La universidad
hoy y mañana

 

Juan María Parent Jacquemin

 

Antes de abordar efectivamente el tema, es necesario aclarar un punto de redacción o de sintaxis. Podemos hablar en futuro y decir así lo que debe ser. Podemos hablar en presente y dar la impresión de describir lo que se vive en este momento. Esta segunda manera de escribir puede reflejar un modo filosófico de tratar el asunto, es decir, afirmar la esencia de las cosas, en presente necesariamente, aun cuando la existencia (la realidad que vivimos en este momento) sea diferente.

Optaré por este segundo modo de escribir, aclarando que trato de la esencia de la universidad, de lo que hace que sea lo que es y no otra cosa. En otras palabras, si pusiéramos uno encima del otro el texto que aquí se leerá y los ideales de la universidad, encontraríamos la concordancia. No es utopía, como alguna vez se ha manifestado, sino ideal hacia el que tendemos y que es un valor para gobernar nuestras vidas.

¿Qué es la universidad?

La universidad es un lugar físico, edificios, laboratorios, bibliotecas… en el que se reúnen estudiantes y profesores. La universidad es también un sistema humano-social, o sea un conjunto de elementos que se relacionan e interactúan entre sí: la ciencia, las humanidades, el servicio social, la reflexión… La universidad es una fuerza social, es la conciencia de la sociedad; conciencia que es de los estudiantes, de los profesores y de los administradores del más alto nivel. La voz del Rector es voz de la conciencia universitaria dirigida hacia los acontecimientos sociales. La universidad es el espacio en el que se busca la verdad, en el que se construye la verdad.

Veamos uno por uno los elementos que estructuran esta búsqueda de una definición. Lugar físico: efectivamente conocemos lo que los anglosajones han llamado el campus universitario. Espacio generalmente amplio donde se ubican los edificios, los árboles, los jardines y hasta los estacionamientos. En este espacio reina el ambiente universitario hecho de conversaciones, donde domina el análisis crítico entre estudiantes y profesores. También hay lugares de juego o de práctica deportiva. Si hablamos de lo nuestro, diríamos que en un futuro –a medida que nos hacemos más universidad–, habrán de separarse los espacios deportivos de los edificios donde se imparten clases para guardar un ambiente de estudio que implica cierto silencio. El estilo de la construcción de las universidades, cuando ha sido pensado por los mismos universitarios, refleja esta voluntad de encuentros. Hay ahí una búsqueda de los encuentros necesarios para el desarrollo equilibrado de los estudiantes y para provecho de los investigadores.

Este espacio físico crea un espacio psicológico. Todos hemos observado cómo la sociedad civil no penetra en la universidad. Sólo cuando hay un examen recepcional, los familiares del sustentante se “atreven” a ingresar en la universidad, espacio físico. Las actividades culturales, como lo son el teatro o las ejecuciones musicales, se reservan a los estudiantes y maestros. El público en general no participa en estas actividades.

Este mundo va a cambiar con las novedades técnicas que se extienden cada día más. Al existir cursos y sistemas completos alcanzables con la computadora desde la casa, la universidad va a llenarse de muchos nuevos estudiantes que tendrán que entrar en ella de algún modo. No nos hagamos ilusión sobre el trabajo y el estudio en casa; en varios momentos del desarrollo de la formación habrán de reunirse todos con otros, estudiantes o maestros, para intercambiar la información estudiada. Siempre existirá el campus, porque la convivencia académica es importante, más aún, es vital. El científico se hace gracias a los otros científicos, no aisladamente –no olvidamos que hay científicos fuera de la universidad con los que la relación también es importante.

La universidad como sistema humano-social

Ya en la descripción anterior apuntaba la reunión de los universitarios en el espacio físico. Esta relación que se establece entre todos los integrantes de la comunidad universitaria puede considerarse como un sistema: un universo en el que cada elemento está vinculado con los otros. Los universitarios existimos porque existen otros universitarios y porque existe la administración y porque existen las bibliotecas. Estas relaciones son constructivas de la sociedad científica. La teoría general de sistemas nos enseña que cualquier movimiento en uno de los elementos del sistema afecta a todos los demás. Efectivamente, hay una relación estrecha entre lo que hacen y piensan los profesores y lo que ocurre en la institución; del mismo modo si los estudiantes son los que cambian de posición, el todo es afectado. Esto significa una responsabilidad que asumimos. No se está solo en el medio universitario y la cohesión entre los elementos debe hacerse cada vez mayor. ¿Pérdida de la libertad o de la autonomía? Algunos piensan que es posible avanzar en esta vida aisladamente. Este egoísmo o este egocentrismo no corresponde al desarrollo científico y menos humanístico. La relación con el otro en vez de reducir mi libertad la acrecienta, se multiplican las opciones y se abren horizontes. La universidad es escuela de vida. En ella aprendemos precisamente la fuerza de estas vinculaciones portadoras de crecimiento.

