Mauricio Genet GuzmánDiesel RiderMichael Maffesoli nos dice que el nomadismo es una de las condiciones contrasistémicas más persistentes de la sociedad moderna. Una especie de signo sobre la irreductibilidad de los cuerpos. El nomadismo subvierte el orden por el deseo de dislocación inherente al desorden. Más allá de todo hombre-mujer-cifra existe la seducción primigenia del viaje infinito, la mudanza en busca de mejores vientos, las otras flores y todas las metáforas de la curación (Maffesoli, 2001). Si acaso sobrevivimos felices en este Valle de Cuentas Bancarias sobregiradas y el sistema de aire acondicionado atrofia nuestros nervios y músculos es porque degradamos el misterio de andar errantes y no por el encanto videomático de las realidades virtuales. El sedentario olvida rápido la correría; instalado en la superproducción, como diría Deleuze (1991), en la fluencia toda pesadilla lo acompaña. Para Maffesoli habría, según entiendo, una especie de resurgimiento del nomadismo en la sociedad posmoderna, incluso porque se trata de algo que nunca fue proscrito o expulsado definitivamente por la razón totalizante. Nuevas expresiones del errabundo, del Goliardo en la metrópoli, del bardo bajo los puentes, del clochard escarificado, en fin, del trotamundos vinieron a nuestro encuentro e imaginación posmoderna. En realidad estarían contenidos en los mundos contiguos de las correrías nocturnas de nuestra propia adolescencia, en el cinema, desde Buñuel hasta la película Los amantes bajo el puente. Entre esta turba enfebrecida y caótica que siempre miró con repugnancia el espectáculo de los desfiles de modas y que abusó de todo a lo que tenía derecho en los bulevares y se regodeó en las fuentes públicas junto con Dianas cazadoras y artes eclécticos indispensables para la deletérea caída de la modernidad, escenas facinerosas estaríanse reproduciendo y entrando en su decadencia estética sin fin, a cada eventual "Reforma" de la ciudad, a cada atropellamiento anónimo de la ciudad, ellas mismas: la porosidad de la vida social cosmopolita. Contracultura y beatniks de abajo, niños desentumecidos en su jolgorio poético desnudando la ciudad y las premisas del trabajo, desenfundando viejos oficios de la nada por la Nada, descienden por la calle y ascienden por las márgenes, por los periféricos, por las curvas chatarra y los deshuesaderos de vehículos, por el extravío dominguero que parece hormiguero difunto. Este era el encarecido recado del infrarrealismo, movimiento poético mexicano, que acaso muriera en los instintos solovinos de su trajín defeño. Rezumado nihilismo de horchata, jamaica y tamarindo; perlas urbanísimas de una chichimequería sintagmática. Todos esos andares hicieron la nomenclatura del barrio traspuesto, de la luna más allá del zaguán, de la ciudad como remolino que se encoje y se expande a cada sorbo y a la indiferencia nómada de lo que se construye, solidifica y queda (queda significa caída en portugués). Casi todo lo que dice Maffesoli en su libro Nomadismo y vagabundajes posmodernos (2001) me inspira. Pero hay algo que cada vez torna más difícil el paralelismo entre el mítico nomadismo (arte y esfínter) con los traslados laberínticos del hombre moderno en su ciudad posmoderna. No solamente por el hecho de admitir una cierta nostalgia por la vieja tradición del errante; tradición que sólo percibo como épica contrasistémica e irracional de un mundo encantado, que acaso ocurre todavía como vestigio en los intersticios del sistema. Me espanta pensar en una cultura atenida a la técnica y amamantada por la gasolina como campo ludibriacional (lúdico y lúbrico a la vez). Claro que una detonación del sujeto vino acompañada de la velocidad, pero hasta la velocidad parece estarse agotando y hace mucho que se hizo fresa (careta, pija). Sucesión de imágenes como en la película Crash, Cuerpos extraños, la piel y el vértigo, como lo más profundo, encontró su muerte súbita tan pronto se masificó. Cada ultraje en arte, en la plétora del desencanto y el aburrimiento tiende a la forma de su reproducción seriada (Benjamin, 1991). La velocidad se vuelve inmovilidad por un descontrol neuronal, la ráfaga funde el sujeto y de todas las Eras sólo queda el polvo. La velocidad es metástasis, porque la fuga y el atajo que siempre fueron virtudes del nómada tienden a ocultarse en la modernidad, van quedando detrás antes de que nos encuentren. Las sociedades