Francisco Tejeda Viaña

 

Charles Bukowski, pensador decadentista

 

Introducción

Posiblemente, Bukowski es el poeta y escritor maldito más leído de los últimos años, en especial a partir de su muerte, en 1994. La fluidez y sencillez de su escritura, así como la crudeza con que describe su mundo, hacen que leer un cuento o un poema suyo produzca la sensación de beber un vino barato o una cerveza. Con todo, su lectura procura un placer un tanto superficial que nos permite celebrar con el escritor el orgullo de ser un perdedor. Bukowski invita a la borrachera de los rezagados del sistema capitalista. Podemos ser gordos, feos, pobres, borrachos o desempleados, y a pesar de eso se puede subsistir, tener sexo con una puta tan perdedora como uno mismo y no aspirar a nada; sin embargo, también se puede esperar todo. Uno se puede sentir a gusto siendo así.

Después de leer a Bukowski viene la resaca, y esa precaria sobriedad da paso, a su vez, a un deleite más personal todavía, el del encuentro con el pensamiento, el análisis y las sentencias que hay en la obra del escritor. Es decir, luego de sumergirse en el contexto de la podredumbre, el lector descubre a un escritor de ideas. Así, la decadencia no renuncia a un estado de conciencia. O, en otras palabras, la vida de Bukowski cobra interés cuando éste la escribe, y su lectura favorece la reflexión cuando se alcanza la sobriedad, se hace a un lado el estereotipo beatnik (del que Bukowski renegó) y dejamos de recrear su narrativa en nuestro propio contexto, y hacemos a un lado la botella y a la "puta que nadie quiere". Es entonces cuando vemos a un filósofo más bien involuntario que invita a dialogar y a explorar la concepción de cuestiones como la vida, la muerte y el arte, las cuales pueden derivarse de la reflexión que hace el escritor sobre su escritura.

Se puede ubicar a Bukowski en el contexto del pensamiento decadentista, partiendo del ensayo de Norberto Bobbio sobre el existencialismo, donde define al decadentismo como un estado de decepción, desorden y confusión espiritual ante los paradigmas vigentes. Tal como ocurre en Bukowski, el decadentista "hace de la crisis no el objeto de reprobación, ni un trampolín para un salto hacia delante, sino que la hace su propio destino, su último refugio y encuentra en esta degradación su complacencia y casi una exaltación de su propia falta de sostén." (Bobbio, 1992: 12)

Bobbio ubica al existencialismo como camino para afirmar teóricamente el decadentismo. Bukowski sería entonces un manifestante de cierto decadentismo, en el que se puede apreciar una filosofía poética que brota de un estado de ánimo y no de la crítica dura; hay pues una evocación más estética que lógica. De manera que existencialismo y decadentismo poético son términos cercanos: "El existencialismo representa, también, una rebelión tardía, contra el gusto ilustrado hacia la razón y el conceptualismo de la filosofía tradicional, así como el decadentismo poético se revela contra el clasicismo poético, la retórica y el conceptualismo decorativo." (Bobbio, 1992: 21)

La vida y la filosofía

Henry Charles Bukowski nace en Andernach, Alemania, el 16 de agosto de 1920. A los dos años ocho meses de edad emigra con su familia, por motivos económicos, a Estados Unidos. En Los Ángeles pasará la mayor parte de su vida. Su padre, un militar norteamericano, y su madre, una costurera alemana, lo criarán en un ambiente de hostilidad y maltrato. Gran parte de esta etapa de su vida la relata en su novela Ham on rye, que en español fue traducida como La senda del perdedor. Bukowski describe a su padre como un hombre tosco y desdichado que se creía superior a las personas que servía y a los vecinos del barrio en que vivía; además, era un hombre sádico y cruel que le pegaba por las faltas más insignificantes —solía llevarlo al cuarto de baño y golpearlo con un suavizador de navajas—. La madre contemplaba las palizas sin inmutarse y cuando el niño lloraba pidiendo clemencia, ella le decía que su padre sabía lo que hacía. A raíz de esto odió a su padre y le perdió el respeto a su madre.

