ponen a nuestro alcance los medios electrónicos) muchas veces nos deforma.

En su magnífica propuesta “Por una ley del libro”, Gabriel Zaid ha insistido en la necesidad de que la escuela propicie y no desaliente la lectura. En uno de los artículos posibles de lo que el autor llama un borrador de criterios para invitar a la discusión pública, asienta: “la enseñanza primaria formará lectores de libros que sepan cuando menos acudir a una biblioteca, escoger un libro, leerlo, cuidarlo, escribir un resumen y devolverlo, así como consultar un diccionario y un directorio telefónico”.
Lo que nos señala este inteligente crítico de la sociedad es que uno de los primeros pasos para convertir al libro y a la lectura en asuntos importantes para la vida, es reconocer que el sistema educativo mexicano no ha sido muy afecto a promoverlos. El reconocerlo es situar al menos el problema.

No deja de ser paradoja incongruente el hecho de que las escuelas tengan hoy un espacio y tiempo principalísimos para que los niños se adiestren en las computadoras y para que en un futuro se vuelvan expertos en informática, pero a cambio no cuenten con un espacio y un tiempo similares para que se ejerciten en los libros y, con la práctica habitual, se vuelvan expertos lectores.

Si se ha de alfabetizar a los niños en el uso de los medios digitales, es importante también, y por principio de cuentas, que se les alfabetice en la función de la lectura, pues, tal y como lo ha advertido Gabriel Zaid, “ni las computadoras más veloces dan la perspectiva de conjunto que puede dar el registro rápido de un libro, con la misma facilidad. Uno se impacienta, explorando los archivos de una computadora: no es tan fácil hojear el contenido… En un libro, se busca y se encuentra más fácilmente. Lo cual resulta irónico, después de celebrar la superación de la ‘escritura lineal’ (Marshall McLuhan). Nada requiere más ‘lectura lineal’ que la televisión, las cintas y los discos. A diferencia de los libros (y de los cuadros), no admiten el vistazo global. Son un retroceso a los rollos antiguos, como los del Mar Muerto, que, para ser leídos, tenían que ir pasando de un carrete a otro. Pero lo más irónico de todo es ver que las maravillas electrónicas se venden con un instructivo impreso. Ningún libro se vende con instructivos electrónicos que faciliten su lectura”.

Existe la falsa creencia de que los libros son importantes en la medida en que podemos aplicar de un modo inmediato las enseñanzas de sus páginas. En realidad, hay libros informativos (muchos de ellos de los llamados de texto) que nos entregan soluciones prontas a problemas específicos; pero el mayor beneficio de los libros no es el de la inmediatez, sino el de la formación paulatina que no sólo nos resuelve un problema particular sino que nos enseña a vivir mejor y nos ofrece la posibilidad de ser mejores personas. Así de simple, pero también así de complejo.

La lectura, la simple lectura, la peligrosa lectura, sólo tiene posibilidades de hacernos mejores si se nos convierte en una adicción. En vez de la lectura informativa, para solucionar una tarea inmediata, la lectura formativa, la lectura morosa, y amorosa, que no sirve aparentemente para nada pero que nos transforma y nos confiere mayor sentido dentro de la realidad y dentro de la imaginación. Y, desde luego, no únicamente libros de ficción literaria, sino de todas las materias (filosofía, psicología, religión, astronomía, matemáticas, geografía, historia, etcétera) que nos enriquecen el mundo y nos hacen más reales.

Olvidamos lo inmediato, lo que llegó a nuestra mente para resolver una tarea escolar y conseguir una buena calificación; pero retenemos en lo más hondo de nuestra conciencia y nuestra emoción las imágenes, los sentimientos, los saberes, etcétera, que llegaron a nosotros a través de la lectura placentera que nos abrió universos insospechados, mundos ignorados y que le dio sentido a la existencia y se la sigue dando más allá de la lectura, pues, como bien se ha dicho, cultura es todo aquello que permanece en lo más profundo de nuestra experiencia luego de que hemos olvidado todo lo leído.

Las bibliotecas públicas en México deben modificar, ciertamente, sus funciones para lograr que los niños, los adolescentes y los jóvenes sean lectores verdaderos y no únicamente usuarios de lo inmediato. Pero este cambio no puede asumirse, por sí solo, desde las bibliotecas; es un cambio pedagógico, educativo y cultural; es un cambio que involucra a la escuela y al concepto de educación; un cambio que pone en crisis al sistema educativo completo y le exige que defina su propósito, su interés y su más trascendente filosofía.

Con ello, debemos reconocer que el lector asiduo, el lector frecuente no lee nada más para obtener la recompensa inmediata de la información, sino como parte de un hábito placentero a través del cual se siente bien y disfruta más plenamente la existencia. Si leer no nos sirve para vivir mejor, para estar mejor en el mundo, entonces muy poco sentido tendría el proponer su costumbre.

El hábito de la lectura no ve la obligación ni el afán de información como la fuerza y el objetivo primordiales al entrar en contacto con un libro. El verdadero hábito de la lectura es una costumbre que no admite ni impulso coercitivo ni disposición de urgencia.

