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Ética de la investigación
Reflexionar
sobre el sentido que tiene la tesis de licenciatura, de maestría
o de doctorado es reflexionar sobre la investigación. La investigación
tiene por objeto primario la búsqueda de la verdad y, en segundo
lugar, como actividad humana, le corresponde una dimensión
ética. Por esta razón hemos incorporado en este ensayo este
capítulo que permite guiar el interés en esta responsabilidad
social.
Valor de la verdad
La inteligencia no puede dejar de conocer, está orientada
naturalmente hacia la verdad; en contraste, la pereza se acomoda
con la ignorancia o ausencia de conocimientos. Ante estas
dos situaciones, el académico comprometido resuelve orientarse
hacia el estudio exigente, hecho de sabia crítica y de tenacidad,
que nos aleja de la inercia.
La ciencia, que es la expresión más acabada del conocimiento,
tiene su valor propio y se impone independientemente de la
utilidad y de la utilización del conocimiento adquirido. Hoy
por hoy este pensamiento crea dudas o interrogantes; la ciencia,
para muchos, es solamente la fuerza alimentadora de las aplicaciones.
Hemos perdido el sentido del desarrollo de la inteligencia
como objetivo válido en sí, sin otra justificación. Una filosofía
teórica y una práctica social impuesta por la modernidad pretenden
que el hombre se convierta en dueño y soberano de todo lo
que existe. La orientación pragmática (es decir la búsqueda
de resultados tangibles técnicos u organizacionales) se impone
como único valor. Los problemas insolubles o aparentemente
sin interés en este marco son desechados y lanzados hacia
la nada. Nos preguntamos, por ejemplo, ¿qué lugar ocupa el
proyecto humano en la investigación o en el trabajo de tesis?
La investigación debe colocar al hombre, con sus sueños y
sus proyectos, en el mundo y en la sociedad.
La búsqueda de la verdad es una actitud recta, es una virtud
anexa a la justicia, es una virtud social. La verdad no es
un compromiso consigo mismo solamente, sino que es la comunidad
humana la que tiene derecho estricto a que no se falsifique
el conocimiento. El egoísmo es el obstáculo mayor de la vida
moral; en este caso, ante la búsqueda y la difusión de la
verdad. La tesis con la que concluimos un ciclo de estudio
no es un asunto meramente individual. Al ser fruto de una
investigación, entra en la categoría de respuesta a la demanda
humana, individual y social, de conocimientos.
La ciencia no es por esencia orgullo, sino la respuesta a
la necesidad humana de inteligencia y de comprensión. Nuestra
necesidad y nuestro problema crucial, en este fin de siglo,
es volver a encontrar la inclinación natural de la razón a
la verdad. El trabajo de tesis, más allá de la aplicación
práctica, tiene por finalidad la demostración del amor al
conocimiento que proporcionará a su autor una visión del universo,
una comprensión de la verdad científica y un sentido de la
objetividad.
Las aplicaciones técnicas también justifican sus búsquedas
pero la ciencia pura conduce el progreso de la humanidad porque
ilumina el pensamiento. En efecto, la ciencia tiene por función
mostrar las significaciones y dar un nombre a cada cosa para
distinguirlas de todas las demás. Una ciencia de hechos hace
hombres de hechos, sin principios, sin razón, sin necesidad.
Una ciencia de hechos no tiene nada que decir a los hombres
sobre lo que es más importante para ellos, porque excluye
tales preguntas.
La relación con la verdad es fundamental en una consideración
ética de la investigación y, en general, del estudio. En efecto,
el ser sólo es conocido por el espíritu humano en la verdad
y ningún valor moral podrá resplandecer si no es en la verdad.
La comunicación de los espíritus es palabra y la palabra auténtica,
aquella que pretende unir, debe comunicar la verdad. Por esta
razón, buscar y emitir un juicio acerca de la verdad es una
responsabilidad social: debemos dar testimonio de la verdad
ante los otros seres humanos; es decir trabajar para su reconocimiento
y para su difusión así como para fundamentarla en la confianza
y la fidelidad.
La ciencia, que hoy tiene mucho poder sobre las mentes y muchos
derechos, será regulada desde otro nivel: la sabiduría debe
adelantarse a la ciencia. En otros términos, aprendemos que
el hombre tiene mayor jerarquía que la naturaleza que le rodea
aun cuando pertenezca a ella. Es su ambivalencia: está en
ella y no es ella propiamente. El espíritu prevalece sobre
la materia. Al aproximarnos a la muerte de la especie humana,
hemos descubierto que el saber no basta. Más allá de las leyes
materiales que maneja la ciencia, están la razón, los valores
morales y la naturaleza.