Entrando a la pubertad, el rostro de Bukowski se llena de acné, lo cual lo lleva a ser un muchacho retraído que causa cierto desagrado en los demás, en especial en las niñas. Recuerda que la única persona que lo trataba con amabilidad era la enfermera que lo atendió durante su tratamiento. Los médicos lo trataban como si fuera un monstruo, y cuenta que ensayaban en él dolorosas técnicas nuevas sin tener en cuenta sus sentimientos, y que él se resistía a llorar pues aprendió a controlarse soportando las palizas que recibía en casa. Con el tiempo, logró aguantarlas en silencio, lo cual confundió a su padre, quien eventualmente dejó de golpearlo. En su lucha contra el dolor, el niño desarrolló una especie de estoicismo ante la adversidad que se convirtió en un rasgo esencial de su carácter.

Contrario a lo que se afirma, Bukowski perdía raramente los estribos, salvo cuando estaba borracho. Howard Sounes, en el prólogo que hace al libro Bukowski, una vida en imágenes, afirma: "daba por hecho que casi todo el mundo lo iba a decepcionar y le iba a hacer daño (la mayoría de los seres humanos valen una mierda, afirmaba), de modo que no tenía sentido perder la dignidad." (Sounes, 2001: 26)

Debido al problema del acné, que no sólo le causó el rechazo de los demás jóvenes, no podía asistir muy seguido a la escuela. Durante sus trayectos al hospital descubrió la biblioteca pública de Los Ángeles, donde encontró consuelo y diversión en la literatura. Escribe: "las palabras no eran obtusas, sino cosas que hacían vibrar tu mente. Si las leías y permitías que su hechizo te embargara, podías vivir sin dolor, con esperanza, sin importar lo que pudiera sucederte." (Sounes, 2001: 28). Es también en esta época, cuando tenía alrededor de los 16 años, que descubre su segundo consuelo: el alcohol. Su apariencia tosca lo ayudaba a conseguir con facilidad que se le sirviera en los bares.

Afirma haber leído en la biblioteca de Los Ángeles toda clase de libros, incluyendo algunos de filosofía. En el poema "Días como navajas, noches llenas de ratas", comenta al respecto:

Siendo muchacho dividí en partes iguales el tiempo entre los bares y las bibliotecas; cómo me las arreglaba para proveerme de mis otras necesidades son un acertijo; bueno, simplemente no me preocupaba demasiado por eso —si tenía un libro o un trago entonces no pensaba demasiado en otras cosas— los tontos crean su propio paraíso. En los bares, pensaban que era rudo, quebraba cosas, peleaba con otros hombres, etc… en las bibliotecas era otra cosa: estaba callado, iba de sala en sala, no leía tantos libros enteros sino partes de ellos: medicina, geología, literatura y filosofía. Psicología, matemáticas, historia, otras cosas me aburrían. Con la música, estaba más interesado en la música y en la vida de los compositores que en los aspectos técnicos…, sin embargo, era con los filósofos con los que me sentía en hermandad: Schopenhauer y Nietzsche, incluso aquel viejo difícil-de-leer, Kant; encontré que Santayana, bastante popular en aquella época, cojeaba y era aburrido; con Hegel realmente tenías que escarbarlo, sobre todo con una resaca… (Bukowski, 2002)

Cerca ya de su muerte, en el diario El Capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco, comenta acerca de la filosofía:

He estado leyendo a los filósofos. Son realmente tipos extraños, divertidos y alocados, jugadores. Descartes llegó y dijo: estos tipos nos han estado largando pura mierda. Dijo que las matemáticas eran el modelo de la verdad absoluta y auto-evidente. El mecanismo. Luego llegó Hume con su ataque contra la validez del conocimiento causal científico. Y luego, Kierkegaard: "Introduzco el dedo en la existencia; no huele a nada. ¿Dónde estoy?" Y luego llega Sartre, que afirmaba que la existencia era absurda. Adoro a estos tipos. Sacuden el mundo. ¿No les entrarían dolores de cabeza, pensando así? ¿No les rugía una avalancha negra entre los dientes? Cuando agarras a estos tipos y los pones junto a los hombres que veo caminar por la calle o comer en los cafés, o aparecer en la pantalla del televisor, la diferencia es tan grande que algo se retuerce dentro de mí, me da una patada en las tripas. (Bukowski, 2004: 13-14)

La única crítica a la filosofía que el autor hace en este mismo diario es la siguiente:

Me gusta la manera en que los filósofos desmontan los conceptos y las teorías que les han precedido. Lleva pasando desde hace siglos. No, ése no es el camino, te dicen. Es éste, sigue y sigue, y parece muy razonable la manera en que todo sigue adelante. El principal problema, para los filósofos, es que deben humanizar su lenguaje, hacerlo más accesible, porque entonces los pensamientos se iluminan mejor, se hacen todavía más interesantes. Creo que están aprendiendo que es así. La sencillez es la clave. Cuando escribes debes deslizarte. Puede que las palabras se retuerzan y entrecorten, pero si se deslizan, entonces hay un cierto encanto que lo ilumina todo. La escritura cuidadosa es escritura muerta (Bukowski, 2004: 47).