En su ilustrativa y muy interesante Historia del alfabeto, A. C. Moorhouse advierte que debe aceptarse por descontado que la memoria de los analfabetos se halla con frecuencia más desarrollada que la de las personas alfabetizadas. Como prueba de lo que dice nos pone el ejemplo de los poemas de Homero y de otros poetas antiguos que eran recitados de memoria por los bardos, sin ayuda alguna de la escritura. Y concluye que “el advenimiento de la escritura propiamente dicha originó una relajación en el cultivo de la memoria, que al principio fue considerada como una pérdida lamentable”, pero que, conforme la escritura amplió y diversificó el conocimiento, también amplió el horizonte de la memoria.

Si tuviésemos que responder a la pregunta “¿Qué y por qué están leyendo los niños y jóvenes de hoy?” y, acto seguido, responder también el tema particular de esta participación: “¿Qué y por qué están leyendo los niños y jóvenes de hoy en las bibliotecas públicas?”, tendríamos que reconocer que dentro de lo poco que se lee en el ámbito general, en la sociedad mexicana en su conjunto, se lee todavía mucho menos en las bibliotecas públicas, y que aquello que se lee es necesario diversificarlo más allá de la puerilidad y de la falsa creencia, muy difundida en estos tiempos, de que los clásicos ya no tienen nada que decir y de que los niños y los jóvenes se espantan con ellos. No es verdad: de lo que se espantan los niños y los jóvenes, y esto hay que reconocerlo también, es de ciertos esquemas ineficaces y rolleros diseñados para incorporarlos a la lectura “productiva”, de las disertaciones pedantemente infantilizadas o puerilmente adultas que pretenden difundir un placer, un vicio, una adicción con argumentos insulsos y aburridos. Leer para adquirir importancia o para parecernos lo más exactamente posible a los graves es una de las promesas más desquiciadas y nefastas. La verdad es que, para que tenga sentido liberador, la lectura gozosa del niño, el adolescente o el joven únicamente tendría que llevarlos a encontrarse y a conocerse a sí mismos. No leer para crecer, sino para ser mejores.

A la manera socrática de Italo Calvino hay que decirle la verdad a la gente (niños, jóvenes, adultos) acerca de la lectura “para que no se crea que los clásicos se han de leer porque ‘sirven’ para algo. La única razón que se puede aducir es que leer los clásicos es mejor que no leer los clásicos”.

“Y si alguien objeta –concluye el escritor– que no vale la pena tanto esfuerzo, citaré a Cioran…: ‘Mientras le preparaban la cicuta, Sócrates aprendía un aria para flauta. –¿De qué te va a servir? –le preguntaron. –Para saberla antes de morir’”.

Hay quienes, bienintencionadamente, con argumentos de profesionales, aseguran que leer es menos útil que informarse. Grave asunto. Los que leen también se informan. Se informan de muchas más cosas que las que entrega, inmediatamente, la simple información, pues la lectura no nos responde nada más aquello que le preguntamos sino también aquello sobre lo que no teníamos previsto interrogarla.

En fin, el tema de la lectura también engendra sus guerrillas intelectuales y sus bastillas culturales. Hay abundancia de elaborados argumentos de pedante puerilismo y no menos profusión de serias disquisiciones (serias por rígidas, por ceremoniosas, por adustas, por hoscas; no por profundas) que de tan solemnes y afectadas parecen resueltamente encaminadas a negar todo placer. La lectura, y su respectiva reflexión, se convierte, así, según sea el caso, en una feliz simpleza que no admite el más mínimo proceso racional, o en un acto escrupuloso, casi puritano, de disciplina productiva y de valeroso deber patriótico. Que sea menos, por favor.

Para decirlo francamente y sin severidad pero con toda la claridad posible, habría que tomar prestadas unas limpias palabras de Fernando Savater, a manera de reflexión final:

“Vivimos entre alarmantes estadísticas sobre la decadencia de los libros y exhortaciones enfáticas a la lectura, destinadas casi siempre a los jóvenes. Hay que leer para abrirse al mundo, para hacernos más humanos, para aprender lo desconocido, para aumentar nuestro espíritu crítico, para no dejarnos entontecer por la televisión, para mejor distinguirnos de los chimpancés, que tanto se nos parecen. Conozco todos los argumentos porque los he utilizado ante públicos diversos: no suelo negarme cuando me requieren para campañas de promoción de la lectura. Sin embargo, realizo tales arengas con un remusguillo en lo hondo de mala conciencia. Son demasiado sensatas, razonan en exceso la predilección fulminante que hace ya tanto encaminó mi vida: convierten en propaganda de un master lo que sé por experiencia propia que constituye un destino, excluyente, absorbente y fatal.”

La lectura es otra cosa, concluye el escritor y filósofo español, porque “lo que parece haberse perdido no es el hábito aplicado de leer, sino la indócil perdición de antaño. Ante los educandos, uno repite los valores formativos e informativos de los libros, para no asustar. Pero se calla lo importante […] La lectura es otra cosa. Quien la probó, lo sabe.” LC


 

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