Traducido en la acción, este axioma reza: antes que conocer
el mundo, el científico conocerá al hombre y sus obras. Se
conocerá a sí mismo, lo que no significa necesariamente la
penetración en lo hondo de la conciencia de carácter psicoanalítico,
sino la atención inmediata a lo que, simplemente, se ha logrado
y hacia lo que ha fracasado durante los últimos días o las
últimas semanas de nuestra vida. Conocerse y aceptarse es
haber buscado las propias potencialidades y aceptar las propias
limitaciones; es conocer el grado de atención de que somos
capaces, nuestra capacidad de abstracción, nuestros requerimientos
físicos y psíquicos de descanso. Muchos preguntan y se preguntan
qué deben hacer. Encontrarán la respuesta cuando empiecen
a mirar hacia dentro de sí mismos.
Para que la técnica no deshumanice es preciso que las ciencias
del objeto se subordinen al sujeto. Esta subordinación permitirá
al científico salvarse de la coacción que le impone la tecnocracia.
«Yo soy humano y nada de lo que es humano me es extraño».
Para la sociedad, existe una responsabilidad grave en decidir
cuáles son los problemas más importantes o más interesantes
y orientar así la investigación.
No son muchos los que pueden intervenir, porque el talento
científico no es muy común. Ninguna verdad permanece en un
ámbito puramente teórico o impersonal porque toda verdad por
parcial que sea tiende hacia la comunicación y nutre la comunicación.
La verdad tiene esta característica de tender hacia la irradiación.
La verdad no puede encarcelarse. Por esta razón la investigación
científica, en el sentido estricto o para defender una tesis
profesional, académica o de grado, es un eslabón en la construcción
humana. Conocer una verdad científica, social o filosófica
implica la necesidad de afirmarla y, en este intercambio,
la verdad es confirmada por los que la reciben. La divulgación
de la verdad permite el diálogo, la verdad crea la reciprocidad
y favorece la comunicación de las personas entre sí.
Amor del bien y de la justicia
El privilegio de que gozan los intelectuales en su búsqueda
de la verdad implica un compromiso de respuesta: devolver
a la comunidad los bienes intelectuales que hemos adquirido.
La fuerza moral más alta no se encuentra en el esfuerzo de
perfección personal, sea ésta moral o intelectual, sino en
un servicio desinteresado al bien común. La naturaleza esencialmente
social del ser humano es la base de este principio. Los científicos
en muchos casos se han hecho cómplices de un mundo injusto.
Por eso afirmamos que la ciencia es moralmente ambigua.
La justicia es una actitud vital si la consideramos como relación
con el otro y como valor interior. La justicia es la fuerza
que nos permite aspirar al valor porque permite juzgar adecuadamente.
La justicia hace presente, apoyándose en ellos, el juicio
recto y se realiza en la prudencia que aleja las motivaciones
arbitrarias. La prudencia nos da la capacidad de entender
las situaciones variables y descubrir lo que debe hacerse.
Entendemos la justicia como esta virtud moral que nos hace
respetar al otro para asegurar entre él y nosotros las relaciones
necesarias para la convivencia. Este otro tiene derecho a
la verdad, objetivo de las investigaciones.
La honradez
El sentido del honor que sostiene la virtud de la honradez
está constituido por el respeto que se merece la persona.
Se manifiesta en una actitud general, en la manera de discurrir
y en los testimonios externos de las personas honradas.
El respeto de sí mismo y el respeto del otro están en el origen
de esta cualidad. Es no comportarse como esclavo, es saber
utilizar con humildad y sano orgullo las propias facultades,
es aceptar con modestia los límites de nuestras capacidades
y de nuestros méritos; aceptar sus límites es dar forma lo
que es una condición de la plenitud.
Los educadores, los investigadores, los que difunden la verdad
tienen una obligación mayor de guardar intacto su honor personal
porque, además del valor intrínseco mencionado, su alcance
social depende de esta reputación.
Este honor, para el intelectual y para el estudiante ante
el trabajo de tesis, se construye en las prácticas honestas
de la investigación: el respeto de las fuentes consultadas,
la verdadera justificación de las afirmaciones, la asunción
de la propia responsabilidad en las argumentaciones aportadas,
la aceptación de los propios límites, ante la tentación de
mandar hacer el trabajo por algún subalterno.
La honradez es también la fuerza para sostener los valores
y no pervertirlos. Optar por los valores que se aman, es decir
por aquellos en los que nos hemos acomodado y que son a veces
los menores en una escala objetiva, no permite confrontar
los propios valores a los que se han descubierto. Dejarse
juzgar por ellos es el principio de la transformación interior
que el estudio universitario pretende alcanzar como meta final
de la educación. Alejarse de sí mismo en la diversión y la
inautenticidad, rehusar el enfrentamiento con la propia conciencia,
es otro modo de faltar a la honradez que demanda la investigación.