nómadas siempre estuvieron ahí para recordarnos la finitud y extravagancia del placer. Complementarias a veces, pero la mayor parte del tiempo insolubles y mágicas, son rastreadas por Maffesoli en su principio estructural, es decir, son sus fragmentos serpenteantes. Nunca derivativas por el orden, sino por el arrebato, la intuición y la danza perpetua. Un poco como la mítica patagónica de Chatween, donde los pasos reverberan al percutir en el cuero más ancestral que es la tierra. El principio nomádico no puede adaptarse y por eso muere rápido, pero no muere para siempre. El nomadismo muere en la sociedad de riesgo (Cfr. Beck, 1996), pero no en el riesgo ontológico. Al trajinante cada sequía lo exprime y tonifica. Y la abundancia le da la exuberancia permitida. Prodigalidad y escasez no generan conjeturas, sólo aforismos (Nietzsche). Hoy matar un animal congelado se entienda la paradoja cínica es el símbolo de la transformación de nuestra errabundez, nuestras exequias envueltas por una comida segura, fácil. Nuestro desdén por el encanto es el Mad Max dando vueltas en la ciudad, la resaca en el shopping y un viaje telemático, televirtual, tele-aterido. El nomadismo emana de un mundo encantado donde los extremos de la prodigalidad y la escasez derivan de un estado de gracia instalado en el riesgo infinito que es la Consagración. La felicidad en el nomadismo es la "correría" perpetua y se encuentra regida por la incertidumbre de un mundo técnico primario. Cuando las migraciones antiguas cesaron en Europa y las bondades de la vida agrícola nos medio-desencantaron, dio inicio la incineración moderna del alhures (del más allá) del eterno retorno. Sin embargo demoramos varias edades hasta perder la memoria (¿acaso está perdida?) y morir más viejos en las Unidades de Terapia Intensiva. Mad Max no visita las carreterasLa nueva-extasiada joven generación dejó de interesarse por las carreteras. Sustituyó el olor de la tierraseca, tierramojave por el expendio de gasolina. Por experimentarse a sí misma como realidad virtual dejó la aventura, el flirteo con el desastre, la jugarreta, a malandragem quintaesencia del forajido. Antes huíamos y detestábamos la fosilización. Ciertamente hasta la velocidad se ha tornado más reflexiva (Cfr. Giddens, 1991), perdió su sentido místico y dejó de ser un agente molecular de renovación, porque ella está cercada y restringida, como en casi todos los deportes, aventura al máximo de seguridad. "Cuando el aventurero cree que lo incognoscible está asegurado por lo que a él se refiere, no hace sino alentar la versión subjetiva de la convicción fatalista según la cual nuestro destino, que desconocemos, está ineluctablemente prefijado; por eso al hombre sensato el proceder aventurero le parece cosa de locos, porque para tener sentido parece que lo incognoscible es conocido. […] el aventurero genial vive como con un instinto místico, en el punto en donde la marcha del mundo aún no se han diferenciado, por decirlo así, uno de otro" (Simmel, 1988: 18). Ahora, las gasolineras dentro de la ciudad se han tornado el lugar de consumo par excellence. Ellas han sufrido una metamorfosis en las últimas décadas, pero su forma actual ya estaba definida desde los años 50. Recuérdese por ejemplo el desinhibido personaje de la película Il sorpasso, aplanacalles motorizado y los pulidos escenarios de las gasolinerías. Es probable que nunca hayan sido pensadas para simplemente abastecer combustible necesario a la locomoción automovilística. En tanto puntos de encuentro de una nueva sociabilidad siempre incluyeron la fuente de sodas, a lanchonete, la farmacia o en su forma depurada el mini-súper abierto las 24 horas. Con este último implemento la gasolinera ganó un cómplice y preponderancia como sitio donde no se duerme, oferta para aquella generación que asistió al cierre de los viejos bares-restaurantes del centro de las ciudades. Este nuevo montaje, aunque ya reconocimos que no tan nuevo, es en verdad una simulación del centro comercial tipo shopping. En vez del lugar elegido para apearse y tomar alguna bebida, los dueños de gasolineras desarrollaron una nueva estrategia, una escenificación propia para el perambulante, que no es un auténtico nómada posmoderno. Las gasolineras del Viejo Oeste americano, como símbolo de una frontera bien trazada entre el inculto desierto allende y el rudo pero indiscutiblemente más divertido mundo del