Howard Sounes afirma que es en este tiempo de juventud cuando Bukowski descubre en la biblioteca la novela de John Fante Ask the dust. El protagonista es un joven que aspira a ser escritor y que se va a vivir a Bunker Hill, un barrio marginal cerca de Los Ángeles, en busca de amor y de otras experiencias sobre las cuales escribir. Es a partir de la lectura de ese libro que Bukowski decide rentar una habitación en un decrépito edificio de Bunker Hill, conseguir trabajos de obrero en varias fábricas y en las cocheras del ferrocarril, y además comienza a hacer sus primeros escritos. Tiempo después, tal como el protagonista de la novela de Fante, Bukowski inicia una serie de viajes en autobús por Estados Unidos, para recoger más experiencias sobre las cuales escribir. En la novela Factotum y en varios cuentos relató sus aventuras de esos viajes. Cabe destacar que fueron viajes intermitentes, pues dejaba Los Ángeles durante un periodo no mayor a dos años y regresaba generalmente a la casa de sus padres. Sounes comenta:

[…] eso no le resta valor a la sinceridad y fuerza de su obra, pero es evidente que Bukowski adornaba su vida para obtener material para sus relatos, exagerando episodios difíciles y alargándolos como si estos constituyeran toda la historia. Los hechos reales de los primeros años de su vida, y la literatura que escribió, se entrelazaban creando el mito de que Bukowski era una especie de poeta vagabundo, pero esa no es toda la verdad. Bukowski tenía mucho cuidado con el dinero, y durante casi toda su vida tuvo ahorros en el banco. No era un gran viajero y no existe ninguna prueba de que alguna vez viviera en la calle. De hecho aparte de los viajes que hizo en los años 40, Bukowski raramente se alejó de los escasos kilómetros cuadrados del centro de Los Ángeles, donde había vivido desde niño. (Sounes, 2001: 35)

Justamente, este dato contribuye, en primer lugar, a destacar la cualidad de Bukowski para relatar de una manera que nos hace pensar que es completamente autobiográfica, pero la versión que Bukowski da de sí mismo en sus relatos es distinta a la que da de sí mismo en la realidad, y ésta, a su vez, es distinta a la que nosotros damos de él. Bukowski toma sus vivencias y, al rememorarlas, las reinventa y les da un carácter estético. En La náusea, Jean Paul Sartre afirma:

Cuando uno vive no sucede nada. Los decorados cambian, la gente entra y sale, eso es todo. Nunca hay comienzos […] Para que el suceso más trivial se convierta en aventura es necesario y suficiente contarlo. Esto es lo que engaña a la gente, el hombre es siempre un narrador de historias; vive rodeado de sus historias y de las ajenas, ve a través de ellas todo lo que le sucede, y trata de vivir su vida como si la contara. (Sartre, 2002: 45)

Por otro lado, Bukowski confirma la máxima de que para poder crear arte o reflexión filosófica es preciso, en primer lugar, resolver los problemas más fundamentales de la vida, como lo son comer y tener un cuarto donde vivir. En al menos dos relatos afirma que "mientras tengas por lo menos cuatro paredes, aún tienes esperanza". De ahí que es posible que esta sensatez haya contribuido a la profundidad de sus reflexiones. Bukowski es, en primer lugar, un ser humano que hace lo posible por vivir a su manera lo más a gusto posible hasta el último momento; y estar a gusto a su manera es luchar por hacer habitable el mundo descompuesto en el que vive, como son Los Ángeles de la clase baja y el lumpenproletariado, y la mejor manera de hacerlo habitable es ahogándolo en cerveza y describirlo en su escritura; y al encontrar en la escritura y el alcohol los medios para lograrlo, hace lo necesario por mantener ambos vicios, valiéndose de trabajos mediocres y de las apuestas de caballos, otra actividad que practicó el resto de su vida.