Lo que importa es mantener distancia y no enajenarse por el
trabajo y hacer que este trabajo sirva para construirse como
persona. Buscar la verdad, decir lo que se cree saber, expresarse
con sinceridad, ir a lo hondo y a lo auténtico.
La libertad de opinión no nos exime de la obligación de responder
ante la comunidad.
Respeto por la obra que se va a realizar
Al buscar la verdad, el objeto de estudio adquiere un valor
que estamos llamados a cuidar. La investigación se transforma
así en una tarea que se respetará por su valor intrínseco.
No es un juego, ni un mariposeo. Es una responsabilidad personal
y social que implica para el estudioso el respeto hacia esta
presencia activa en la transformación del hombre, de la sociedad
y del mundo. Las actividades que se den en el estudio serán
cuidadosamente determinadas de acuerdo a nuestras posibilidades
y las metas fijadas serán atendidas con el respeto que se
merece la sociedad a la que están dirigidas.
Esta atención hacia el objeto de nuestra tarea investigativa
corresponde a un amor de la obra bien realizada, no en función
del objetivo inmediatista del cumplimiento meramente formal
del compromiso administrativo, sino en razón de la importancia
del trabajo académico. No sólo porque se leerá, sino porque
toda tarea de esta magnitud merece el cuidado que la búsqueda
de la verdad implica.
No toleramos que la actividad y el descanso se den a medias.
Nos damos enteramente o descansamos enteramente. El intelectual
no se contenta con proyectos vagos, sino que los atiende con
precisión. La calidad de la presentación de la obra es la
manifestación de este amor al estudio. El texto es perfectamente
limpio, no hay en él falta de puntuación, ni de acentuación.
El valor de un espíritu no reposa en su ciencia, sino en la
posesión de hábitos vivos que le permiten adaptar su saber
y sus principios a la singularidad de los casos siempre nuevos
con los que se enfrenta.
Respeto hacia los demás y cooperación
La investigación que conduce a la tesis es un trabajo individual
habitualmente; sin embargo, ninguna actividad humana es absolutamente
aislada de la actividad y de la presencia de los demás. Esta
relación permanente entre los humanos nos obliga a considerar
al otro en nuestro proyecto.
Esta consideración se dirige primeramente hacia atrás en el
tiempo: los científicos y los académicos que nos precedieron
nos han dejado el fruto de su labor. Una primera actitud respetuosa
es descubrir este capital y valorarlo; es saber criticarlo
también para que avance la ciencia. Este mismo respeto implica
la consideración a la autoría de los descubrimientos y de
las argumentaciones que nos ha dejado el pasado.
El respeto a los demás se orienta también hacia nuestros coterráneos.
Otros estudiantes, otros investigadores, otros científicos
están dedicados a tareas similares a las nuestras, en algunos
casos, el mismo objeto de estudio y la misma metodología se
dan simultáneamente. Esta situación puede crear dificultades
cuando tomemos conciencia de este hecho. Robar los avances
ajenos, defender una prioridad temporal injustificada, impedir
el trabajo del otro son prácticas que nos alejan de una auténtica
búsqueda de la verdad y de una actividad humana al servicio
de la comunidad.
Más allá de estas luchas destructoras del esfuerzo humano
por alcanzar niveles más elevados de desarrollo, está la demanda
de cooperación. El estudiante en el proceso de investigación
se encontrará muchas veces ante obstáculos humanos y administrativos.
El asesor de tesis no dispone del tiempo suficiente, los procesos
administrativos son lentos por sobrecarga, no siempre por
razones burocráticas.
La cooperación con las personas y con la institución es demostrativa
de una voluntad de ingresar a esta comunidad científica a
la que se quiere pertenecer.
Finalmente están los compañeros de estudio. El egoísmo nos
encoge, la generosidad nos abre. Saber compartir una información,
saber indicar caminos para encontrarla, saber debatir con
respeto son actitudes propias de la vida común académica.
Esta postura ética es correlacionada con la obligación del
cuidado de los bienes intelectuales adquiridos. La cooperación
se desarrolla desde las dos partes involucradas en el proceso.
La ética que sostiene el trabajo de tesis es garante de una
actividad intelectual seria. El ser humano es un todo y no
es posible separar de las demás una faceta de su quehacer.
La calidad académica es concomitante de la calidad ética.
El hombre es falible, por lo que no podemos valorar solamente
los resultados obtenidos que pueden ser equivocados o negativos.
La atención y la corrección continua son responsabilidad del
que busca la verdad como meta de su quehacer académico. La
ética no es un añadido que podemos obviar; es constitutiva
de la vida intelectual.
Es importante reconocer que la fortaleza de los valores universitarios
son pilares fundamentales para que el quehacer y razón de
ser de la universidad trascienda su estado actual hacia formas
superiores de justicia y equidad.
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