Gregory Zambrano
Novela
y violencia en
América Latina desde
una perspectiva japonesa
Entre
los diversos escenarios que plantea el estudio de las obras literarias
se encuentra el de la perspectiva. El punto de vista, el ángulo
de aproximación, la inmersión o el distanciamiento, son
formas posibles de urdir un discurso metatextual que de cuenta de un fenómeno
y se adentre en sus representaciones. Las obras literarias son concreciones
de un mundo de imágenes, de posturas e imposturas, de sueños,
de preguntas; en fin, un universo hecho de palabras que tiene sentidos
múltiples; por ello, inmensamente ricos e inagotables.
Pero cuando ese universo
está connotado por fenómenos que, como el de la violencia,
son vistos a la luz de la historia, éstos se convierten en un punto
crítico desde el cual la mirada se torna interrogante. La búsqueda
de respuestas se convierte en una forma de acercarse a un país,
a una cultura y a unas maneras de decir.
La novelística
de la violencia en América Latina (Mérida, Venezuela,
Consejo de Publicaciones de la Universidad de Los Andes-Japan Society
for the Promotion of Sciences, 2005, 330 p.), es un estudio del académico
japonés Ryukichi Terao (Nagoya, 1971) que centra su mirada entre
dos perspectivas genéricas y formales: la ficción y el testimonio.
Sobre esas columnas se cimienta un observatorio desde el cual se radiografían
tres realidades del continente latinoamericano: México, Colombia
y Venezuela. La novela es el pre/texto desde el cual se teje un intrincado
juego de relaciones que permiten conceptualizar el fenómeno de
la violencia. En sus rostros diversos se articula una perspectiva desde
la cual la literatura sirve como un espacio privilegiado para plantear
nuevos interrogantes: ¿Cómo se enfrenta el novelista a la
realidad que vive por medio de su creación? Es una pregunta fundamental
para reflexionar sobre la esencia del género literario novela,
que ha estado tan en boga en estos últimos dos siglos, nos espeta
Terao en el primer escaño de su lectura. Las respuestas van hilando
conjeturas para plantearnos un recorrido donde autores y obras son revisitados,
codificados, puestos en diálogo con la historia, con el presente
y el pasado para revelar una de las metáforas más terribles
que definen lo latinoamericano: la violencia.
El libro establece un puente
para mirar hacia el pasado. Busca las raíces de la novelística
latinoamericana desde la tardía aparición del género,
estrechamente comprometido con la realidad social desde su comienzo. Así
El Periquillo Sarniento (1816), de José Joaquín Fernández
de Lizardi, se suele citar entre los intentos incipientes de novelar desde
una realidad nueva, contradictoria y compleja.
El estudio se pasea rápidamente
por algunos momentos significativos, reconocidos por la historiografía
en la conformación del género. Éstos aparecen vinculados
a fenómenos como el regionalismo, el criollismo
o el modernismo, que establecieron el necesario pacto entre
escritura y lectura para propiciar su propia dialéctica en la producción
de sentidos. Tales sentidos eran juzgados a priori como reflejos
de lo real, y más específicamente asumidos como un reacomodo,
muchas veces simplista, de la llamada realidad social.
El desarrollo del género
atraviesa diversas formas de representación de la violencia. En
la mayor parte del siglo XIX los países de América Latina
confeccionaron una seguidilla de hechos como causa y consecuencia de las
guerras civiles, los golpes de Estado y las revoluciones. Desde inicios
del siglo XX, los relatos ficcionales se basaron en acontecimientos históricos
y empezaron a mostrar de manera recurrente algunos episodios de la historia
reciente para darle sentido verídico a los hechos novelescos.
Allí se funda una tradición que arranca con
la llamada novela de la Revolución Mexicana, en la cual se articula
un cúmulo importante de obras cuyo signo arrancó hacia 1915
con Los de debajo, de Mariano Azuela, y que de alguna manera dura
hasta nuestros días en la obra de Carlos Fuentes, Jorge Volpi y
Juan Villoro.
Pero no muy lejos en el espacio
y en el tiempo, en la Colombia de 1948, se prendió una llama cuya
chispa inicial se llamó el Bogotazo, y que dio origen
a una saga narrativa de gran corporeidad, denominada novela de la
violencia colombiana. Y más cerca aún, los hechos
suscitados por la represión, el encarcelamiento y la muerte que
tuvieron su expresión en Venezuela al culminar la dictadura de
Marcos Pérez Jiménez en 1958. De estos tres hitos, la investigación
de Ryukichi Terao registra y pone en relación más de tres
decenas de obras literarias.