La concepción del arte en Bukowski

Si se retoma la premisa de que su concepción del arte, entre otras cosas, puede derivarse de su concepción de la escritura, y dadas las circunstancias socioculturales en las que vivió, parece que Bukowski considera al arte individual no snob como un acto creativo muy personal, y por tanto, más subversivo que cualquier activismo político o ideológico. Un pequeño poema suyo titulado "Arte" dice: "cuando el espíritu se desvanece, aparece la forma." Ser un creador es en sí un acto de subversión en una sociedad que prefiere masas controlables que estén, además, bien ubicadas, ya sea del lado de la izquierda o de la derecha. En ese sentido, Bukowski, si bien nunca se consideró un artista, se ve a sí mismo como alguien subversivo, pero sin ser militante ni partidario de ninguna ideología en particular. Entre los aforismos, a los cuales él llama "las cajas de cartón", contenidos en su libro Escritos de un viejo indecente, afirma:

La diferencia entre Arte y Vida, es que el Arte es más soportable.
No hay nada tan aburrido como la verdad.
El individuo bien equilibrado está loco.
Un intelectual es un hombre que dice una cosa simple de un modo complicado; un artista es un hombre que dice una cosa complicada de un modo simple.

Bukowski deja claro que el arte no puede tener otro fin que el que le es propio. Y es en el acto de creación individual en que el artista puede recrearse ante la vida. Por ello, arte y política no resultan una buena combinación. En Escritos de un viejo indecente comenta:

Tengan en cuenta esto y tendrán un principio: si se lo tragan todo quedarán liquidados, Dios se bajó del árbol, se llevó a la serpiente y a la tipa buena del Edén, y ahora tenemos a Carlos Marx tirando manzanas de oro desde el mismo árbol, sobre todo maquillado de negro. Sí hay una lucha y creo que la hay, que la ha habido siempre, y es la de los Van Gogh y los Mahler, la de los Dizzy Gillespie, y los Charlie Parker, entonces, por favor, tengan cuidado con sus caudillos, pues hay demasiados individuos en sus vidas que preferirían ser presidentes de la General Motors, a quemar la gasolinera de la esquina. Sólo que como no pueden conseguir una cosa, van por la otra. Son las ratas humanas de siempre que nos han retenido donde estamos. (Bukowski, 2001:66)

Bukowski es un trasgresor en el sentido de que violenta el lenguaje para poder construir su propia concepción de la vida. Eduardo Cohen, en su ensayo Hacia un arte existencial: reflexiones de un pintor expresionista, dice: "Solamente los poetas han logrado eventualmente y a fuerza de trasgresiones atenuar la rudeza de la lengua. Desarticulando la lógica del lenguaje es el modo como la poesía desactiva, en ocasiones, el carácter originalmente despótico de las palabras". (Cohen, 2004: 56)

Además de esta trasgresión al lenguaje, la escritura es para Bukowski un medio para tener los pies en la tierra. A través de lo que reflexiona, su rechazo al sistema del American way of life se reafirma, y esto le da valor para continuar viviendo lo más al margen que le sea posible. La creación literaria se convierte en su arma para mantenerse coherente. En este punto coincide con la concepción que tiene Schopenhauer del arte. Luis Fernando Moreno Claros, en el estudio preliminar al texto Schopenhauer como educador, de Nietzsche, comenta que para este filósofo:

El arte desenmascaraba el mundo y ponía al descubierto su banalidad y sus mentiras, sus engaños y su dolor. Merced a la creación artística, al arte en general, podría alcanzarse a veces un estado de beatitud desde el cual se superaban los dolores de la existencia: el ser humano se transfiguraba y gustaba de un estado parecido al que se obtiene en el súmmum de la santidad, el olvido y la negación total de la existencia, la paz perfecta del alma. Tanto el arte, la vida dedicada a la creación, como la santidad —ligada por entero a la estética— aparecían como ideales permanentes de conducta frente a la fragilidad y el absurdo del vivir común (Nietzsche, 2001: 30).

A su vez, Bukowski coincide con Nietzsche cuando éste afirma que:

No existe en la naturaleza alguna otra criatura más vacía y repugnante que el hombre que se aparta de su genio y no mira sino de derecha a izquierda, hacia atrás y al horizonte. Al final, es completamente ilícito atacar a un hombre así, pues no es más que envoltura exterior carente de contenido, una vestidura ajada, pintarrajeada, hinchada, un espectro aureolado que no suscita temor ni compasión. (Nietzsche, 2001: 25-26)

Sin embargo, Bukowski ve su escritura y el arte en general como algo bastante terrenal; no pretende elevarlos a un estado sublime: los ve de una manera similar a esa metáfora de los materialistas, estudiosos de las ciencias naturales, que decía que "el pensamiento es al cerebro como la orina a los riñones". Tal vez la diferencia aquí es que Bukowski ve al arte como un acto natural con que es posible además trazar una marca de autenticidad, siempre y cuando se esté en la búsqueda constante de ésta. Así, el arte es una buena forma de celebrar la espera de la muerte; además de que es un entretenimiento, un juego de creatividad.