La universidad es una fuerza social

Nuestra sociedad dominada por la técnica no requiere de la ciencia como antaño, o por lo menos así cree. La técnica se desarrolla por su propia potencialidad. El pensamiento creador se limita a mejorar lo que ya existe. Por otra parte, la liberalización de los pensamientos, de las conductas, de los ideales ha producido un fenómeno de individualismo que cree encontrar en sí mismo las respuestas a todas las preguntas. La autorreferencia es un camino seguido por muchos. Somos conciencia de nosotros mismos y el medio que nos rodea nos es ajeno.

Contrariamente a esta tendencia que afecta la convivencia, la universidad sigue siendo una voz social. Aprender a vivir es aprender a actuar sobre el medio. Ser universitario no es sólo ser un profesional de alguna actividad. Ser médico no es solamente atender la salud, ser comunicador no es solamente responder a la demanda de información, y así sucesivamente. Ser universitario es estar presente con una visión siempre analítica y crítica del medio.

La formación excesivamente especializada que se ha impuesto en el último siglo ha creado este ser extraño que es el profesional limitado a su mundo sin proyección hacia el medio. ¿Quién atiende las demandas de nuestra comunidad? Descansamos sobre la administración pública sin pensar que esta misma administración requiere de un pensamiento y de una acción constructiva. Algunos ejemplos pueden despertar en nosotros la inquietud. En México conocemos el Teletón. No es obra gubernamental, es fruto de la sensibilidad de algunos hombres y mujeres que desean ser partícipes de la transformación social. En los problemas creados por los fenómenos climatológicos y el desastre que éstos representan para nuestros conciudadanos, se levantan brazos y cabezas que se preocupan por el bienestar.

Más que cualquier otro, el universitario, porque tiene la conciencia habilitada, capta antes que cualquiera la ocasión de estar presente de manera activa en el medio. No sólo en los casos extremos en los que todos nos movemos porque el grito de desesperación se eleva fuertemente, sino en muchas oportunidades que la vida nos presenta.

La universidad como conciencia de la sociedad

Entendemos a la conciencia como esa luz interior que nos orienta hacia el juicio crítico de los acontecimientos sociales. La riqueza académica de la universidad, además de la riqueza moral apuntada en el párrafo anterior, da a la universidad un poder al servicio de la sociedad. Ante un acontecimiento vivido o a punto de darse en nuestra sociedad, el conjunto universitario puede (y debe, moralmente) intervenir. En efecto, contamos con los ingenieros, con los economistas, con los politólogos, con los filósofos y tantos otros que, desde sus conocimientos específicos, son capaces de dar respuesta a las demandas sociales. Así entendemos esta conciencia que no es grito, aunque en algunas ocasiones lo será, sino atención a lo que ocurre en torno nuestro.

Un ejemplo ilustra esta situación. Cuando los gobiernos federal y estatal decidieron construir un nuevo aeropuerto en el vaso del lago de Texcoco, los habitantes de este lugar se manifestaron en contra de este proyecto. ¿Qué pensar de esta rebeldía? ¿Qué pensar del proyecto de construcción? La sociedad está ávida de luz sobre lo que nos afecta directa o indirectamente. La universidad, voz de la comunidad humana, dice todo cuanto puede decirse para alimentar las inteligencias de nuestra sociedad con una mayor iluminación que permita tomar posición y actuar.
¿Cómo se expresa esta voz universitaria?
Una de las funciones sociales de la universidad es el actuar desde dentro y hacia fuera de ella. Desde dentro, como maestro, como investigador, como estudiante, como funcionario estamos atentos a lo que el mundo que nos rodea vive y sufre, goza y aguanta. Tenemos la opción de ponernos en la palestra y dar a conocer lo que pensamos a través de los medios a nuestro alcance: radio, televisión, prensa escrita o simple conversación o conferencias y demás modos de expresar la opinión. Pensamiento renovado permanentemente por las exigencias de la vida académica. Pensamiento resultado del debate con los pares universitarios.

Además de estas manifestaciones individuales o de grupo, contamos con la voz eminente del Rector que recogiendo las opiniones de los universitarios dice ante la opinión pública lo que consideramos es verdad sobre los asuntos de relevancia.