saloon, futurizó en una comedia de consumo cultural las escenografías Texaco, Shell, Petrobras, Pemex, etcétera. Ahora nadie más se refiere en absoluto al mal olor de la gasolina. ¿Será porque la gasolina ya no huele más como antes? La nueva generación y sus padres y amigos también disfrutan del espectáculo de sus carros y motos estacionados ahí mismo donde llenan sus tanques, toman café, leen el periódico, compran regalos y chocolates y anteojos para el sol, o sacan dinero de los cajeros automáticos. Todo se concentró en el puesto de gasolina. Esta circulación social me recuerda las imágenes de Dostoievski sobre la avenida Nevsky Prospeckt en San Petesburgo de finales del siglo XIX (Berman, 1989). Exhibirse y simular el vagabundaje existencial, flaneurs deturpados, descontraimiento, algo vivo y ebullente pero al mismo tiempo decadente por su carácter plástico saturado de sociedad posindustrial. No es aquella soledad de las gasolineras frecuentadas en las carreteras por los traileros y camioneros de comidas abundantes y grasosas, es el nuevo café con todo pronto, snack-bar, comida empaquetada y bebidas de colores. Así pienso que son todas las gasolineras, aunque esto no es verdad. La centralidad del puesto de gasolina está apareciendo en lugares donde la plaza pública fue deturpada por la proliferación de shoppings en ciudades como Florianópolis (Brasil), en la que vivo, donde la plaza central fue sustituida por la lógica espacial dispersa de los barrios y donde, según la tradición azoriana-portuguesa, la plaza nunca fue tan importante. No sé realmente qué pasó aquí, pero algo tiene que ver con la propaganda turística que la vende como la isla de la magia (una magia al alcance de tu bolsillo, siempre que tu bolsillo sea próspero). En la gasolinera el nomadismo se encuentra virtualizado. La gasolinera semantiza a la nueva tribu, el modus operandi se expresa en la metáfora hiperreal de las 24 horas. El color y la muerte están dentro de las murallas de la ciudad. Despabilo virtual: nuevas correríasEl anquilosamiento, el acomodo causado por el bienestar no ha seducido, desde luego, todas las almas. No como para hacer olvidar la correría, que es diferente de la corrida, cuyo valor antisistémico es inquebrantable. La corrida, aquello en donde se tiene una meta, un objetivo fijo y que luego de alcanzado es celebrado, vitoreado a los cuatro vientos, continúa valiendo como referente en todas las realizaciones sociales. Las nuevas tecnologías no han hecho otra cosa sino disparar y acelerar a los sujetos y a las cosas. La correría en cambio representa el "ethos de la santidad", según la expresión nietzscheana. No sólo porque la correría demuestre un apetito más allá de lo que está colocado en la mesa. Sino porque agrega el delirio y despabilamiento necesario para los sentidos. A través de los hippies recibimos esta herencia que viene de los más antiguos errabundos. La rapidez con la que la piel y el ojo encuentran la seducción del viaje es propia de quien consigue no hacer castillos, ni fundar cualquier tipo de monumento. Es verdad que una de las consecuencias del fin de las Grandes Narrativas emancipatorias es la relevancia del cuerpo como parte del proyecto de auto construcción del individuo. Liberado de toda prisión, el sujeto se defronta con la tarea de seleccionar del variado menú que se le ofrece las trayectorias y estrategias para hacer de él, de sí propio el rincón germinativo o la plaza desolada. Esta especie de victoria del individuo no disuelve lo social como comentan algunos autores posmodernos, lo refunda de dos formas diferentes, aunque ambas parten de la congregación exhibicionista y del hedonismo estético. Esta nueva socialidad, como la llama Maffesoli, se presenta en virtud de una substitución de los valores dramáticos que permearon la baja modernidad, por los valores trágicos de la posmodernidad (Maffesoli, 1999). Los primeros estaban asociados a las finalidades últimas y obsesionados con el futuro, con el deber ser en su función de moral masificante. Sociedades trágicas, ejemplifica este mismo autor, entierran a sus muertos, viendo en este acto una manutención del lazo y una instancia emocional relacionada con el apego, la añoranza, etcétera. Las sociedades trágicas, por el contrario, apelan al instante, al momento presente, a la fugacidad y al deleite de los placeres de la carne. No existe final trascendente ni esperanza en