Los animales como los seres más puros de la tierra

Cuando se lee a Bukowski, además de hallar incontables menciones a las apuestas del hipódromo, los boxeadores, las prostitutas y la bebida, también hay menciones a los animales, en especial a perros y gatos. Parece considerarlos las criaturas más nobles del mundo. En ocasiones se compara con ellos y en otras los ocupa para desvirtuar a la sociedad misma. Esta predilección por el lado animal lo acerca un poco al vitalismo nietzscheano, aunque, obviamente, no con la misma complejidad. Hay coincidencia en su visión de la vida como una lucha interminable de fuerzas que es común a todos los organismos vivos. En el poema "La historia de un tremendo hijo de puta", cuenta como recogió un gato de la calle, golpeado, mojado, bizco y aterrorizado. Habla de lo aferrado a la vida que estaba el animal y de cómo, tiempo después, se recuperó sin necesidad de mucho cuidado. En el poema "Perro", dice: "Un solo perro, caminando solitario sobre una acera caliente en el verano, parece tener el poder de diez mil dioses ¿Por qué es así?" (Bukowski, 2002: 98). En donde mejor critica a la sociedad norteamericana, ayudándose de un perro, es en una carta dirigida a su amigo Douglas Blazek:

Los envenenadores de perros son legión, actúan furtivamente, y rara vez los atrapan. Como si no tuviéramos suficiente muerte, ellos juegan sucio con lo poco que hay. ¿Y me querían mandar a la guerra para salvar a tipos como esos? Los envenenadores de perros por lo general son antiguos vecinos de barrio, respetables, religiosos, propietarios, y a menudo sin hijos o con hijos que han crecido y no quieren verlos más. Los envenenadores de perros suelen andar entre los 55 y los 70. La mayoría de ellos amaba a los animales de chicos, pero la sociedad americana y lo que ella extrae del cuerpo, la mente y el alma, puede producir monstruos muy especiales. Casi todos están preocupados por la propiedad y los "derechos de la propiedad", como ellos los llaman. Y como no tienen otra cosa que abrazar, su mundo se reduce a eso. No hace mucho hubo un doctor por acá que aporreó un cachorro hasta matarlo con el mango de su pistola. Ni siquiera era un perro adulto. Y lo hizo abiertamente, en su jardín, con los chicos y la gente mirando. (Yo no estaba ahí). Su excusa fue que el cachorro no tenía derechos en su propiedad. Siendo médico y alimentado con la adoración de la gente hacia los médicos y con sus $$$, resultaba más atrevido y estúpido que sus hermanos mataperros. El caso fue a los tribunales, pero no sé cómo terminó. No lo publicaron o me perdí esa edición. Probablemente fue absuelto o lo multaron con $15. La propiedad, la propiedad. Yo tuve un lindo perro una vez (mitad lobo, mitad Collie, pero amable, amable). Un día lo estaba paseando y él se paró a mear sobre una planta que estaba enfrente de una inmobiliaria de Beverly Boulevard. Yo lo había entrenado para que lo hiciera en los baldíos, pero el meó en la planta. Y salió el tipo de la inmobiliaria gritándome "¡HEY, SACA ESE PERRO DE AHÍ!, ¡HEY, HEY, HEY!, ¡EL PIS ES VENENO, MEÓ MI PLANTA!" Podías oírlo gritar desde Benseville, Illinois. Yo lo miré, miré su cara ¡ácida y sus ojos y su cuerpo colgando ahí! "No controlo el pis de mi perro", le dije con tranquilidad.