Esta función del Rector, desgraciadamente, pocas veces se ha ejercido. La dependencia económica y muchas veces política del Rector ante el gobierno impide cualquier manifestación que pudiera dar a entender que existe una visión diferente de la que los gobernantes sostienen. Hemos perdido la autonomía que nos era tan sagrada. La universidad ha debido callarse. Si vislumbramos el futuro, podemos adelantar que será muy difícil volver a encontrar esta cualidad que daba a la universidad una fuerza para la inteligencia al servicio de la sociedad. Sin embargo, siempre será necesario dar luz a los acontecimientos, detectar el espíritu del tiempo, vivir el presente. Ciertamente, existen otras voces igualmente importantes, pero centramos nuestra reflexión, sin ser excluyente, en la responsabilidad social de la universidad.

El ideal universitario

Desde siempre y para siempre, la búsqueda de la verdad es el ideal que nos conduce en la universidad, donde se cultivan los valores de la razón. No hay vida social posible fuera de la verdad. En efecto, las relaciones entre seres humanos exigen la verdad. ¿Cómo construir una amistad, un negocio, un proyecto de comunidad sin contar con la verdad dicha por los participantes? La ética como desarrollo de nuestra potencialidad y la ética como referente de las acciones humanas no puede existir sin el sostén de la verdad.

La crisis vivida por la ciencia durante el siglo XX ha destruido la fe en nuestra capacidad para alcanzar la verdad. Los éxitos científicos del siglo XIX nos habían asegurado que gracias a ella resolveríamos todos los problemas humanos. La Belle Epoque, en su ingenuidad, creó un optimismo que se derrumbó ante los errores y la maldad: la drôle de guerre, los procesos de Moscú, el Holocausto… Hoy, consecuencia de esta pérdida, no creemos tampoco en nuestra propia conciencia, en nuestra razón para alcanzar la verdad. Indudablemente que no somos capaces de la Verdad Absoluta porque somos contingentes, limitados en el tiempo y en el espacio, limitados en nuestras fuerzas o por razón de nuestra debilidad; pero nuestra razón nos da la posibilidad de encontrar fragmentos de verdad.

La universidad es el lugar humano en el que se reconstruye permanentemente el mosaico de la verdad. Cada uno aporta la piedrita de color que es este fragmento requerido para el mosaico en su totalidad. Este mosaico es lo que ofrecemos a la sociedad. En él caben todos en esta búsqueda de la verdad, guía de nuestra acción. ¿Acaso no caminamos hacia la felicidad? ¿Acaso existe felicidad fuera de la verdad? La universidad crea el medio para que los hombres busquen eficazmente y encuentren exitosamente la verdad que les permitirá caminar con menos tropiezos hacia su realización.

En este sentido también podemos afirmar que la universidad es escuela para la vida. Una de las acciones humanas más importante es la de decidir. Decidimos continuamente porque continuamente debemos definir el camino que seguiremos. Decidimos para nosotros mismos, pero decidimos para los demás. No es posible decidir si no se tienen datos suficientes que nos permitan medir y sopesar el camino por elegir. La universidad, al crear las condiciones ideales para la búsqueda de la verdad, da a sus integrantes y a todos los que aprovechan de su presencia y de su acción datos suficientes que permiten optar adecuadamente. Decidir libremente es ser plenamente humano. Esta libertad no se refiere a la ausencia de vinculaciones externas, sino de esta libertad interior limitada por la ignorancia y por los vicios.

Decidir libremente sólo se logra con el aporte de la verdad. Decidir conscientemente es otra faceta en este proceso humano esencial. Conscientemente, es decir, con todos los datos necesarios a la mano. Es decidir por propia fuerza, es, de nuevo, liberarse de las dependencias del exterior. El universitario no sigue el “¿qué dirán?” tan común en un medio social temeroso de ser. El universitario se atreve a ser porque conoce las consecuencias de sus actos, al menos parcialmente, pero de manera suficiente para atreverse sin caer en la acción temeraria. La prudencia que no es miedo a actuar, sino fuerza de decisión, es otro pilar de este ser universitario ante la sociedad.

Llegamos así a otra característica del ser universitario: la autenticidad. Esta virtud no se encuentra al inicio del proceso de transformación que requiere de la verdad objetiva, pero sigue inmediatamente después. Ser auténtico, después de haber valorado la verdad objetiva, es ser congruente consigo mismo. No es el primer criterio para valorar nuestras acciones, pero sí es un segundo paso en esta realización. Podríamos estar ante la verdad y decirla sin actuar conforme a ella. La autenticidad viene a completar el proceso iniciado en la búsqueda afanosa de la verdad. Algunos creen que ser auténtico –referirse solamente a su propia conciencia– es suficiente para actuar moralmente bien. Sin dudar de que la autenticidad es un componente importante de la verdad ética, no podemos dejar de lado la dimensión más amplia de la conformidad con la naturaleza, esto es, ante la verdad objetiva. La universidad, al ser científica, aporta todos los elementos requeridos para saber y actuar al servicio de todos.

