Gregory Zambrano

 

El cadete Vargas Llosa

 

En el laboratorio del novelista se mezclan las dosis de imaginación, las pócimas de realidad, los brebajes documentales, los sueños, los deseos, y unas cuantas pizcas de memoria. Los elementos se combinan, se agitan, se decantan y centrifugan. El lector consume el resultado, pero quiere saber más. Entonces, indaga, hace el proceso inverso, desmonta las piezas, las identifica, las clasifica, pero algo falta. Hay silencios, vacíos, elementos que no encajan, en fin, comienza el trabajo del lector-detective, que intenta, a cualquier riesgo y costo, armar de nuevo el rompecabezas.

Este libro de Sergio Vilela Galván es la historia de un tránsito detectivesco; en él se hallan tramadas muchas historias que forman una suma de voces. La reconstrucción de espacios que en la realidad y la ficción se han convertido en emblemas de la literatura; y la confluencia dinámica de discursos que descansan sobre una dominante: el testimonio, que se incorpora al relato con el objetivo de confirmar o negar, de ampliar o aclarar versiones de los hechos que se esconden en las páginas de una de las novelas más polémicas y significativas de la dilatada obra de Mario Vargas Llosa, La ciudad y los perros.

Por otra parte, está el discurso narrativo que cabalga lo documental. El cadete Vargas Llosa pretende convertir la indagatoria en otra obra de ficción, o más bien una especie de protoficción, donde se intercalan voces, testimonios, entrevistas, investigaciones documentales, fotografías, relatos de viaje y todo un anecdotario que Vilela Galván compendia para acercarse a los enigmas que subyacen en la novela.

Detrás de esta tentativa documental y narrativa, nos encontramos entonces con una no disimulada pasión por los entretelones de la ficción vargasllosiana. Esta pasión impulsa al escritor-detective a desentrañar diversos enigmas en busca de certezas; lo cual intensifica las fricciones entre el sentido de "verdad" que persigue el lector de ficciones, y el reconocimiento de los referentes reales.

Por supuesto, en esta tentativa quizá se esconda la intención de desmontar algunos acertijos con los cuales la crítica literaria ha cimentado toda una suerte de mitología, la cual el mismo Vargas Llosa ha contribuido a fomentar.

Dicho libro, producto de la audacia, el interés y la devoción de su autor, superó lo que en principio fue un ejercicio académico de periodismo literario. La tarea era construir un "perfil" de Vargas Llosa en aquellos años juveniles, cuando ingresó a la VII promoción de cadetes del Colegio Militar Leoncio Prado. Tal interés académico de Vilela Galván lo llevó incluso a perseguir a aquél y auscultar en sus espacios y allegados. Finalmente se produjo el ansiado encuentro, que luego se repetiría de manera más plena, el cual pone frente a frente al escritor y a su lector. Con ello se daría por fin respuesta a las claves de algunos hechos y personajes que están metamorfoseados entre los nombres ficticios que habitan la novela. Muchos de aquellos cadetes del legendario Liceo Militar Leoncio Prado se han visto reflejados; algunos se perciben escondidos y otros se ven plenamente revelados entre sus páginas. Por ello, ese sentido de veracidad que impregna las páginas del libro pone en juego las viejas discusiones, las posibles ofensas, de aquella novela considerada entonces como un collage de mentiras, que causó un fuerte rechazo entre algunos exalumnos y militares y fue objeto de una quema pública de ejemplares.

Vilela Galván inquiere sobre las verdades que se metamorfosean en las ficciones de Vargas Llosa. En la intencionalidad del texto se suman las trayectorias vitales del narrador arequipeño y la estela de mitos que se han ido construyendo a su paso. Esto se entremezcla con la importancia que el periodista otorga al testimonio de los otros, los que estuvieron cerca, los que escucharon, vieron o sufrieron los rigores del liceo, aquellos que conocieron a "Marito", el adolescente que en realidad quería escapar, que no quería ser militar sino marino, el que escribía novelitas pornográficas para entusiasmar a sus compañeros, que escribía desaforadas y efectivas cartas de amor para las enamoradas de sus compañeros a cambio de cigarrillos o monedas y que leía en clases para combatir el tedio bajo la mirada complaciente del maestro.