El objetivo de este trabajo
es historiar, confrontar, relacionar y, finalmente, establecer comparaciones
entre las obras de los tres países. Para el autor, hacer énfasis
en los tres conjuntos novelísticos consiste en analizar el
proceso de transformación que siguió el género novela
en la literatura latinoamericana para destacar algunas características
de su evolución (utilicemos este término en
el sentido más amplio y sin asociarlo necesariamente con la idea
de progreso) en el siglo XX. Esa conciencia lo lleva
a establecer el proceso de cambios estructurales del género en
concordancia con obras críticas e históricas pioneras en
el estudio sistemático del género y sus repercusiones, tales
como las de Enrique Anderson Imbert (Historia de la literatura hispanoamericana,
2 T., 1961), John S. Brushwood (The Spanish-American Novel: A Twentieth-Century
Survey, 1975) o Jean Franco (Historia de la literatura hispanoamericana:
a partir de la independencia, 1987), pero con un sentido crítico,
pues no sólo cuestiona que estas obras muchas veces no superan
el hecho de acumular datos sobre ciertos autores representativos,
sino que evitan fijarse en los rasgos estructurales de las novelas.
Terao advierte la falta
del análisis concreto y profundo del texto, pues estos estudios
no llegan a aclarar bien las transformaciones estructurales que tuvo el
género, y su discusión se fundamenta frecuentemente sólo
en ideas demasiado generales o impresiones meramente personales.
En su opinión, los historiadores clásicos de
la novela latinoamericana padecen un defecto problemático: sus
estudios presentan la historia de la novela en América Latina sin
prestar atención a las particularidades regionales, como si todos
los países latinoamericanos siguieran exactamente el mismo proceso,
y se ocultan rasgos cuya importancia radica en el modo como se establecen
sus diferencias.
Insiste en que el problema
radica en la acumulación de datos en lugar de fundamentarse en
el análisis textual para revisar el proceso de cambios estructurales.
Y esto, por supuesto, va más allá del estudio particular
de cada país y también se basa en la necesidad de superar
el criterio positivista decimonónico que hasta hace
poco tiempo había regido los intentos de escribir la historia de
la novela en nuestro continente.
Aunque reconoce el valor
de los trabajos de conjunto precedentes, Terao se deslinda del camino
de sus predecesores; explícitamente advierte: no debemos
seguir el camino trazado por los historiadores tradicionales de la novela
que, por más información interesante que nos puedan ofrecer,
no llegan a formular reflexiones de carácter teórico. El
problema esencial de los estudios tradicionales de la historia literaria
consiste, a nuestro modo de ver, en que los investigadores suelen confiarse
ingenuamente en el valor de ser exhaustivos, cuando en realidad la simple
información acumulada sin principio no nos conduce a ningún
planteamiento teórico que nos sirva como orientación para
desarrollar más investigaciones.
La intención de este
trabajo es comparatística. Busca una aproximación al problema
de la evolución del género. Y plantea un problema que está
bastante expuesto en los estudios teóricos sobre la literatura:
¿cómo los novelistas integran un acontecimiento histórico
a sus creaciones o cómo lo convierten en una obra de ficción?
Para ello, acude a sus guías tutelares, no sin cuestionamientos
críticos: Ariel Dorfman, Imaginación y violencia en América
Latina (1970), Rafael Conte, Lenguaje y violencia: introducción
a la nueva novela hispanoamericana (1971), Guansu Sohn, La novela
colombiana de protesta social (1978), y Ángel Rama, Transculturación
narrativa en América Latina (1983) o Literatura y clase
social, del mismo año.
Cuando intenta precisar la
evolución de un género como la novela, Terao
abona un terreno bien delimitado en torno a la violencia política,
no sólo en la búsqueda de un análisis comparativo
entre obras narrativas de varios países, sino
un estudio diacrónico que tiene
en cuenta el proceso evolutivo, puesto que se trata de un fenómeno
literario que tiene suficiente duración temporal en todos los
casos. La Revolución Mexicana, que entró al escenario
de la novela de aquel país con [las] obras de Mariano Azuela,
siguió siendo un tema pertinente hasta la década de 1960
a través de varias generaciones de novelistas. La novela de la
violencia en Colombia empezó a destacar su presencia alrededor
del año 1950 para ocupar un lugar central en la literatura colombiana
durante más de dos décadas. La novela de la violencia
venezolana también duró más o menos 20 años,
aunque no constituyó precisamente la corriente predominante de
la época, como sucedió con la novela de la violencia colombiana.