el mañana, simplemente fruición de las cosas y exaltación de los sentidos. Las sociedades trágicas no entierran a sus muertos, los incineran y de esta forma extirpan de una sola tajada la culpa. Siendo que nadie se salva de la individuación, es decir, del proceso de autorrevelación o self management, y dado que la sociedad se autorrevela por la espectacularización de las imágenes, esta suerte de encantación visual que nos posee, la nueva socialidad en su demanda por agregar y reunir, a pesar de todas las fragmentaciones sociales y la liberación de todos los discursos, conjunta los más diversos y variados públicos. Estos públicos se funden en la masa, pero al mismo tiempo se diferencian a través del uso de diferentes códigos, emblemas y discursos (Lipovetsky, 1990). Además de y sobre todo por la congregación ser híbrida, espontánea y espectacular, ella también esta montada en el nuevo "emblematismo de la mercancía" y en la virtualización de las relaciones. Esta contextualidad libera los cuerpos en una realidad gaseosa, donde los estímulos para la movilidad, los encuentros y la reunión de los grupos es definida por el tránsito igualmente libre de las fantasías hedonistas consumistas. Para Maffesoli, esta banalización de los encuentros, incluyendo el shopping center, traería en su seno el ánimo del nomadismo finisecular. Si el presente es lo que constituye la espora de toda identificación, de todo mostrarse y del juego de las apariencias, no existiría ningún motivo para derrocar la hegemonía del consumo y su papel como seductor del "libre tránsito". Por mi parte, considero pertinente y seductor el análisis de Maffesoli, puesto que consigue fundir dos intuiciones trabajadas a lo largo de su obra, neotribalismo y celebración del presente. Aquí la ruptura crítica con la razón instrumental acontece por un desbordamiento y profusión de lo sensible. Esta fuerza que imanta la reunión y descompactación de los grupos, se retira de cualquier cielo abrumado cuya lluvia amenace mojar las yerbas críticas de la finalidad trascendente. Sin duda, su análisis es un reflujo refrescante, para el tiempo de la crítica desdentada (Bauman, 2001) y del individuo reflexivo (Giddens, 1991). Por mi parte, yo acomodaré una nueva pieza, en un intento por recuperar el espíritu de la correría, del nomadismo como yo lo entiendo. Esta pieza me parece debe funcionar como un elemento discriminador en el universo de la banalidad y el hedonismo. Explicaré porqué mi reticencia, que he hecho evidente a lo largo de este texto, para admitir lo nomádico indistintamente como inculcador de un magnetismo por igual a todas tribus. La simultaneidad, instantaneidad, super-rapidez, etcétera que nos permiten las nuevas tecnologías videocomunicativas no han sido suficientes para abalar el espíritu nomádico, ni substituyen, en forma alguna, el deseo de estar juntos y celebrar la vida. Pero para viajar en las redes hace falta más que un sonámbulo atérido. Soy de la opinión de que las comunidades virtuales son eso y nada más, a pesar de la capacidad interactiva, de su conductibidad emocional, el momento de la socialidad real, por ambiguo, fragmentario y ambivalente que pueda ser, sólo se realiza en el encuentro físico de individuos. Las nuevas tecnologías pueden acelerar o retardar los eventos, pueden estimular o adormecer, en todo caso no es de su naturaleza provocar los estados de ánimo y las disposiciones de las personas. No si se toma la actitud comprometida con la vida. Las diversas manifestaciones lúdicas y espontáneas que son difundidas por la red vehiculan el absurdo y la desfachatez, que entonces sí, admito como virtud trágica, para irrumpir en medio de la normalidad masacrante del tiempo productivo. Los cuerpos son exhibidos para una detonación del sentido dramático. La ritualística del happening ahora fue adaptada a la fluidez y aligeramiento de los desplazamientos. La única membrana que obstruía la libre expresión del jamming, del adbusting (movimientos anti-marca, arte disuación o guerrilla anti-consumo) fue rasgada en la misma forma instantánea y lúdica a que nos convida la nueva política de vida. Política que señala la emergencia del protesto posmoderno, vaciado de principios reformistas, pero de última, seductor y movilizante. LC Bibliografía Bauman, Zygmunt (2001), Modernidade
líquida, Rio de Janeiro, Jorge Zahar Ed. |
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