Desde el punto de vista de los géneros tradicionales, este libro es inclasificable. Se podría leer como un largo reportaje de espionaje literario, como una crónica, como un libro de apuntes para una novela. En sus seis capítulos se van sumando y acondicionando los elementos que sirven a un lector/narrador bastante prevenido, para buscar a los protagonistas de la novela, los agradecidos, los indignados, los indiferentes, para así contrastar las diversas versiones de los hechos.

Todo parece indicar que lo que persigue Vilela Galván es establecer las identidades de aquellos posibles sujetos, históricos y reales, radiografiados total o parcialmente en la novela; hacerlos coincidir con los personajes construidos a partir de ellos, pero con una inserción y trayectoria ficticia. Esto es, buscar el sentido de verdad, escondida en los rostros ya transformados por los años. Por ello impresiona el relato del encuentro de los viejos cadetes, reunidos en el presente, cincuenta años después, en las mismas cuadras, para compartir el mismo rancho, y recontar lo vivido desde aquellos años mientras sacan las cuentas de las ausencias.

Esta intencionalidad va tras las huellas del mismo Vargas Llosa, quien es perseguido por el joven Sergio Vilela Galván en distintos momentos y espacios, desde Lima hasta Francia. Lo mueve su deseo de desentrañar las zonas oscuras, devolverle el rostro a sus personajes, vivir en la realidad la verdad de la ficción, sus espacios y tiempos. Por esta razón también se vale del testimonio de quienes como Vargas Llosa fueron estudiantes del Colegio Leoncio Prado de Lima.

Los antiguos cadetes a quienes llamaban "los chocolateros", por el color de sus uniformes, y que entonces se creían el cuento del prestigio de la carrera militar, ahora cuestionada y desprestigiada desde el presente. De esos informantes obtiene Vilela Galván datos, testimonios, rectificaciones y por supuesto, disidencias; algún testigo anónimo vocifera y contradice lo que Vargas Llosa dijo y que no era cierto. Ante esa "verdad" desafiante, esta historia también se queda en suspenso, con sus narradores, sus máscaras y su conciencia de escritura, que se sustenta en la elaboración artística de una novela que, como La ciudad y los perros, no tenía entre sus propósitos ser ni historia verídica ni espejo para que todos pudieran reconocerse.

Toda la mitología del escritor se reconstruye en el testimonio. Ésta es una sumatoria de voces, que llegan por el concurso de la eficaz indagatoria periodística de Vilela Galván y que conforman una versión, una arista, de lo que entonces afectó a los antiguos cadetes como experiencia de vida. Al mismo tiempo, actualiza lo que ahora son y lo que vive en el imaginario de todos y cada uno de ellos: Pablo Salmón, Luis Valderrama, Ricardo Valdivieso, Ricardo López Mavila, Luis Huarcaya, Enrique Morey, Max Silva Tuesta, Herbert Moebius, Aurelio Laudaure, Víctor Flores Fiol, entre otros. Detrás de ellos se ocultan los personajes, que son a un tiempo símbolos y enigmas, la sombra, el "reflejo", las trazas biográficas de El esclavo, El boa, El jaguar. Así también las reminiscencias de las antiguas enamoradas, las evocadas de manera fantasiosa y etérea en el furor de la juventud, y que aparecen reflejadas, enmascaradas en la novela. Ahora tienen nombres propios.

Sin duda, El cadete Vargas Llosa es un libro imantado que atrapa desde los primeros párrafos. Y quizá, pese al título, habría que señalar que esta obra encierra mucho más de la historia del tristemente célebre Liceo Militar Leoncio Prado que del mismo Vargas Llosa. Desde sus páginas se pretende explicar, exculpar, redimir o defender una impronta que se tejió en las historias narradas de La ciudad y los perros. Finalmente, y como un corolario de la lectura de esta obra, se podría señalar que, a despecho de muchos, Vargas Llosa no escribió una novela contra el Liceo Leoncio Prado, sino que, sin proponérselo quizá, construyó una leyenda sobre sus héroes perdedores. LC

El cadete Vargas Llosa. La historia oculta tras La ciudad y los perros, Sergio Vilela Galván, Santiago de Chile, Planeta, 2003, 229 pp. [Prólogo de Alberto Fuguet].


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