"¡Bueno, que mee en otro lado, sácalo!", no me moví. El perro o yo, cualquiera de los dos podría haberlo matado. "Tu arbolito de mierda no se va a morir", le dije. "Y si se muere, te lo pago". "¡¡Saca ese perro de acá!!" Nos quedamos parados hasta que se fue otra vez a contar sus pedacitos de ganancia. A veces pienso que esos tipos casi saben que están muertos, que son feos, que están gastados, y no quieren ver a nada ni a nadie feliz y despreocupado; ni siquiera pueden ver a nadie infeliz, del modo en que nosotros somos infelices. Hay que hacerlo a su manera. Un auto atropelló a mi perro después de mi última separación. Le había dejado el perro a ella. Los animalitos domésticos casi nunca mueren de viejos.

¡Cómo odio este puto mundo y sus modos y sus valores! Blaz, te vas a recuperar del perro (los perros) muertos, pero no de aquello que lo mata. El dinero. La propiedad. Los habitantes muertos de ciudades de horror, locura y miedo. Cristo, Cristo. (Generación, 2003: 40)

Conclusión

Es a través de su escritura como Bukowski va enseñándose a sí mismo el camino para pasarla lo mejor posible mientras la muerte hace su trabajo. Si bien pensar en la muerte lo hace ser más reflexivo, especialmente en sus últimos años de vida, no parece angustiarle demasiado. Dice entonces: "No hay que lamentarse por la muerte, sino por las vidas que la gente vive o no vive hasta su muerte. No hacen honor a sus vidas, les mean encima" (Bukowski, 2004: 99). Así que escribe para hacer su vida soportable en un mundo insoportable, y una máxima que parece exponer a lo largo de los años es que lo más importante que un hombre debe saber es que en realidad nada es tan importante. Esta postura, aparentemente relajada, tiene más la intención de poner en cuestión qué es lo realmente importante, y la respuesta no puede venir más que del propio individuo. En la aparente sencillez de su escritura Bukowski termina por seducirnos en la búsqueda de algo más complejo que está en ella. Refleja al hombre que no espera más allá de lo que puede obtener de este mundo, y este desencanto ante la trascendencia lo mueve a un esfuerzo creativo para salvarse a sí mismo del hastío. Leerlo se parece a una conversación de enfermo a enfermo en que lo último que pretende es salvar a alguien más que a él. En una entrevista comentó: "Cuando escribo, escribo para mí (aspirando de su cigarro), es como esto, el humo es para mí, la ceniza es para el cenicero… eso es publicar" (Generación, 2004). De manera que nosotros sólo somos testigos de esta autocuración.

Bukowski coincide entonces en tres motivos fundamentales de la simbiosis entre decadentismo y existencialismo: el antinaturalismo, el simbolismo y el hermetismo. Antinaturalismo como horror por la banalidad, lo cotidiano y lo convencional; como en la atormentada búsqueda de Kierkegaard por lo "singular". Es decir, categoría metafísica y solicitud vital en que la naturaleza queda rebajada a la condición del mundo de la objetividad y de la necesidad. Simbolismo, entendido a partir de una realidad que no se puede aprehender sino simbólicamente: sólo mediante la interpretación. La naturaleza no vale por lo que la razón y la experiencia aprehenden de ella, pues desde este punto de vista es más bien exasperadamente monótona, uniforme y convencional; lo que vale es precisamente la razón de lo que en ella se revela, de lo que ella es, no como realidad, sino como símbolo. Hermetismo en tanto que se está obligado a crear un lenguaje propio dándole un nuevo uso al lenguaje existente, haciendo más sugestivas y subjetivas a las palabras para que tengan ecos profundos y plasticidad propia, y cuya significación vaya más allá del signo y de la cosa significada: es la necesidad de violentar el lenguaje para poder apropiárselo. Resalta lo escrito entre líneas: "tanto más rico de resonancia formal, cuanto más pobre es de significación real". (Bobbio, 1992: 44) LC

Bibliografía

Bobbio, Norberto (1992), El existencialismo: ensayo de interpretación, México, FCE.
Bukowski, Charles (2001), Escritos de un viejo indecente, Barcelona, Anagrama.
_____ (2002), Poemas del viejo indecente, México, Ed. Independiente.
_____ (2004), El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco, Barcelona, Anagrama.
Cohen, Eduardo (2004), Hacia un arte existencial; reflexiones de un pintor expresionista, Barcelona, Antrophos.
Generación (2003), "Homenaje a Charles Bukowski", México, No. 53.
Nietzsche, Friedrich (2001), Schopenhauer como educador, Madrid, Valdemar.
Sartre, Jean Paul (2002), La náusea, Buenos Aires, Losada.
Sounes, Howard (2001), Bukowski: una vida en imágenes, Barcelona, Salamandra.


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