De nuevo observamos que ser universitario no es solamente ser un buen profesional, especializado en su quehacer, sino que es ser hombre o mujer plenamente capacitado para la vida. Esta amplia capacitación nos permite estar en el mundo como líderes de opinión y de acción. Es también lo que se ha llamado una formación integral.

Ante el proyecto de universidad virtual que nos ocupa es necesario recalcar la dimensión que acabamos de describir. En efecto, la posibilidad de un estudio profesional hecho en casa sin comunicación o muy poca comunicación con la comunidad universitaria puede producir individuos que solamente son especializados. Pero más riesgoso es que estas personas sean solamente auténticas porque se encuentran solas ante su conciencia, sin la objetividad del medio, ni la objetividad de una búsqueda humana.

El humanismo

Todo lo anterior fortalece la idea de que la universidad es esencialmente humanista. Los estudios que en ella se desarrollan van hacia el ser humano. Las principales carreras son las que abordan los problemas humanos, son ciertamente las más difíciles porque el ser humano es libre. Mucho más simple es atender los objetos determinados, siempre iguales a sí mismos, sobre los que pueden aplicarse las teorías estadísticas o probabilísticas. Nada de eso es posible cuando abordamos al ser humano, primera razón de ser de la universidad.

La verdad se encuentra en todas las áreas del conocimiento o de la vida del ser humano, pero la parte más importante de esta verdad se encuentra en la segunda faceta de esta búsqueda que también es científica porque la ciencia es una sola: el conocimiento del mundo como saber hacia la verdad.

Las ciencias de la naturaleza o ciencias duras, como se les ha llamado, se desarrollan en la universidad solamente si están enfocadas al ser humano. No interesa la técnica como tal, sino dentro de este esquema donde el hombre es el punto de llegada de todos nuestros esfuerzos. Lo humano es el pensar y el actuar libremente. Alimentar el pensamiento es tan importante como alimentar el cuerpo. No podemos vivir sin el pensamiento por eso cuando no hay pensamiento suficientemente desarrollado o poco comunicado, caemos todos en la creación de un mundo de parloteos, de fantasías, de particularidades que no crean la sociedad.

El pensamiento guía la acción y una idea bien elaborada puede cambiar una orientación social, encauzar mejor las decisiones subsecuentes. “Los hechos son esclavos de las ideas”, afirma Horkheimer; en la universidad no sólo somos conscientes de esta realidad, sino que nos dedicamos precisamente a desarrollar estas ideas que nos permitirán reconocer los hechos sobre los que debemos actuar.

La universidad es el lugar de la reflexión teórica, por eso aprender a pensar es la primera tarea que nos imponemos los catedráticos en la impartición de nuestras clases. No se trata tanto de terminar la exposición de un contenido impuesto, ni de acabar en cada sesión el tema de este “módulo”, como de lograr que el estudiante piense por su propia cuenta. Cierta tecnología educativa nos había encerrado en una mecánica que conducía solamente a la memorización olvidando que es más importante pensar libre y críticamente que repetir fórmulas por representativas que sean.

No caigamos en una visión de la universidad como mundo solamente abstracto. La búsqueda de la verdad y el debate de ideas son ciertamente el corazón de la vida intelectual y universitaria, pero nos interesa el ser humano real, concreto, con el que dialogamos permanentemente. Una solución demasiado inmediata aporta la paz en un conflicto, pero en cada conflicto hay nuevas características que obligan a una acción siempre incompleta y siempre adaptándose. Insisto sobre el adverbio “demasiado” porque lo inmediato debe ser atendido y sólo el exceso de demandas inmediatas nos haría perder el objetivo final; la resolución más general es la que buscamos para aportar modos de abordar los problemas, los planteamientos, las solicitudes sociales de una vez y para muchas aplicaciones.

Este pensamiento se orienta también hacia los valores. En un contexto cultural donde los valores han perdido su jerarquía y se han relativizado, es necesario volver a crear esta escala que nos permitirá tomar decisiones más acertadas para nuestro bien. El valor comanda nuestras acciones, no podríamos vivir sin valores porque no tendríamos el referente necesario para optar. Dentro del objetivo de fomentar la cultura, la universidad destaca la importancia de los valores como esencia de esta cultura.