Visto el fenómeno
de la violencia en el tiempo y los modos como ésta se ha representado
ficcionalmente, se puede entonces advertir como una forma
de resignificación del proceso en tanto estabilización y
distanciamiento. Explica Terao: un acontecimiento extraordinario
enceguece en la etapa inicial a los novelistas que se enfrentan a él
sin poder tomar suficiente distancia, de manera que caen en un realismo
ingenuo y periodístico al tratar de reproducir fielmente
lo sucedido, pero con el tiempo aprenden a tomar distancia para emprender
un análisis más objetivo y reflexivo sobre el proceso histórico
que lo engendra.
Y no sólo desde una
perspectiva historiográfica Ryukichi Terao se aproxima al impacto
de las novelas en el circuito discursivo de la historia literaria, sino
que auxiliado por elementos teóricos como las nociones de campo
(champ) y de autonomía, a partir de algunas
de las propuestas del sociólogo francés Pierre Bourdieu,
describe el proceso de transformación novelística en relación
con los cambios de la situación social en la cual todos los novelistas
están inmersos aunque pretendan evadirse de ella.
Desde ese punto de vista,
la novelística latinoamericana se concentra en su autonomía,
sobre todo a partir de la década de 1920 y hasta comienzos de 1970,
que son las coordenadas cronológicas de este estudio. El autor
toma como muestra sólo tres obras de cada uno de los tres conjuntos
novelísticos del continente. Sin dejar de expresar que dicho criterio
es arbitrario, está convencido de que el mismo podría asumirse
como un criterio de representatividad en el sentido de que la selección
es estratégica porque todas son obras que marcan de una u otra
manera una etapa específica de la evolución y que, por lo
tanto, convienen para el propósito de aclarar el proceso dinámico
de la novela.
Con estos criterios, el autor
se adentra en el corpus narrativo. Dedica su énfasis crítico
a obras consideradas clásicas por la crítica en cada uno
de los países. De México selecciona Los de abajo
(1915), de Mariano Azuela; El luto humano (1943), de José
Revueltas, y La muerte de Artemio Cruz (1962), de Carlos Fuentes.
No sin lamentar que quedan fuera obras tan importantes como La sombra
del caudillo (1929), de Martín Luis Guzmán; Al filo
del agua (1947), de Agustín Yáñez y, sobre todo,
Pedro Páramo (1955), de Juan Rulfo. De la narrativa colombiana
elige Viento seco (1953), de Daniel Caicedo; El coronel no tiene
quien le escriba (1957), de Gabriel García Márquez,
y Cóndores no entierran todos los días (1972), de
Gustavo Álvarez Gardeazábal. A conciencia de haber dejado
fuera otras obras muy conocidas, relacionadas con la temática de
la violencia, tales como El Cristo de espaldas (1952) y Manuel
Pacho (1960), de Eduardo Caballero Calderón; El día
del odio (1952), de José Antonio Osorio Lizarazo, y El día
señalado (1966), de Manuel Mejía Vallejo.
Finalmente, de la narrativa
venezolana incorpora La muerte de Honorio (1963), de Miguel Otero
Silva; Se llamaba SN (1964), de José Vicente Abreu, y País
portátil (1968), de Adriano González León. Y
considera de manera excepcional a Cuando quiero llorar no lloro
(1970), de Otero Silva, con la cual establece relaciones de diversa índole.
El interrogante inicial de
este libro subyace a lo largo de todo el discurso crítico. La perspectiva
histórica y la comparación son los dos elementos que articulan
las reflexiones y arriesgan las hipótesis sobre las transformaciones
estructurales de la novela como género a partir de ejemplos concretos.
La novelística
de la violencia en América Latina es un estudio enjundioso,
documentado, preocupado por establecer vasos comunicantes con la historia
y el proceso literario, y corresponde a una dilatada investigación
que el académico japonés emprendió en cada uno de
los países objeto de su estudio. Para volver a las premisas del
comienzo, la perspectiva de Terao no deja de ser interesante por cuanto
deviene aproximación desde la academia japonesa, la cual, hasta
donde sé, no tiene antecedentes en el tema, en el estudio sistemático
y en el esfuerzo documental. El trabajo nos permite conocer una reveladora
perspectiva desde la cual un académico japonés mira a Latinoamérica,
a su historia y a su cultura, representada en el frondoso caudal de su
narrativa. LC
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