Ya apuntamos el valor verdad que encabeza nuestra escala; otro valor que promueve la vida universitaria es el valor ético. La ética que enseñamos en la universidad y que intentamos vivir es el desarrollo máximo de nuestras potencialidades. Partimos de un dato objetivo que son estas potencialidades, no es un sueño o una utopía, pues observamos de qué somos capaces y conducimos nuestras reflexiones y nuestras acciones para que este potencial alcance su más alto nivel. Son las potencialidades espirituales o mentales, como la inteligencia o la razón, a las que dedicamos la mayor parte de nuestras fuerzas. Pero la inteligencia no es sólo un mundo alejado, sino que está inserta en un cuerpo y nos interesa así la sensibilidad que es afecto por una parte y estética por la otra. El valor ético como meta por alcanzar consiste en indicarnos en qué sentido debe orientarse nuestra vida. De ahí que, de nuevo, la universidad es escuela de vida y no sólo escuela profesional, ni siquiera científica.

Uno de los valores contenidos en la ética es el cumplimiento del deber de estado. Profesor es el que estudia, investiga, comunica a su entorno, luego juzga el conocimiento difundido a sus alumnos con imparcialidad para bien del estudiante y de la nación. El estudiante es el que estudia, se informa, amplía sus horizontes, sirve a sus compañeros, indaga más allá de lo que mínimamente enseña el profesor que sólo abre horizontes. El estudiante desarrolla este valor ético en la plena realización de sus capacidades. El deber de estado es este conjunto de responsabilidades que hacen de nosotros seres cabalmente resueltos sin caer en la rigidez de definiciones dadas una vez y para siempre. El mundo cambia y la universidad, gracias a su larga tradición, es capaz de reformarse sin perder sus cualidades esenciales.

Este aprendizaje para la vida lleva consigo las relaciones de amistad. Convivir en el trabajo, para los profesores, y en el estudio o el juego, para los estudiantes, es la ocasión para descubrir otra potencialidad en el afecto. Este descubrimiento y el desarrollo de esta facultad, la de amar, será el principio de un modo diferente de comportarse. El liderazgo al que tendemos no es el de mando autoritario, sino la guía que sabe orientar con respeto y aprecio en la sensibilidad hacia los valores de cada persona.

El día de mañana el joven universitario ocupará un espacio en la ciudad, en la colonia, en la calle donde resida. En estos espacios su ser universitario no se manifestará por la calidad profesional que haya adquirido, sino por su capacidad de ser humano desarrollado, líder, servicial, previsor y prudente. Hacia esta meta caminamos durante la formación universitaria.

Finalmente, esa dimensión ética se cifra en la búsqueda de la virtud. La virtud considerada a veces como mojigatería es, por el contrario, la fuerza. Vir, origen latino de la palabra, quiere decir hombre. La virtud es la fuerza de la hombría. Los hábitos que se adquieren en la formación universitaria se transforman en una manera de comportarse, en una virtud. La costumbre de leer, por ejemplo, en el mundo intelectual que se aprende durante esta formación humana, se transforma en una virtud. Pero son otras las virtudes morales que estructurarán nuestro comportamiento: el hábito del bien y de la bondad se hacen costumbre y no hay porqué pensar en ellas. Se integran a nuestro ser y conducen nuestra acción. El bien se vuelve un objetivo que buscamos en todas nuestras acciones.

Conclusión

La universidad ayer, hoy y siempre goza de una tradición de mil años. Sus características esenciales se han enriquecido a través de los siglos, su fortaleza interior le da el dinamismo y la flexibilidad que le permite ser ella misma siempre y en todas partes. Esta universidad recibe ahora el impacto de los cambios sociales y técnicos que la obligan a adaptarse. No perderá su función primera que es la de formar hombres y mujeres aptos para la convivencia creativa y las relaciones florecientes. No perderá tampoco el objetivo de buscar la verdad en la ciencia, en las humanidades, en el arte. Centrará sus esfuerzos en mantener viva la investigación científica porque los humanos requerimos del saber para nuestra inteligencia. La universidad virtual que se vislumbra es una opción para muchos que hasta la fecha no habían podido aprovechar los bienes que esta institución dispensa. La virtualidad de los estudios no quita la necesidad del encuentro con los pares estudiantes y profesores. Una nueva sociedad académica, en que la tradición universitaria aportará los elementos necesarios que conducen al éxito, está surgiendo.

La universidad seguirá siendo creadora en medio de las novedades que, como siempre, son ambiguas. La fortaleza de esta tradición nos asegurará el fin y los medios para alcanzarlo. No hay inmediatez que nos ahogue, sino una prudencia aquilatada que es la virtud de las decisiones oportunas.

Bibliografía recomendada

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